25/11/2025
Carreras de leyenda, duelo de Pegasos: el Pajarito de San Julián Vs. el Príncipe de Jalostotitlan.
…la empedrada calle de Jalostotitlan estaba solitaria; horas antes se habían concluido los quehaceres mañaneros: asistir a misa, alimentar los animales, barrer y regar el frente de las casas…, era el mes de febrero, días postrimeros del invierno, tiempo en que la gente gozaba de las cosechas levantadas en las siembras de temporal.
En aquel tiempo en los pueblos no había en que entretenerse; ha acepción de las cantinas. A la bes, las cantinas eran un especie de centro de finanzas, ahí se hacían tratos de todo tipo.
Aquella mañana de 1962 llegaron al pueblo tres hombres, en la soledad de las calles su entrada paso desapercibida, solo las lagartijas que se refugiaban del sol entre la cerca vieron su paso. A pesar de hallarse solos caminaban precavidos, el de medio iba delante media bestia, con la vista fija, los de los lados escudriñaban los lienzos de piedra, atentos a cualquier imprevisto. Ya en la plaza, se encaminaron a una de las cantinas, el más joven se adelanto abriendo las puertas batientes y mirando a los parroquianos en busca de una posible amenaza; el local estaba casi lleno pero cada grupo estaba inmerso en sus platicas, nadie reparo en su entrada. El mayor se adelanto hasta el mostrador, seguido por sus compañeros, cruzo unas palabras con el cantinero y este, a su vez llamo a su mozo dándole unas indicaciones. El mozo salió rápidamente de la cantina haciendo honor a su apodo: Rajadiablos, en pocos minutos regreso acompañado por el boticario. Al ver al hombre recargado en la barra, el Farmacéutico, sospecho el asunto por el que lo habían sacado de su farmacia y se dijo para sí – debo andar con pies de plomo, estos sombrerudos están como los Zanates, tarugos y desconfiados. Dejando a un lado sus cavilaciones saludo afablemente al “sombrerudo” mayor:
-¡Dichosos los ojos que lo ven por estas tierras, don Refugio!
-No se alegre tanto, don Pablito, vengo a mortificarlo un poco.
-Guarde cuidado, don Refugio, usted no mortificaría aun que quisiera.
-¡Pos que le diré don Pablito…, pos sin más rodeos, vengo a callar los decires de la gente.
-¿Cual gente don Refugio, cuales decires?
-Pos eso que dicen que su caballo es más ligero que el mío.
- Eso lo dirán en su tierra, don Refugio, aquí se rumora que su Pajarito no tiene rival y que si corre el Príncipe con él, lo va cabestrear como mula.
Don José Refugio Muñoz, apodado afectuosamente: Papacuco, le dijo al boticario mientras esbozaba una sonrisa de complicidad.
-¡Ya ve don pablo como si hay decires de la gente?
El boticario, metido a parejero, entro en nervios, sabía que eso era una desventaja a la hora de concertar una carrera; tratando de ganar tiempo para retomar su confianza exclamo:
-Pero que descortesía la mía, don Refugio, los dineros son unos y los gustos otros; que le sirvan otra ronda de lo que usted y sus compañeros estén tomando, mire que siendo su anfitrión y no atenderlos como se merecen.
-Pierda cuidado, don Pablito –respondió Papacuco - mis socios y yo estamos servidos.
El farmacéutico voltio a todos lados buscando como salir del atolladero; en eso se le vino la solución:
-Mire don Refugio, la verdad es que de estos menesteres estoy corto de conocimiento; ¿qué le parece si llamo a mi hermano Rubén para que se arreglen en los modos de correrlos?
-Le aclaro don pablo – dijo con seriedad don Refugio - yo no vengo a engañar con palabras ni a dejar tranzarme por palabrerías; el asunto no amerita sermones, los caballos salen de parejos y gana el que llegue primero.
La actitud grabe de Papacuco, alerto los sentidos de Alfonso Magaña, el más joven de los tres, e instintivamente descanso su mano en la 45 escuadra, que llevaba en la cintura; don Pablo percibió el ademan y sintió que la sangre se le subía a la cabeza, aspiro dos veces para tranquilizase, luego, con voz calmada exclamo:
-Señores, los merolicos no tiene cabida en asuntos de hombres, si apelo a la presencia de mi hermano es para tratar el asunto de la distancia, los jinetes y los dineros. ¡Ahora que si no les parece justo quebramos la plática y amigos como siempre?
Los tres fuereños se miraron entre si y como siempre, Papacuco tomo la palabra para contestar:
-por Dios y la virgen de Guadalupe que tiene razón don Pablo, “las cuentas claras y el chocolate espeso”
En ese instante entro Rubén Albares, el hermano de don pablo. Mientras platicaban, el Raja diablos, avía ido por él. Después del respetuoso saludo con un apretón de manos comenzaron a poner las reglas de la carrera. Don Papacuco rompió el hielo diciendo:
-Don Pablo, yo no quiero ventajas para mi caballo; por eso no le pido que corran en San Julián ¿Qué le parece que el lugar de la carrera sea en el carril de San Miguel?
El boticario dio un paso atrás diciendo:
-Lo que salga de la boca de mi hermano son mis palabras, diríjase a él.
Sin esperar más Rubén expuso su propuesta:
-…corren 300 varas, jinetes barbados, de no menos de 45 kilos; gana el que llegue primero, así sea con el pico.
Don Refugio consulto con la mirada a don Rodolfo Padilla, dueño del Pajarito, y al no ver oposición le pregunto a su rival:
-¿…que le parece, don Rubén, si los corremos en dos mese, por atravesarse los días de Dios?
-Por supuesto don Refugio- contesto el eludido- nadie quiere violentar la cuarentena Santa.
-¿Y los dineros? –pregunto don Rubén.
Don Refugio Muñoz contesto:
-Mi caballo está invicto y el de usted también; ya le ganaron a todos los de la región y a los que arrimaron de fuera, los vamos a correr para ver cual caballo alteño es el mejor; ahora que si quiere ponerle unos pesos usted ponga la cantidad.
-Don Cuco, no tengo intención de hacer mala sangre con ustedes; los caballos ocupan cuidados y los pastores no los cuidan enbalde, es justo que el que gane recupere lo invertido; pero como somos coyotes de la misma loma, usted ponga la cantidad.
Aceptando los argumentos de don Pablo, don Refugio propuso:
-¿Pos que le parece que sean 100 mil…?
-Su palabra es ley, don Refugio – exclamo don Pablo- los caballos corren en dos meses en el carril: Los Saucitos de San Miguel el Alto, con un premio de 100 mil pesos para el ganador…
Extracto del Libro: “Pa’ caballos, San Miguel el Alto”
Andrés Martínez Martínez, cronista de San Miguel el Alto, Jalisco.