03/05/2026
Día de la Santa Cruz: crónica de un hombre que construye más que muros
A las 5:12 de la mañana suena la alarma. No hay aplausos, no hay cámaras… pero empieza una jornada que sostiene ciudades enteras.
Se levanta despacio, a veces con el cuerpo reclamando lo de ayer.
El café ya está listo o apenas se improvisa.
Si hay suerte, alguien en casa le envuelve el lonche: tortillas calientitas, frijoles, huevos revueltos, un chile seco que despierta hasta el cansancio.
Si no, él mismo se lo arma, con lo que haya. Porque el día no espera.
Antes de salir de casa, se persigna. No es rutina… es fe, es protección, es encomendar el día que apenas comienza.
Sale cuando la calle todavía bosteza.
Carga más que su mochila: lleva cuentas, pendientes, sueños chiquitos…
“Que no falte para la escuela”, “a ver si el sábado alcanza para algo extra”, “que hoy no duela tanto la espalda”.
Llega a la obra.
Ahí no hay discursos, pero sí códigos: el saludo, la broma temprana, el apodo que ya es identidad.
Antes de comenzar, se vuelve a persignar.
Como quien marca el inicio… como quien pide fuerza para lo que viene.
Se cambia, se ajusta el cinturón, revisa herramientas…
y sin ceremonia, comienza a transformar el espacio.
Mezcla cemento como quien mezcla paciencia.
Levanta muros como quien levanta futuros que no siempre serán para él.
Mide, corta, carga, sube, baja.
El sol no perdona, pero él tampoco se rinde.
A media mañana, el descanso sabe a gloria.
Se abre el lonche, se comparte.
Siempre se comparte.
Y antes del primer bocado, otra vez la señal de la cruz.
Agradecer también es parte del trabajo.
Ríen.
Se quejan.
Se ayudan.
Y entre cucharadas, la vida se cuenta en voz baja: —“Mi hijo ya va en secundaria…”
—“A ver si este fin me llevo algo bueno a la casa…”
—“Nomás que no falte el trabajo…”
Hoy es 3 de mayo.
Y eso cambia el ritmo.
En algún punto alto de la obra, aparece la cruz.
A veces hecha con la misma madera que ha sido testigo del esfuerzo.
Otras, adornada con flores de papel de colores que parecen decir: aquí también florece la fe.
La colocan arriba, donde el viento pega distinto.
No es solo tradición… es protección, es respeto, es memoria.
Y entonces, por unas horas, la obra se vuelve fiesta.
El patrón llega con comida, refrescos, quizá música.
Se agradece el trabajo, se reconoce —aunque sea por un día— a quienes levantan todo esto.
Pero más allá del convivio, hay algo más profundo:
Ellos no solo construyen casas, edificios o bardas…
construyen la posibilidad de que otros tengan un hogar, un negocio, un lugar donde empezar de nuevo.
Y cuando cae la tarde, regresa a casa con las manos cansadas, pero con la certeza de haber hecho algo real, algo que permanecerá.
Hoy, en el Día de la Santa Cruz, reconocemos a los que levantan sueños con las manos.
Redacción: Latido Noticias/LG.