19/05/2026
La casa llevaba abandonada más de veinte años.
Eso decían todos en el pueblo.
Pero cada noche, a las 3:17 exactamente, una luz se encendía en la ventana del segundo piso.
Nadie se acercaba.
Una tarde, Lucía perdió su autobús y tuvo que caminar bajo la lluvia hasta su casa. El camino más corto pasaba frente a aquella casa.
Al llegar a la reja oxidada, escuchó algo.
—Mamá… ¿puedes abrirme?
Era la voz de un niño.
Lucía se quedó helada. Miró alrededor. No había nadie.
Solo la lluvia golpeando el suelo y aquella ventana iluminada.
Entonces volvió a escucharlo.
—Tengo frío…
La curiosidad pudo más que el miedo. Empujó la reja y caminó hacia la puerta principal. Estaba entreabierta.
Dentro olía a humedad y madera podrida.
Las paredes estaban cubiertas de fotografías antiguas… pero todas tenían los rostros rayados.
Subió lentamente las escaleras.
Cada escalón crujía como si alguien caminara detrás de ella.
Cuando llegó al segundo piso, vio una puerta al final del pasillo. La luz salía de debajo.
El niño comenzó a llorar.
—Por favor… ella viene…
Lucía abrió la puerta de golpe.
El cuarto estaba vacío.
Solo había una silla mecedora moviéndose sola y un viejo espejo frente a ella.
Entonces vio el reflejo.
Detrás de ella había una mujer muy alta, con el cuello torcido y los ojos completamente negros.
Lucía giró aterrada…
Pero no había nadie.
Volvió a mirar el espejo.
La mujer seguía ahí. Sonriendo.
Y el niño susurró:
—Ahora ella ya te vio.
A la mañana siguiente, la policía encontró la casa vacía.
Solo hallaron algo extraño en el espejo polvoriento:
una huella de mano fresca…
y otra más pequeña al lado.La casa llevaba abandonada más de veinte años.
Eso decían todos en el pueblo.
Pero cada noche, a las 3:17 exactamente, una luz se encendía en la ventana del segundo piso.
Nadie se acercaba.
Una tarde, Lucía perdió su autobús y tuvo que caminar bajo la lluvia hasta su casa. El camino más corto pasaba frente a aquella casa.
Al llegar a la reja oxidada, escuchó algo.
—Mamá… ¿puedes abrirme?
Era la voz de un niño.
Lucía se quedó helada. Miró alrededor. No había nadie.
Solo la lluvia golpeando el suelo y aquella ventana iluminada.
Entonces volvió a escucharlo.
—Tengo frío…
La curiosidad pudo más que el miedo. Empujó la reja y caminó hacia la puerta principal. Estaba entreabierta.
Dentro olía a humedad y madera podrida.
Las paredes estaban cubiertas de fotografías antiguas… pero todas tenían los rostros rayados.
Subió lentamente las escaleras.
Cada escalón crujía como si alguien caminara detrás de ella.
Cuando llegó al segundo piso, vio una puerta al final del pasillo. La luz salía de debajo.
El niño comenzó a llorar.
—Por favor… ella viene…
Lucía abrió la puerta de golpe.
El cuarto estaba vacío.
Solo había una silla mecedora moviéndose sola y un viejo espejo frente a ella.
Entonces vio el reflejo.
Detrás de ella había una mujer muy alta, con el cuello torcido y los ojos completamente negros.
Lucía giró aterrada…
Pero no había nadie.
Volvió a mirar el espejo.
La mujer seguía ahí. Sonriendo.
Y el niño susurró:
—Ahora ella ya te vio.
A la mañana siguiente, la policía encontró la casa vacía.
Solo hallaron algo extraño en el espejo polvoriento:
una huella de mano fresca…
y otra más pequeña al lado.