28/10/2025
El reciente caso de Viggo, un adolescente de tan solo 13 años, conmocionó a la Ciudad de México. Ocurrió en Polanco, una de las zonas más exclusivas de la capital. Según los reportes, su madre lo descubrió consumiendo alcohol dentro de su cuarto. Como castigo, decidió quitarle el celular. Horas después, el menor tomó un arma de fuego que se encontraba en su casa y le disparó en el rostro. La mujer sobrevivió milagrosamente. Su otro hijo intentó intervenir y también fue agredido. El padre entregó el arma a las autoridades, mientras que el joven fue detenido al intentar huir. Todo esto… por un teléfono.
El hecho parece inverosímil, pero retrata con crudeza un problema profundo: una generación que ha crecido en torno a las pantallas, pero sin aprender a enfrentar la frustración, la autoridad o las consecuencias. No se trata de culpar únicamente a los jóvenes, sino de reconocer que muchos hogares han dejado de ser espacios de formación emocional.
Durante años, confundimos amor con permisividad. Evitamos decir “no” para no generar conflictos, olvidando que los límites también son una forma de cariño. Así creció una generación a la que se le dio acceso ilimitado al mundo digital, pero sin las herramientas para procesar lo que allí ocurre ni para asumir la responsabilidad de sus actos.
La llamada “generación de cristal” no nació débil; fue moldeada por una sociedad que teme corregir, que sustituye el diálogo por una pantalla y que prefiere complacer antes que guiar. El caso de Viggo no es solo una tragedia familiar, sino una advertencia colectiva: los padres no deben temer ejercer autoridad ni dejarse dominar por el miedo a “traumar” a sus hijos.
Educar implica poner límites, enseñar empatía y formar carácter. Porque cuando los valores, la disciplina y el ejemplo se diluyen, la violencia —en cualquiera de sus formas— termina llenando el vacío.