Fnerrr Hopelchen

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25/02/2021

¿FIN DE LA EMPRESA PRIVADA O PROPAGANDA ELECTORAL?

Por: Aquiles Córdova Morán

Con fecha 20 de febrero, EL UNIVERSAL publicó una nota firmada por el reportero Pedro Villa y Caña con el siguiente título: “A robar a otro lado, México ya no es tierra de conquista: AMLO a empresas extranjeras”. En el texto se dice: “El presidente Andrés Manuel López Obrador dijo que en sexenios pasados empresas extranjeras del sector energético utilizaban al gobierno para sacar provecho, por lo que veían a México como tierra de conquista, pero aseguró que eso se terminó y manifestó: ”. La nota está fechada en la Paz, Baja California Sur.

Si se piensa un poco el pronunciamiento presidencial, resulta claro que se trata de un reto de enorme repercusión en el presente y el futuro de la nación. Para entender sus implicaciones, hay que aceptar que ese discurso encuentra cierto apoyo en una realidad que muchos mexicanos conocen o intuyen y que les molesta y lastima profundamente. Me refiero al muy visible predominio del capital extranjero en las principales ramas de la actividad industrial, la Banca y el comercio del país, un predominio que le garantiza muchos privilegios y abusos en detrimento de la equidad social y de la soberanía nacional.

En teoría, la inversión privada extranjera acarrea grandes beneficios a los países en desarrollo, por ejemplo, impulsa el crecimiento económico gracias a la transferencia de tecnología; genera empleos e incentiva la creación y modernización de infraestructura. En la práctica, sin embargo, se ha comprobado que no es así. No hay un solo ejemplo de país que haya salido de su rezago tecnológico gracias a la transferencia de tecnología de punta de los países avanzados; el capital extranjero distorsiona el crecimiento económico del país huésped forzando su aparato productivo a volcarse hacia el mercado exterior con total abandono de la demanda interna. Algo semejante ocurre con la infraestructura, que debe diseñarse y ejecutarse en función de las necesidades de exportación y no de las del propio país; y la generación de empleos es ilusoria, porque la inversión extranjera se aplica a las industrias altamente tecnificadas y automatizadas que, por eso, demandan poca mano de obra. Se suele citar a las maquiladoras como ejemplo en contrario, pero se olvida que también son ejemplo de bajos salarios, sobreexplotación de la mano de obra e inestabilidad en el empleo. Otro efecto negativo, que de alguna manera toca el discurso presidencial, es su gran influencia política que le ha permitido acaparar nuestra industria extractiva, con muy bajas regalías para el país y con severas afectaciones al medio ambiente.

Es posible, como dije, que estas y otras razones parecidas se hallen en el fondo del rechazo y la condena presidencial a los inversionistas extranjeros del sector energético; pero lo que sí es seguro es que mucha gente, que sabe o intuye esta realidad y se siente ofendida por ella, se identificará con la frase lapidaria del Presidente: “¡a robar a otro lado!” y, por eso mismo, resulta bastante eficaz y oportuno como recurso para hacer proselitismo electoral. Pero visto como síntesis de su política económica, como piedra fundamental de su estrategia para recuperar la soberanía nacional, es un peligroso error del que pueden derivarse graves daños y conflictos para el país. Veamos por qué.

Lo primero que habría que preguntarle al Presidente es el porqué de la evidente parcialidad de su juicio porque, si lo que dijo en Baja California Sur lo piensa en serio, debería aplicarlo a toda la inversión extranjera y no solo a la del sector energético. ¿O qué, las automotrices, las fabricas de componentes para la producción de los gigantes digitales y para la industria militar y espacial norteamericanas, los grandes capitales bancarios y comerciales, etc., no sacan provecho de los mexicanos y no influyen en la política nacional? ¿Son acaso fundaciones humanitarias sin propósitos de lucro o con exclusiva vocación de servicio social? ¿Podemos pensar seriamente en que para ser un país realmente soberano basta con poner el petróleo y la electricidad en manos del Estado mexicano? Y más todavía: debería aplicarlo a la misma inversión nacional por las mismas razones que a toda la inversión extranjera.

