07/05/2026
Y de repente él dijo:
“¿Y qué será de ti si me marcho…?”
Con los ojos vidriosos, a punto de llorar, ella le sostuvo la mirada y, con la cabeza en alto y una pequeña sonrisa, respondió:
“Estoy mejor que nunca…”
Él sonrió, aunque las lágrimas no dejaban de caer.
Ella volvió a sonreír y dijo:
“Tranquilo… yo estoy bien. Mejor que nunca. He estado tanto tiempo sola, que la soledad ya no me afecta en lo más mínimo.”
Él bajó la cabeza y guardó silencio por unos minutos. En el fondo sabía que lo que ella decía era verdad. Estaba tan acostumbrada a sentirse sola, que él olvidó en qué momento dejó de amarla como ella necesitaba.
No se dio cuenta cuándo ella comenzó a pedir cercanía, atención, amor… y cómo la rutina terminó consumiéndolos.
Ella seguía sonriendo, aunque por dentro también se estaba rompiendo. Pero frente a él no podía permitirse demostrar debilidad.
Él levantó el rostro, limpió sus lágrimas y comenzó a hacer una infinidad de promesas.
Pero ella solo lo miraba en silencio.
Al marcharse, él se sintió un poco más tranquilo al verla reaccionar con calma. No quería lastimarla. Y ella tampoco quería romperlo más.
Pero en aquella última conversación, ambos dejaron una parte de su corazón.
Él subió a su coche y se despidió con una sonrisa. Ella también sonrió… pero al cerrar la puerta se derrumbó en llanto.
Aun así, entendía que había sido la mejor decisión.
Y que siempre lo amaría… a su manera.