Pueblo Leyendas

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Escuché llorar a la Llorona y se llevó a mi abuelo.Yo nunca había escuchado ese famoso llanto del que hablaban mis abuel...
03/08/2026

Escuché llorar a la Llorona y se llevó a mi abuelo.

Yo nunca había escuchado ese famoso llanto del que hablaban mis abuelos. Siempre pensé que eran historias para espantar chamacos y que no anduviéramos de noche en la calle.

Esto pasó hace algunos años cuando todavía vivía con mis papás.

Esa noche me despertó un llanto de mujer. No era un grito ni un alarido como los que salen en las películas. Era un llanto muy triste, como de alguien que acababa de perder a un hijo.

Lo raro era que no podía saber de dónde venía.

Se escuchaba lejos, pero al mismo tiempo parecía que estaba pasando frente a la casa.

Me levanté pensando que alguna vecina necesitaba ayuda, pero antes de abrir la puerta mi mamá me detuvo.

—No salgas.

Le pregunté por qué.

Ella nomás me dijo:

—Cuando escuches ese llanto, nunca salgas a buscar de dónde viene.

Nos quedamos los dos en silencio.

El llanto se volvió a escuchar otras dos veces y luego ya no se oyó absolutamente nada.

Al día siguiente varios vecinos comenzaron a platicar exactamente de lo mismo. Todos habían escuchado a una mujer llorando esa madrugada, pero nadie sabía quién había sido.

Con los días el asunto se fue olvidando.

Como tres semanas después mi abuelo comenzó a sentirse muy mal de salud. Lo llevaron al hospital, pero ya no pudo recuperarse.

Después del novenario estábamos platicando entre la familia cuando una de mis tías preguntó:

—¿Se acuerdan del llanto que se escuchó hace unas semanas?

Todos nos quedamos callados.

Mi abuela fue la única que respondió.

—Yo desde esa noche sentí que venía anunciando algo.

Nadie dijo nada más.

A veces dicen que solamente viene a avisar que una familia está por despedirse de uno de los suyos.

Vi a mi papá dos veces en la misma reunión.Esto pasó hace varios años en una reunión familiar y hasta la fecha nadie de ...
03/08/2026

Vi a mi papá dos veces en la misma reunión.

Esto pasó hace varios años en una reunión familiar y hasta la fecha nadie de mi casa ha podido darme una explicación que me deje tranquila.

Era el cumpleaños de una tía y nos juntamos casi toda la familia en casa de mi abuela. Ya saben cómo son esas reuniones, unos haciendo carne asada, otros platicando en el patio, los niños corriendo por todos lados y las señoras en la cocina.

Mi papá era de esos hombres que no soportaban estar encerrados. Se la pasó casi toda la tarde afuera de la casa, junto al asador, echándose unas pláticas con mis tíos. Yo entraba y salía de la cocina llevando refrescos y tortillas, así que varias veces lo vi perfectamente.

Como a eso de las ocho de la noche entré por más servilletas. El pasillo que llevaba a los cuartos estaba medio oscuro porque solamente estaba prendido el foco del comedor.

Fue ahí donde vi a mi papá.

Iba caminando despacito rumbo al cuarto donde mi abuela guardaba las cobijas. Traía exactamente la misma camisa de cuadros azul que había usado toda la tarde, el mismo pantalón de mezclilla y hasta caminaba igual, con las manos atrás de la espalda.

Le dije:

—¿Qué andas buscando, papá?

No me contestó.

Pensé que no me había escuchado y seguí hacia la cocina.

Cuando regresé con las servilletas pasé por la ventana que daba al patio.

Mi papá seguía afuera.

Estaba exactamente donde lo había dejado, riéndose con mis tíos alrededor del asador.

Sentí bien raro porque acababa de verlo entrar.

Pensé que a lo mejor había salido por otra puerta, aunque realmente no le dio tiempo.

No dije nada.

Como unos quince minutos después fui al baño y otra vez vi a mi papá caminar por el mismo pasillo. Esta vez iba de espaldas.

Le dije:

—Papá...

Otra vez no respondió.

Aceleré el paso para alcanzarlo, pero en cuanto dobló hacia el cuarto de mi abuela ya no había nadie.

La puerta estaba abierta.

Entré pensando que me estaba jugando una broma.

No había absolutamente nadie.

