01/06/2026
Vi a mi abuelita en su propio funeral.
Esto pasó cuando yo tenía como 14 años y todavía me acuerdo perfectamente porque fue una de las cosas más raras que me han sucedido. Mi abuelita había estado enferma durante varios meses. Toda la familia ya sabía que tarde o temprano iba a pasar, pero uno nunca está realmente preparado para despedirse de alguien que vio toda la vida.
El velorio se hizo en su casa porque así lo había pedido ella. Llegó mucha gente del pueblo, familiares que yo ni conocía y vecinos que fueron a acompañarnos. Durante toda la noche yo me la pasé sentado viendo el ataúd. No porque tuviera miedo, sino porque me costaba creer que mi abuelita ya no estuviera ahí con nosotros platicando o haciendo de comer como siempre.
Al día siguiente nos fuimos al panteón. Era uno de esos panteones de pueblo que tienen árboles viejos enormes y muchas tumbas antiguas. Hacía calor, pero estaba nublado. Me acuerdo porque el aire movía las ramas y se escuchaban rechinar unas cruces metálicas viejas que estaban cerca.
Cuando llegamos, los hombres comenzaron a acomodar todo para bajar el féretro. Mi mamá y mis tías estaban llorando mucho. Yo me sentía raro, como distraído. No estaba poniendo atención a lo que decía el padre. Más bien me quedaba viendo alrededor del cementerio.
En un momento levanté la vista hacia una parte donde había un árbol enorme. Era de esos árboles viejos con el tronco muy ancho que ya llevan ahí quién sabe cuántos años. Ahí fue cuando la vi.
Al principio pensé que era otra señora del panteón. Estaba parada detrás del árbol, asomándose apenas. Pero conforme la observé sentí que se me heló todo el cuerpo. Era mi abuelita.
Traía el vestido floreado que le gustaba usar cuando iba al mercado. Tenía el mismo peinado de siempre y estaba viendo exactamente hacia donde nosotros estábamos reunidos. No se veía transparente ni como sombra. Yo la veía igual que veía a cualquier otra persona.
Me quedé paralizado. Quise decirle a alguien pero sentía que si volteaba a otro lado ella iba a desaparecer. Entonces seguí viéndola.
Justo en ese momento comenzaron a bajar el féretro a la tumba. Mi familia estaba llorando y todos tenían la vista puesta en el entierro. Yo era el único mirando hacia el árbol.
Mi abuelita tenía una expresión tranquila. No sonreía ni hacía señas. Solamente observaba. Cuando el ataúd terminó de bajar, ella inclinó un poco la cabeza como si estuviera viendo por última vez a todos los que habían ido.
Después dio un paso hacia atrás.
Y otro.
Hasta que el tronco del árbol la cubrió por completo.
Yo corrí hacia donde estaba porque pensé que quizá era una señora que se parecía muchísimo. Llegué en cuestión de segundos, pero ya no había nadie. Detrás del árbol no había tumbas recientes, ni caminos, ni personas pasando. Era imposible que alguien hubiera salido tan rápido sin que yo lo viera.
Nunca le conté a nadie durante muchos años porque pensé que me iban a decir que estaba confundido por la tristeza. Pero hasta la fecha recuerdo perfectamente la ropa que llevaba puesta y la forma en que estaba observando desde lejos.
A veces pienso que mi abuelita fue a despedirse de nosotros. O quizá quería asegurarse de que todos estuviéramos ahí acompañándola antes de irse definitivamente.