04/09/2026
𝗝𝘂𝗴ó 𝗰𝗼𝗻𝗺𝗶𝗴𝗼": 𝗟𝗮 𝗮𝘁𝗲𝗿𝗿𝗮𝗱𝗼𝗿𝗮 𝗲𝘅𝗽𝗲𝗿𝗶𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗱𝗲 𝘂𝗻𝗮 𝗺𝗮𝗲𝘀𝘁𝗿𝗮 𝗱𝗲 𝗖𝗢𝗡𝗔𝗙𝗘 𝗰𝗼𝗻 𝘂𝗻 𝗗𝘂𝗲𝗻𝗱𝗲 😨😨😨😱
La enviaron a dar clases a una comunidad olvidada en lo profundo de la sierra, un lugar ahogado por la vegetación espesa y una humedad sofocante que parecía pudrirlo todo. La maestra de CONAFE tuvo que hospedarse en una vieja casa de huéspedes. Justo al lado de su ventana se erigía un árbol descomunal, de tronco nudoso y un hueco negro y profundo en el centro que parecía tragar la poca luz que filtraba el follaje.
Las primeras semanas transcurrieron en una calma engañosa. Sin embargo, pronto comenzó a notar que sus sábanas amanecían manchadas de tierra y limo. Intentó convencerse de que era algún gato callejero o un animal del monte, pero las pesadillas recurrentes y un peso inexplicable sobre el pecho le robaban el descanso cada noche.
Una madrugada, tras despertar de golpe entre sudores fríos, alcanzó a ver una sombra escurridiza que saltó torpemente desde su cama hacia la penumbra. Al encender la luz, el corazón se le dio vuelta: sobre las cobijas no solo había lodo, sino hojas verdes, frescas, idénticas a las del árbol con el hueco macabro.
Aterrada, decidió enfrentarlo. Una noche juró no dormirse. Se quedó a oscuras, aguantando el peso de sus párpados hasta que, en el punto más denso de la madrugada, un crujido sutil la alertó. Fingió dormir. Entre la penumbra, vio algo arrastrarse por el suelo.
Antes de que pudiera reaccionar, la parálisis la atrapó. El cuerpo no le respondía; ni la voz, ni los músculos, ni un solo grito.
Sintió que la cama se hundía. Aquella criatura comenzó a trepar sobre sus piernas. Era una entidad diminuta, pálida y decrépita, cubierta de cieno y ramas secas, que emanaba un olor a humedad y humedad rancia. La maestra, plenamente consciente dentro de su propio encierro corporal, vio horrorizada cómo el ser hurgaba entre sus harapos y sacaba un par de raíces retorcidas y filosas. Con una lentitud maquiavélica, comenzó a introducírselas por la nariz.
El dolor piercing y el pánico extremo le dieron el impulso final para romper el trance. Movió bruscamente una mano. El diminuto ser dio un chillido sordo, saltó violentamente de la cama y desapareció en la oscuridad.
Despavorida, sin importar la lluvia ni la noche, corrió descalza por el monte hasta la vivienda de una madre de familia de la comunidad. Entre sollozos y al borde de la histeria, le contó lo sucedido. La mujer la escuchó en silencio, suspiró con resignación y sentenció con voz grave:
—Nadie aguanta esa casa, maestra. Ahí vive el duende del árbol. Si no le dejas juguetes para entretenerse, el juego de él... es jugar contigo.
La maestra no esperó al amanecer. Recogió lo que pudo y abandonó la sierra esa misma noche, jurando jamás volver a poner un pie en aquel pueblo ni acercarse a las sombras de los árboles.