Salí de inmediato y fui directo al patio.

Mi papá seguía platicando con mis tíos. Ni siquiera se había movido del asador porque estaba preparando otra tanda de carne.

Ya me empecé a sentir nerviosa.

Le pregunté:

—¿Hace rato entraste a la casa?

Me dijo:

—No, ¿a qué?

Hasta mis tíos se rieron porque llevaban rato diciendo que no lo dejaban despegarse del carbón para que no se quemara la carne.

Yo ya no comenté nada.

Cuando estábamos cenando le conté a mi mamá lo que me había pasado.

Me preguntó dos veces si estaba segura de que era mi papá.

Le dije que sí.

Que si hubiera sido otra persona no me habría llamado la atención, pero era él. Lo vi dos veces. Tan claro que hasta distinguí la camisa que traía puesta.

La Santa me ayudó a sacar adelante a mis hijos.Yo jamás pensé que iba a terminar siendo devota de la Santa. De hecho, cr...
31/07/2026

La Santa me ayudó a sacar adelante a mis hijos.

Yo jamás pensé que iba a terminar siendo devota de la Santa. De hecho, crecí escuchando que era algo malo y que ni siquiera había que mirarla cuando la vendían en los mercados.

Toda mi vida fui ama de casa. Mi marido era el que trabajaba y yo me encargaba de nuestros tres hijos. No éramos ricos, pero tampoco nos faltaba un plato de comida en la mesa.

Las cosas cambiaron de un día para otro.

Mi marido me dijo que ya no quería estar con nosotros. Agarró algunas de sus cosas y se fue de la casa. Así nomás. No me dejó ni siquiera tiempo para procesar lo que estaba pasando.

Yo me quedé con tres hijos, una deuda del refrigerador que todavía debía y apenas unos cuantos cientos de pesos para terminar la semana. Hubo noches en las que me encerraba en el baño para llorar porque no quería que mis hijos me vieran preocupada.

Una vecina que toda la vida ha sido devota de la Santa Muerte me comenzó a visitar durante esos días. Nunca me insistió en nada. Solamente me escuchaba mientras yo lloraba y le contaba que ya no sabía cómo iba a sacar adelante a mis hijos.

Un día me regaló una pequeña imagen de la Santa vestida de blanco. Me dijo:

—No le tengas miedo. Platícale como si fuera una amiga. Si ella quiere ayudarte, lo va a hacer.

Yo me la llevé a mi casa más por educación que por otra cosa. La puse en un rinconcito con un vaso de agua porque así me dijo mi vecina que lo hiciera.

Esa noche me senté sola en mi cocina cuando mis hijos ya estaban dormidos y me puse a hablarle. No hice ningún ritual ni nada extraño. Solamente me desahogué.

Le dije que no le estaba pidiendo dinero ni riquezas. Nomás quería que nunca les faltara un plato de comida a mis hijos y que me ayudara a encontrar la manera de sacarlos adelante.

A la semana me habló una vecina para preguntarme si seguía haciendo las gelatinas que llevaba a los convivios de la escuela. Me pidió cincuenta para un evento.

Yo ni siquiera había pensado en venderlas.

Luego me pidieron otras treinta. Después me encargaron postres para un cumpleaños y cuando me di cuenta ya estaba vendiendo comida desde mi casa.

No me hice millonaria ni nada parecido, pero por primera vez en meses pude ir al mercado sin estar contando las monedas para comprar un kilo de tortillas.

Poco a poco las cosas fueron mejorando. Mis hijos crecieron, terminaron la escuela y jamás nos faltó lo indispensable.

Han pasado más de diez años desde entonces y aquella pequeña imagen sigue estando en el mismo lugar de mi cocina. Yo le sigo poniendo su vaso con agua y le doy las gracias cada vez que puedo.

Muchas personas me preguntan si la Santa me cumplió un milagro.

Yo les respondo que no me cayó un costal de dinero del cielo ni regresó mi marido arrepentido.

Lo que sí hizo fue darme la fortaleza para levantarme todas las mañanas y seguir trabajando por mis hijos cuando yo ya me había dado por vencida.

Y eso, para una madre abandonada con tres hijos pequeños, vale más que cualquier otra cosa que pudiera haber pedido.