De este modo, ampliado el juicio presidencial hasta abarcar su dominio lógico completo, se pone en evidencia la férrea disyuntiva que encierra: o bien se acepta como un juicio parcial y, por tanto, erróneo y destinado al fracaso; o bien es un recurso retórico para esconder a los mexicanos su intención de erradicar la inversión privada como tal en nuestro país, es decir, destruir el sistema capitalista para poner en su lugar un sistema nuevo que el país desconoce. Sería, por tanto, un proyecto social que busca imponerse por sorpresa o a la fuerza, mediante una dictadura personal secundada solo por la claque morenista y, tal vez, por una parte de nuestras fuerzas armadas.
Dije en mi artículo de la semana pasada que la corrupción, correctamente entendida, es siempre redistribución (ilegal) de una riqueza previamente producida. ¿Producida dónde, cómo y por quién? En nuestro mundo actual, puede afirmarse que la riqueza se produce, aquí y en China, en las fábricas y en el campo, gracias al trabajo de los productores directos que son, y han sido siempre, los obreros y los campesinos. La característica del capitalismo desde este punto de vista consiste en que las fábricas y la tierra, al menos la de mejor calidad, son de propiedad privada, pertenecen a una persona física o moral y, por tanto, la riqueza que se produce en ellas es también de su propiedad. Como dijo Marx, la diferencia entre el artesano feudal y el capitalista moderno radica en que el primero basa su derecho de propiedad sobre la mercancía fabricada por él en el trabajo; mientras en el segundo se apoya en la propiedad de los medios y los recursos con que se produce. El artesano podía decir: esta mesa es mía porque yo la hice; el burgués dice: este lote de zapatos es mío porque todos los recursos con que se fabricó, incluido el trabajo del obrero, son míos, yo los compré con mi capital.

Y es ese cambio operado en la fuente del derecho sobre la riqueza social, lo que permite al capitalista apoderarse de ella y concentrarla en sus manos. Es un derecho que, bien entendido, no le otorgó nadie sino que surge del desarrollo mismo del modo de producción, es decir, del modo en que la sociedad se organiza para producir los bienes y servicios que necesita para vivir y reproducirse. No se trata, pues, de un problema moral o de derecho civil o penal, y es un disparate llamar robo al máximo provecho que saca el capitalista de un sistema social diseñado para él. El reparto equilibrado de la riqueza social tampoco es un problema de moral o de justicia abstracta, es una necesidad del sistema que, llegado a cierto nivel crítico de desigualdad, se da cuenta de que necesita de tal redistribución para seguir funcionando con seguridad, como acaba de recordarnos Klaus Schwab, Presidente Ejecutivo del Foro Económico Mundial, con su proyecto del “Gran Reinicio”. Aun en este caso, el reparto no obedece nunca a la buena voluntad de los capitalistas o del Estado; es un problema objetivo que se resuelve mediante la confrontación de fuerzas objetivas: la de la clase patronal y la de la clase obrera y el pueblo en general.

El otro camino para evitar, no ya la excesiva concentración de la riqueza sino el acaparamiento privado de la misma, es la supresión de la propiedad privada sobre los medios de producción, fuente del derecho del capital para adueñarse del producto del trabajo ajeno, y transformarlos en propiedad de los productores directos. Con este cambio, ya no es el capitalista sino el obrero el que puede decir: esto es mío porque lo hice yo con mis propios medios y recursos. Pero esto, que en teoría parece claro y sencillo, en la práctica ha resultado muy complejo y difícil de realizar. Después de 104 años desde que Lenin y su partido llevaron a cabo la “expropiación de los expropiadores” en octubre de 1917, hoy la humanidad sabe que es un error suprimir de tajo la propiedad privada y sustituirla sin más por la propiedad social. Rusia, por un camino traumático del que aún no acaba de reponerse; China por un golpe de timón menos aparatoso tras la muerte de Mao y el arribo de Deng Xiaoping al poder en 1978; Cuba, ahora bajo la presidencia de Díaz-Canel, han acabado reconociendo esta verdad y han tenido que retroceder algunos pasos para abrir espacio al mercado y a la producción privada y, de ese modo, reforzar sus economías y salvar sus conquistas sociales.

