30/12/2025
Cada fin de año, desde que tenía seis años, le pedía lo mismo a mi papá: la playera oficial del Guadalajara. No cualquier camiseta roja y blanca; quería la auténtica, con el escudo bordado, como las que usaban los jugadores en el estadio Jalisco. La veía en las vitrinas de las tiendas del centro, brillando bajo las luces, y me imaginaba corriendo por el patio con ella puesta, gritando goles invisibles.Mi papá siempre sonreía con esa sonrisa cansada que tenía después de doce horas en la maquiladora.
“Este año sí, mijo. Te lo prometo”,
me decía mientras me acomodaba el cabello. Yo le creía. Colgaba mi calcetín viejo en la ventana durante la noche buena, también dejaba un vaso de agua para los Reyes la noche previa a qué llegaran los Reyes Magos, y me dormía pensando en cómo se sentiría esa tela nueva contra mi piel. Pero en Navidad y en la mañana del 6 de enero siempre era igual. Bajo el arbolito de plástico que mi mamá decoraba con las mismas esferas rotas de siempre, había un paquete envuelto en papel de periódico. Abría el n**o con dedos temblorosos y encontraba una playera... pero no la oficial. Era una genérica, comprada en el tianguis, con el escudo mal impreso y las rayas torcidas.
“Es igualita, ¿verdad?”,
decía mi papá, con los ojos brillantes de esperanza. Yo asentía, porque no quería ver cómo se le apagaba la cara.
“Gracias, papá”,
murmuraba, y me la ponía de inmediato aunque me quedara grande o me picara el cuello. Pasaron los años. La petición siguió siendo la misma, la promesa también. Y la playera nunca llegó. Con el tiempo dejé de pedirla en voz alta, pero él seguía diciendo
“este año sí”,
hasta que un día simplemente dejó de decirlo. Yo tenía catorce, quince, dieciséis años, y ya entendía que las cosas en casa estaban apretadas. Veía cómo mi papá llegaba cojeando del trabajo, cómo mi mamá remendaba los mismos pantalones una y otra vez, cómo la luz se cortaba cada dos meses.Cuando cumplí dieciocho me fui a trabajar a la ciudad. Empecé de ayudante en una construcción, luego estudié por las noches, cambié de empleo, subí poco a poco. Hoy tengo un buen puesto, un sueldo que me permite ahorrar, viajar, ayudar a mi mamá con la casa. Hace unos meses fui al centro comercial y vi la nueva playera del Chivas en la tienda oficial. La toqué. Era suave, exactamente como la había imaginado de niño. La compré sin pensarlo. La más cara, con mi nombre estampado en la espalda. Llegué a casa de mi mamá un domingo y saqué la bolsa.
“Es para ti, papá”,
le dije, aunque él ya no estaba. Murió hace tres años, de puro cansancio, dijo el doctor. Lo enterramos con su camisa de trabajo planchada, la única que tenía decente. Puse la playera sobre su tumba esta Navidad. La dejé ahí, doblada con cuidado, bajo la lluvia fina de diciembre.
“Ahora entiendo, papá”,
le dije al viento.
“Nunca fue que no quisieras dármela. Era que no podías. Y yo nunca te lo agradecí bastante por todo lo que sí me diste.”
Me quedé un rato ahí, con las manos en los bolsillos, sintiendo el frío que él sintió tantas noches caminando a casa para ahorrarse el camión. Ahora que gano bien, ahora que puedo comprar cien playeras si quiero... la única que realmente quería era la que tú nunca pudiste traerme. Y ya no llegó. 😭
Fuente: Letras Rojiblancas