Mi hijo se trajo un juguete del restaurante.Esto pasó cuando mi hijo tenía como tres años. Era la típica edad en la que ...
31/07/2026

Mi hijo se trajo un juguete del restaurante.
Esto pasó cuando mi hijo tenía como tres años. Era la típica edad en la que quieren llevarse cualquier juguete que ven tirado por ahí. Si por ellos fuera, hasta las piedras bonitas del parque se llevarían a la casa.

Fuimos a comer a un restaurante familiar que tenía un área de juegos para niños. Como era entre semana, prácticamente no había nadie. Mi hijo estaba feliz jugando solo y en un rincón encontró una muñequita de plástico. No era de terror ni nada raro, era una muñeca normal, hasta se veía relativamente nueva.

Me preguntó si se la podía llevar porque nadie la estaba buscando. Yo me esperé un ratito para ver si aparecía algún niño preguntando por ella, pero como no había nadie, le dije que sí. La verdad me dio ternura porque la abrazó como si fuera el mejor regalo del mundo.

Los primeros dos días todo estuvo normal. El problema comenzó como una semana después.

Mi hijo empezó a despertarse llorando todas las madrugadas. Me decía que una niña estaba triste y que no quería jugar sola. También comenzó a enfermarse seguido. Le daban calenturas que iban y venían y tenía unas ojeritas que nunca había tenido.

Yo pensé que simplemente se había enfermado de algún virus de la guardería, pero por más que mejoraba de una cosa, comenzaba con otra. Hasta dejó de querer jugar con los juguetes que más le gustaban y solamente quería estar acostado conmigo.

Lo más extraño era que no soltaba la muñequita. Dormía con ella, la cargaba por toda la casa y se ponía a llorar si se la quitábamos.

Mi mamá me sugirió llevarlo con una señora que hacía limpias en el pueblo. Yo no soy de creer todo lo que me dicen, pero cuando se trata de los hijos uno hace hasta lo que nunca pensó hacer.

La señora ni siquiera nos dejó terminar de contarle la historia del juguete.

—¿La muñeca era encontrada? —me preguntó.

Cuando le dije que sí, me explicó algo que jamás había escuchado.

Nos dijo que muchas personas utilizan juguetes, peluches y objetos personales cuando quieren deshacerse de malas energías o de enfermedades espirituales. No necesariamente por hacerle daño a alguien. Algunas personas simplemente dejan el objeto lejos de su casa esperando que aquello que cargaba se quede ahí.

—No fue que alguien quisiera hacerle algo a su hijo —me dijo—. Nomás les tocó la mala suerte de recoger algo que alguien más dejó precisamente para no llevárselo a su casa.

La verdad no sé qué creer hasta la fecha. Lo único que sí sé es que mi hijo cambió muchísimo desde que se trajo aquella muñeca.

Después de varias limpias y de seguir las recomendaciones de la señora, mi hijo comenzó a mejorar bastante. Las calenturas desaparecieron y volvió a ser el niño alegre de siempre.

Lo único que faltaba era deshacernos de aquello que, según ella, se había quedado pegado.

Me explicó que ya no estaba en la muñeca porque nosotros la habíamos tirado hacía tiempo. Que ahora estaba en un pequeño peluche que mi hijo había comenzado a cargar para todos lados después de enfermarse.

No saben cómo me dolió porque era uno de sus favoritos.

Al final me convencieron de que era lo mejor. Yo no tuve corazón para hacerlo, así que le pedí a mi cuñado que se lo llevara muy lejos y lo dejara donde nadie pudiera relacionarlo con nosotros.

Me acuerdo que me sentí terrible ese día.

Lo curioso es que mi hijo dejó de tener pesadillas prácticamente desde esa semana. La enfermedad ya se le había quitado desde antes, pero seguía despertándose llorando algunas noches.

Hasta la fecha me arrepiento de haberle permitido llevarse un juguete que no era suyo. Tal vez todo tenga una explicación perfectamente normal, pero desde entonces tengo una regla con mis hijos y mis nietos.

Por más bonito que esté un juguete tirado en la calle, en un parque o en un restaurante, ahí se queda.

Un viejito nos viene a pedir café afuera del IMSS.Mi hija estuvo varias semanas internada en el Hospital General del IMS...
30/07/2026

Un viejito nos viene a pedir café afuera del IMSS.
Mi hija estuvo varias semanas internada en el Hospital General del IMSS cuando era apenas una bebé. Han pasado varios años y todavía me acuerdo perfectamente de esos días porque han sido los más difíciles de mi vida.