La lección es dura pero irrefutable: los socialistas no deben suprimir voluntaristamente y de un solo golpe la propiedad privada, si no quieren fracasar rotundamente en sus propósitos de reivindicación social. Una vez conquistado el poder por las clases trabajadoras, lo que se debe hacer es poner en ejecución un plan científicamente elaborado donde se precisen las metas económicas y sociales de corto y mediano plazo que, además, esté claramente al servicio de las metas estratégicas de largo plazo del país y del pueblo trabajador. Este plan debe incluir sin falta al sector privado de la economía, buscando armonizarlo con el resto del plan sin restringir su libertad ni poner obstáculos artificiales a su inevitable tendencia a la máxima ganancia. Su control y regulación, absolutamente necesarios en la nueva economía, tienen que ser los límites y las metas del propio plan nacional de desarrollo. Solo así será posible el aprovechamiento de las ventajas y capacidades del capital para producir riqueza con la máxima eficiencia y con los menores costos posibles. Con el poder político en manos del pueblo trabajador, se puede lograr que el capital privado se convierta en una poderosa palanca en la generación de riqueza y bienestar para todos.

En México estamos a tiempo de lograr un acuerdo entre el poder público y la empresa privada sobre la base de un plan nacional de desarrollo que elimine los extremos de miseria y riqueza, dé un impulso poderoso al desarrollo de la economía nacional y eche las bases, sólidas y firmes, para la conquista de la verdadera soberanía nacional. Desde esta perspectiva, el grito radical del presidente puede ser un éxito propagandístico, pero como síntesis del proyecto revolucionario que México necesita, es un error y un grave riesgo que acabará pagando el pueblo.

25/02/2021
30/01/2021

FNERRR espera resolución de colegiaturas por el Gobierno de Tamaulipas

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Integrantes del comité estatal de la Federación Nacional de Estudiantes Revolucionarios “Rafael Ramírez” (FNERRR), solicitaron al gobierno de Tamulipas la condonación de la colegiatura del semestre que inició recientemente. Con esta petición se busca beneficiar a 100 estudiantes universitarios de diferentes facultades de la Universidad Autónoma de Tamaulipas (UAT) y del Tecnológico de Altamira, más cuatro alumnos de nivel medio superior.
El oficio, con el listado de los jóvenes a beneficiar, se dirigió al Lic. Francisco Javier García Cabeza de Vaca, gobernador de Tamaulipas, con atención al Ing. Cesar A. Verástegui Ostos, quien funge como Secretario General del Estado; mismo documento que fue recibido en la Dirección General de Relaciones Públicas y Atención Ciudadana del Gobierno del Estado.
Por su parte, Jesús Garza, dirigente de la FNERRR en la entidad, comentó que “esta gestión es importante para los universitarios, pues resulta un beneficio para la economía de sus familias, sobre todo en tiempos de crisis como la actual pandemia”, señaló también que las colegiaturas de las distintas licenciaturas que ofrece la UAT ronda entre los $2,400, y de ser aprobado el descuento se daría el 100%, dejando así sus fichas en cero pesos.
Por su parte, Óscar García Miranda, dirigente de la FNERRR en el norte del país, afirmó que su demanda cobra urgencia dado que programas sociales que contrarrestaban la deserción escolar hoy están eliminados por parte del gobierno federal. “Ante el poco apoyo a la educación por parte del gobierno federal, acudimos al gobierno estatal para que apoye jóvenes que están en riesgo de deserción por la marginación que la pandemia ha recrudecido”, explicó.
Jesús Garza aseguró que son miles de estudiantes los que encabezan la demanda de la condonación de colegiaturas, y que están en espera de que el beneficio les sea otorgado, ya que esto contribuiría al desarrollo educativo del país. Añadió que están pendientes de la reunión a la que se han citado con directivos de la rectoría, pues la respuesta fue “que la instancia gubernamental, en coordinación con la rectoría de las universidades, estaban a la espera de la autorización de la directora de becas para iniciar con el trámite de los apoyos.” Asimismo, invitó a los jóvenes tamaulipecos a sumarse a su organización estudiantil para pugnar por mejores condiciones materiales para todos los mexicanos.

👉🏼 https://bit.ly/39f79aw

30/01/2021
22/01/2021
16/01/2021
15/01/2021

🔴💹💻| El panorama para este año no es nada alentador, ya que en el PEF se omite 13 programas educativos que en presupuestos pasados tenían como objetivo la población vulnerable y el combate a la pobreza.

Hemos solicitado que la nueva titular de la Secretaría de Educación Pública (SEP), Delfina Gómez, atienda la demanda de acceso a internet para miles de estudiantes del país.

14/01/2021

MÉXICO Y ESTADOS UNIDOS: PARALELISMOS FÁCILES

Por: Aquiles Córdova Morán

Los sucesos recientes en Estados Unidos, particularmente la toma del Capitolio, el 6 de enero, por los enfurecidos seguidores del Presidente Trump para impedir la ratificación del triunfo de Joe Biden, han acaparado la atención de medios y columnistas de los más prestigiados e influyentes del país. Todos coinciden en calificar el hecho como un intento de golpe de estado y en condenarlo abiertamente por atentar contra la “democracia más antigua y estable del mundo”.

Desde tiempo atrás se ha venido fortaleciendo una corriente de opinión que sostiene que el mayor peligro para las democracias contemporáneas es el populismo, una ideología y un modo de ejercer la política que ha logrado colocar a sus abanderados en la cúspide del poder de varios países, por vía democrática y que, ya en esa posición, se transforman en autócratas y autoritarios que imponen (o pretenden hacerlo) su propio proyecto social sobre la población. Esa pretensión los lleva a ver en la democracia un grave obstáculo, razón por la cual buscan dinamitarla y destruirla, como acaba de intentarlo Donald Trump. Ya en ocasión anterior me permití señalar que, dada la gran relevancia que se le otorga al populismo como principal enemigo de la democracia, resulta cuando menos extraño que nadie se preocupe por explicarnos a los no iniciados cuál es el contenido filosófico, político, económico y social del populismo, cuáles son sus rasgos esenciales, qué intereses defiende y en qué fuerza social se apoya. En una palabra: que hace falta definir con rigor científico el concepto de populismo para poder aplicarlo con seguridad en el análisis de la problemática social contemporánea.

Y esto resulta tanto más necesario por cuanto que, cada vez con más frecuencia, ocurre que alguien, en una especie de juicio sumarísimo, dicta sentencia condenatoria de populismo contra Gobiernos y personajes tan disímbolos como Jair Bolsonaro, de Brasil; Vladimir Putin, de Rusia; Nicolás Maduro, de Venezuela y Daniel Ortega, de Nicaragua, por citar solo unos cuantos ejemplos. El caso que más nos interesa ahora es el de Donald Trump y el presidente López Obrador. A mi parecer, salvo algunos rasgos pronunciados del carácter de ambos (el autoritarismo, la falta de disposición al diálogo, la intolerancia frente a la discrepancia, la poca estima de las opiniones y consejos de los especialistas en temas sensibles como la pandemia y algún otro semejante) la identidad populista de los dos personajes solo puede sostenerse forzando demasiado los hechos y los datos de la realidad. Pero hay algo más importante. Atribuir toda la responsabilidad por las graves dificultades de México y EE. UU. al populismo de sus presidentes implica, necesariamente, sostener que, antes de ellos, no existían; que es, por tanto, su necio populismo el que ha generado de sí mismo todo el tiradero que van dejando tras de sí, lo cual, desde luego, no es verdad. Tal punto de vista, además, no nos permite explicarnos cómo y de dónde surge el político populista, por qué motivos se ganó el apoyo de las mayorías para llegar al poder.