Los que han tenido un hijo internado saben que uno deja de ser persona por un rato. No sabes si tienes hambre, si dormiste o qué día es. Tu mente nomás está pensando en que te digan que tu hijo está mejor.

Yo llevaba como día y medio prácticamente sin comer. Entre estudios, médicos y la preocupación, ni siquiera me había dado cuenta de que no había probado bocado. Una madrugada me salí un rato a tomar aire porque ya me estaba sintiendo muy mal.

Fue ahí donde me llevé una sorpresa que nunca se me va a olvidar.

Afuera del hospital había varias personas regalando comida y café a los familiares de los pacientes. Yo pensé que la estaban vendiendo porque traían mesas, ollas y todo bien acomodado. Me acerqué para preguntar cuánto costaba un plato de comida y una señora me respondió:

—Aquí no vendemos nada, mija. Siéntate y come.

No saben cómo me puse a llorar ahí mismo. Ese plato de comida me supo mejor que cualquier cosa que haya comido en mi vida.

Durante las semanas que mi hija estuvo internada hubo muchísimas noches en las que esas personas me ayudaron a salir adelante.

Gracias a Dios mi hija salió bien del hospital y yo me hice una promesa. Algún día iba a regresar para hacer exactamente lo mismo que hicieron por mí.

Y eso hice.

De vez en cuando me junto con otras personas y llevamos café, pan y algo de comer para los familiares que están esperando noticias de sus seres queridos.

Hace algunos años comenzamos a notar algo raro.

Había un señor ya grande que llegaba siempre de madrugada. Nunca decía una sola palabra. Nomás se acercaba despacito, agarraba un vasito de café y se iba.

Varias veces intenté hacerle plática.

—¿Cómo está, señor?

—¿Ya cenó?

—¿Quiere llevarse un panecito?

Pero jamás nos respondió absolutamente nada.

A veces llegaba entre toda la gente para pasar desapercibido y otras ocasiones se quedaba parado un rato viendo hacia la entrada de urgencias y luego se iba y se perdía de vista.

La verdad nunca lo juzgamos. Uno aprende que afuera de un hospital todos cargamos cosas muy pesadas y no sabemos qué está viviendo la otra persona.

Una madrugada coincidimos con el grupo de señoras que me había dado de comer cuando mi hija estuvo internada años atrás. Ya nos habíamos quedado poquitas personas cuando el señor volvió a acercarse, agarró su cafecito y se fue caminando como siempre.

Una de las señoras se me quedó viendo con los ojos bien abiertos.

—¿Ustedes todavía traen café!!? —me preguntó como asustada.

Le dije que sí, pero no entendía su reacción, pensaba que estaba exagerando.

—Por eso volvió a venir.

Yo no le entendí nada.

Esperó unos veinte minutos para asegurarse de que el señor ya no estuviera cerca y entonces nos contó.

Resulta que hacía muchos años ese viejito había llegado al hospital con su esposa ya muy delicada de salud. La ingresaron de madrugada y él pasó toda la noche sentado afuera esperando noticias.

Según cuentan varias enfermeras que todavía trabajan ahí, durante toda la madrugada el señor se quedó esperando a que le dijeran que ya podía verla.

Pero lo triste era que esposa ya se había "ido" desde casi que cuando la ingresaron.

El viejito nunca aceptó lo que pasó y comenzó a regresar al hospital todos los días. Se sentaba en el suelo recargado y esperaba que alguien le dijera como estaba su esposa.

Hasta que una madrugada como era enero hacía mucho frío y se quedó dormido afuera del área de urgencias así al aire libre. Y ahí el también partió de este mundo.

Las señoras me contaron que durante años le estuvieron dando café pensando que era una persona en situación difícil hasta que varias enfermeras les dijeron quién era y le contaron esta misma historia a viva voz de quienes recibieron a su esposa.

Y Por esta razón ellas habían dejado de llevar café por las madrugadas, pero pues yo no lo sabía.

Yo me quedé con un n**o en la garganta escuchando la historia.
La verdad a mí no me da miedo. Me da muchísima tristeza pensar que alguien haya pasado por algo así.