Las similitudes y los paralelismos fáciles no solo no explican nada; impiden, además, ver el verdadero fondo de las cosas.
Hay sin duda similitudes y paralelismos entre México y Estados Unidos; entre Trump y López Obrador, pero son distintos, más profundos y determinantes que los que supone la simple etiqueta del populismo. Permítaseme explicarme con una pequeña fábula de Rudyard Kipling titulada “La colmena madre”, que el escritor aplicó a la Inglaterra de su tiempo. Un apicultor y su hijo llegan a revisar el apiario familiar y, al abrir el primer cajón, se encuentran con que la polilla de los panales lo ha infectado y desordenado todo. La reina ha mu**to; la mayoría de las obreras han dejado de laborar y se dedican a poner huevecillos de los que surgen bichos degenerados; y las demás fabrican celdillas redondas, inservibles para formar el panal. Esto no es una colmena sino un museo de curiosidades, dijo el padre, y ordenó a su hijo destruirlo todo y limpiar el cajón para un nuevo enjambre. ¿Cómo padre—replicó sorprendido el hijo-- ¿vas a culpar de todo a las abejas cuando fue la polilla la que lo corrompió todo? Y tú, hijo mío—replicó el padre--¿no estás confundiendo el propter hoc con el post hoc (el efecto con la causa)? Ningún ataque de polilla tiene éxito cuando el enjambre se halla unido, fuerte y saludable; solo triunfa allí donde la descomposición ha empezado antes del ataque.

En efecto, culpar de todo a la “polilla populista” es ignorar que ésta pudo llegar al poder e iniciar con éxito su ataque destructivo porque ambas “colmenas”, México y los EE. UU., no disfrutaban de una salud robusta y a prueba de demagogos y falsos redentores. En este sentido, debe puntualizarse que Estados Unidos nunca ha sido una verdadera democracia. En una democracia auténtica, dice Noam Chomsky, reconocido intelectual norteamericano, la opinión pública influye en la política nacional y decide cuestiones vitales de la nación. El Gobierno acata y pone en ejecución la voluntad popular. Esto, evidentemente, no ocurre en EE. UU. El mismo Chomsky afirma que la democracia nunca ha sido del agrado de las clases privilegiadas, justo porque les arrebata el poder para entregarlo a las mayorías. La democracia, agrego yo, no fue pensada ni erigida en favor del pueblo trabajador, sino para garantizar la concentración de la riqueza en manos de las clases altas, siempre una ínfima minoría en todo tiempo y lugar. Pero la concentración de la riqueza exige la concentración del poder político. Sin él, el capital tropieza con obstáculos legales y de política social que amenazan su existencia misma. Este es el fondo del choque entre el gobierno de López Obrador y la empresa privada, choque que solo se resolverá con la derrota definitiva de uno de los dos contendientes.

Es verdad que la “democracia” norteamericana real es la más antigua del planeta, pero ha durado tanto justamente porque no es una verdadera democracia, sino un mecanismo de poder de la clase rica (cuyo control se turnan republicanos y demócratas para despistar a los ingenuos) muy eficaz para mantener funcionando el círculo vicioso “riqueza—poder político--más riqueza--más poder político”, del que también habla Chomsky. El mismo James Madison, padre de la Constitución norteamericana y defensor del principio democrático en el discurso público, entre sus pares sostuvo que el sistema estadounidense debía garantizar que el poder recayera siempre en manos de los ricos, porque éstos son los más responsables y por naturaleza buscan el bien público. Y así ha sido desde entonces. Por eso se mantiene en pie esa Constitución y el sistema emanado de ella.

Y no hay que pensar mucho para convencerse de esto. En caso contrario, habría que aceptar que el expansionismo imperialista de EE. UU., incluida la injusta guerra de 1847-48 que despojó a México de más de la mitad de su territorio; las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki; la “guerra fría” contra el socialismo y su reedición actual para amenazar con la aniquilación nuclear a Rusia y a China; la destrucción de Afganistán, Irak, Palestina, Siria, Libia y Egipto, por dar solo algunos ejemplos; en fin, que todos los crímenes y despojos cometidos por el imperialismo han sido decisiones del pueblo norteamericano, lo cual suena sencillamente absurdo. Son el fruto natural de las maquinaciones, oscuras y secretas la mayoría, de los verdaderos dueños y mandantes de aquel país: los grandes consorcios financieros, los gigantescos monopolios trasnacionales y el complejo militar-industrial. Son ellos los que necesitan del dominio mundial y de la guerra permanente para medrar y prosperar, no el pueblo trabajador.

El fenómeno Trump se explica de modo muy distinto al reduccionismo simplista de los predicadores de la democracia abstracta. Se debe al colapso del modelo imperialista cuyo único fruto verdadero es el incremento obsceno e incontrolable de la riqueza de una reducidísima élite de “trillonarios”, a costa de la marginación y la pobreza de las clases trabajadoras de todo el planeta, en primer lugar la de los propios Estados Unidos. Ni el mundo ni el pueblo norteamericano aceptan ya esta situación. Trump supo aprovechar ese rechazo para venderse como candidato antisistema y ganar la elección presidencial antepasada. La clase dominante norteamericana, aunque parezca increíble, hoy esta dividida y enfrentada por la misma causa. Trump es la cabeza visible de la corriente que sostiene que el colapso solo puede evitarse renunciando a la globalización económica, al militarismo, al expansionismo y al intervencionismo indiscriminado en el mundo, y concentrándose en hacer más grande y competitiva la economía para derrotar a China en el mercado mundial. De ahí su consigna de “¡Hagamos a América grande otra vez!”. Biden, en cambio, es la vuelta a la política crudamente expansionista, intervencionista y militarista que el pueblo rechazó al elegir a Trump. Por eso coincido con quienes piensan que este conflicto, lejos de haberse resuelto, apenas comienza.

La similitud con México radica en que, también aquí, el viejo sistema estaba en crisis, tanto por la concentración de la riqueza y el poder como por la corrupción del aparato de gobierno y por la marginación y el olvido de las masas populares. También aquí, el candidato López Obrador supo venderse como la opción antisistema y como la solución providencial a todos los problemas del país y de las masas trabajadoras. Fue eso, indudablemente, lo que lo catapultó a la cima del poder político. Por eso los antorchistas hemos sostenido, y seguimos sosteniendo hoy, que derrotar a Morena en las urnas es solo una parte del problema; que hace falta, además, un nuevo proyecto integral de país que procure el crecimiento y desarrollo económico sostenidos y con equidad y justicia social para todos. El peligro que nos amenaza no es el 6 de enero norteamericano, sino el de perder las elecciones próximas y consolidar por esa vía el desastroso proyecto morenista. O, peor aún, que la oposición reconquiste el poder solo para retornar al viejo modelo contra el cual votó el pueblo, lo que incrementaría sin remedio el descontento popular. Las consecuencias de una u otra alternativa son impredecibles, pero de ninguna manera optimistas ni esperanzadoras. Urge la construcción de un México real y enteramente nuevo, más justo y equitativo para todos, pero, sobre todo, para los olvidados de siempre. Esa es la lección de la elección norteamericana. Vale.

06/01/2021

LOS PUEBLOS DE MÉXICO Y DEL MUNDO TIENEN QUE DESPERTAR

Por: Aquiles Córdova Morán

La horrible y deprimente situación creada por la pandemia del COVID-19 ha sacado a la luz importantes fenómenos que antes no habíamos notado, sobre lo que los pueblos del mundo debemos reflexionar y sacar las conclusiones pertinentes.
Me quiero referir, en primer lugar, al hecho de que la emergencia mundial ha formado dos bloques de países claramente diferenciados por la forma en que han enfrentado la crisis y por los resultados que han obtenido. De un lado, países que la propaganda mediática nos ha enseñado a ver como el “eje del mal”: China, Rusia y Cuba, por mencionar los más conocidos para nosotros. De otro, los países que vemos como el modelo de libertad, de democracia y de abundancia de riqueza compartida por todos. Destacadamente, los países de la Comunidad Europea, Inglaterra y los Estados Unidos.

En los primeros, sus gobiernos movilizaron todos sus recursos económicos, científicos y tecnológicos y, sobre todo, movilizaron a su pueblo para unirlo a la lucha contra el enemigo invisible. Los resultados están a la vista: China, Rusia y Cuba están entre las naciones con los más bajos números de contagios y los menores porcentajes de víctimas mortales. Trabajaron con su pueblo y para su pueblo. Lo contrario sucede en el otro bloque: países ricos como Inglaterra, Italia y España, están entre los más golpeados por la pandemia. Pero el caso más sorprendente es el de Estados Unidos. Con todo su desarrollo científico y tecnológico y con toda su riqueza, que le permitiría habilitar y equipar hospitales, personal médico, salas de terapia intensiva con capacidad sobrada para los casos graves, etc., nadie pensó que fuera hoy, por mucho, el más afectado por la pandemia: más de 21 millones de contagiados y cientos de miles de gentes muriendo como moscas. ¿Qué pasó? ¿Cómo se explica esta situación?

La explicación es sencilla y racional. Estados Unidos gira en torno a los intereses del gran capital; el país entero vive y trabaja para el funcionamiento fluido de los inmensos monopolios que dominan la economía de su país y del mundo, y para garantizarles la máxima utilidad de sus inversiones. El Gobierno norteamericano no tiene fuerza propia para actuar con independencia; se sostiene gracias al apoyo de esos megamillonarios y tiene que estar, por tanto, a su servicio. Allí, el pueblo no es actor central; sus intereses ocupan el último lugar en la tabla de prioridades; su salud y su vida no valen la crecida suma que habría que invertir para protegerlo de la pandemia. Y lo han librado a su suerte.

Los potentados, lejos de aportar parte de su fortuna para combatir la peste, están huyendo de las ciudades más contaminadas, como Nueva York, hacia lugares más aislados y salubres como Long Island o, según una nota de Milenio del 20 de abril de 2020, “a Nueva Zelanda, tierra donde florece el desarrollo de «búnkeres» de supervivencia”, pagando muchos millones de dólares de renta en ambos destinos. El presidente Donald Trump, por su lado, aprovechó la ocasión para elevar la presión sobre Venezuela y movilizó parte de sus fuerzas navales, acompañado de otros miembros de la OTAN, en una clara provocación para justificar la agresión armada a aquel país. ¿Cuántos millones de dólares habrá costado el chistecito? Al mismo tiempo, culpa a China de su propio desastre y quiso llevarla ante un tribunal norteamericano para obligarla a pagar una indemnización estratosférica. Parece una comedia de locos, pero lo cierto es que la amenaza es real y muy peligrosa para la paz mundial.

Todo esto nos está obligando a poner en tela de duda lo que nos han dicho sobre el paraíso terrenal norteamericano: el país de la riqueza y la prosperidad compartidas; el de las libertades individuales y políticas, en particular el del derecho a elegir, libre y democráticamente, a sus gobernantes. Tenemos que repensar el cuento de que las guerras sangrientas que los EE.UU. promueven en todo el mundo no globalizado, y las continuas amenazas y bravatas contra Rusia y China, obedecen a que los buenos chicos norteamericanos, como nuevos caballeros andantes, llevan la democracia, la libertad y la prosperidad en las bocas de sus fusiles y en la punta de sus bayonetas.

¡Puras mentiras!, grita la realidad de la pandemia. Todo se hace para extender y afianzar el predominio mundial de los gigantescos monopolios trasnacionales asentados en suelo norteamericano y, además, para garantizar su eternidad sobre la tierra. ¿Que no es cierto? Veamos algunas pruebas. Un medio digital, EULIXE, dijo hace meses: “Jimmy Carter le explica a Trump las razones por las que China adelantará a EE.UU”. En el texto leemos: “Desde 1979, ¿sabes cuántas veces China ha estado en guerra con alguien? Ninguna. Y nosotros vivimos en guerra… somos la nación más guerrera de la historia del mundo, debido a la tendencia de Estados Unidos de obligar a otras naciones a adoptar nuestros principios”. ¡Carter da en el clavo, por supuesto! Pero lo que no dice es de dónde brota esa irrefrenable tendencia, ese afán de imponer al mundo el modelo político-social norteamericano. Busquemos la respuesta en otro lado.

“George Kennan, uno de los padres de la guerra fría, dijo sobre esta necesidad (la que señala Carter. ACM) en febrero de 1948: «Tenemos alrededor del 50 por ciento de la riqueza del mundo, pero solo el 6.3 por ciento de su población (…) En esta situación no podemos evitar ser objeto de envidia y resentimiento. Nuestra tarea real en el periodo que se aproxima es la de diseñar una pauta de relaciones que nos permita mantener esta posición de disparidad sin detrimento de nuestra seguridad nacional»”. (Las cursivas son mías, ACM). En su discurso de toma de posesión como presidente de EE.UU. en 1953, el general Eisenhower dijo: “Pese a nuestra fuerza material, incluso nosotros necesitamos mercados en el resto del mundo para los excedentes de nuestras explotaciones agrícolas y de nuestras fábricas. Del mismo modo, necesitamos, para estas mismas explotaciones y fábricas, materias y productos de tierras distantes”. Para asegurar todo esto, dijo, debemos lograr la unidad de “todos los pueblos libres” (y) “para producir esta unidad (…) el destino ha echado sobre nuestro país la responsabilidad del liderazgo del mundo libre”. En pocas palabras: unir al “mundo libre” bajo la égida norteamericana para que funcione como mercado y fuente de materias primas de las empresas norteamericanas.

Robert McNamara, secretario de Defensa de Lindon B. Johnson, hizo ver al presidente “su convicción de que la función dirigente que los norteamericanos habían asumido «no podría ejercerse si a alguna nación poderosa y virulenta –sea Alemania, Japón, Rusia o China– se le permite que organice su parte del mundo de acuerdo con una filosofía contraria a la nuestra»”. ¿Queda claro ahora qué persigue la feroz guerra mediática contra Rusia y China? ¿Queda claro el motivo de la demanda del Presidente Trump? Pero hay más. En documento de 1992 llamado “Defense Planning Guidance”, podemos leer: “Nuestro primer objetivo es prevenir la emergencia de un nuevo rival. Esta es una consideración dominante que debe subrayar la nueva estrategia regional de defensa y que exige que nos esforcemos en prevenir que ninguna potencia hostil domine una región cuyos recursos pudieran bastar, bajo un control consolidado, para engendrar un poder global (…) Finalmente, debemos mantener los mecanismos para disuadir a competidores potenciales incluso de aspirar a un papel regional o global mayor”. Aquí queda explicada toda la geopolítica norteamericana desde el fin de la segunda guerra mundial hasta nuestros días.

La pandemia ha encuerado a la democracia liberal, con su voto universal, libre y secreto, con su división de poderes y su sistema de pesos y contrapesos. Aquí, en México, “democrático” por excelencia, vivimos sometidos a la voluntad de un solo hombre, el presidente López Obrador. Ese hombre, a través de su obediente vocero, nos ordena quedarnos en casa, pero no nos dice cómo aislarnos a quienes vivimos amontonados en una vivienda de uno o dos cuartos; nada tampoco sobre qué vamos a comer quienes ganamos el sustento con nuestro trabajo diario y que ya no podremos hacerlo con el confinamiento. Nos advierte que no dejemos de pagar la luz y el agua, pero no nos indica de dónde sacaremos el dinero. Nos pide lavarnos las manos hasta 20 veces al día, pero no dice nada sobre lo que cuesta el agua ni sobre quienes carecen de ella.

Nos dan el domicilio de los hospitales, pero no nos dicen que allí no hay nada con qué atendernos, ni que los propios doctores, doctoras y demás personal, carecen del equipo mínimo para proteger su propia seguridad. Estas y otras graves decisiones son tomadas a nuestras espaldas, sin tomarnos en cuenta a los directamente afectados por ellas. Nadie nos ha preguntado, por ejemplo, si preferimos morir de hambre hacinados en cuchitriles, o de COVID-19 saliendo a trabajar; tampoco sobre quién de nuestros seres queridos debe vivir y quién debe morir en caso de que falten hospitales. En México, pues, tampoco cuenta el pueblo para los poderosos.

Los pueblos del mundo debemos tomar conciencia de esta situación. Es hora de que entendamos que la verdadera democracia, aquella de un poder “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, es una asignación pendiente para el mundo entero; y una tarea que solo podrá cumplir el propio pueblo cuando se decida a organizarse para arrebatarle el poder a las pequeñas oligarquías y, con él en la mano, someta a su control toda la actividad económica, incluida la empresa privada, para ponerla al servicio de los intereses y el bienestar de todos los hombres y mujeres de la tierra. El COVID-19 nos abre los ojos sobre lo que nos falta, pero también nos alumbra el camino para conseguirlo; para poner la humanidad a salvo de esta y de todas las plagas que puedan venir en el futuro.

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