Así que hasta la fecha sigo llevando café cuando me toca ir al hospital. Y si el viejito se aparece para llevarse un vasito caliente, yo espero que donde quiera que esté pueda sentir un poquito del calor y de la bondad que otras personas tuvieron conmigo cuando más lo necesité.

Al final de cuentas, todos los que hemos estado afuera de un hospital sabemos que un café caliente y un acto de cariño pueden significar muchísimo más de lo que uno imagina.

Mi abuelo encontraba agua con una vara.Mi abuelo nunca estudió ni terminó la primaria, pero había cosas que sabía hacer ...
30/07/2026

Mi abuelo encontraba agua con una vara.
Mi abuelo nunca estudió ni terminó la primaria, pero había cosas que sabía hacer mejor que cualquier ingeniero que yo haya conocido. Una de ellas era encontrar dónde había agua debajo de la tierra.

Acá en el pueblo, antes no era como ahorita que llegan las máquinas y hacen estudios del terreno. Cuando alguien quería hacer un pozo, mandaban llamar a mi abuelo.

Yo de chamaco pensaba que me estaban tomando el pelo cuando me decían eso. ¿Cómo iba a saber alguien dónde había agua si ni siquiera se veía? Pero conforme fui creciendo me di cuenta de que era algo que muchísima gente le reconocía.

Mi abuelo utilizaba una vara en forma de "Y" que cortaba del monte el mismo día que iba a buscar el agua. Siempre decía que no cualquier palo servía. La agarraba con las dos manos y comenzaba a caminar despacito por el terreno.

A veces tardaba diez minutos y otras hasta una hora. Nadie podía estar haciéndole preguntas porque decía que tenía que concentrarse.

Lo curioso era que cuando pasaba por ciertos lugares la vara comenzaba a moverse sola hacia abajo. Yo sé que muchos no me van a creer, pero yo lo vi muchísimas veces. Mi abuelo hasta hacía fuerza con las manos para sostenerla y aun así la punta se doblaba apuntando al suelo.

Entonces agarraba una piedra y la ponía en ese lugar.

—Aquí hay agua —decía bien seguro.

Pero no terminaba ahí. También les decía aproximadamente a qué profundidad tenían que cavar. Les decía si era poca o mucha agua y si el pozo les iba a durar durante las temporadas de calor.

Lo más impresionante es que prácticamente nunca se equivocaba.

Mi abuelo llegó a encontrar agua para medio pueblo. Todavía hay personas mayores que cuando me reconocen me dicen:

—Tu abuelo fue el que nos encontró el agua de nuestra casa.

Y sí es cierto, porque esos pozos siguen funcionando hasta la fecha.

Muchas veces le pregunté cómo le hacía y nunca me quiso explicar bien. Nomás me decía:

—La tierra habla, nomás hay que aprender a escucharla.

Varias personas intentaron enseñarse con él, incluso algunos de sus hijos, pero ninguno pudo hacerlo. Mi papá me contó que una vez le prestó la vara a un vecino para demostrar que cualquiera podía hacerlo y la vara jamás se movió.

Mi abuelo decía que era un don que no se podía enseñar, que uno nacía con eso o no nacía con eso.

Cuando falleció mucha gente fue a despedirse de él. Había personas que llegaron de otros pueblos únicamente porque mi abuelo les había encontrado agua hacía más de treinta años.

Hoy en día todavía me sorprende pensar que un señor campesino, con una simple vara cortada del monte, podía hacer algo que parecía imposible.

No sé si sea ciencia, experiencia o un don que algunas personas tienen. Lo único que sé es que gracias a mi abuelo, muchas familias pudieron tener agua en sus casas cuando más la necesitaban.

Mi sobrina amarró a su novio y las cosas se le salieron de las manos.Esto pasó en mi familia hace algunos años y hasta l...
29/07/2026

Mi sobrina amarró a su novio y las cosas se le salieron de las manos.
Esto pasó en mi familia hace algunos años y hasta la fecha casi nadie quiere hablar del tema. Mi sobrina era una muchacha muy enamorada, de esas que sienten que ya encontraron al amor de su vida desde los veinte años.

El muchacho era buena persona, trabajador y sí la quería, pero no estaba tan convencido de casarse todavía. Se habían separado un par de veces porque él quería darse un tiempo y ella nomás no aceptaba que las cosas no siempre salen como uno quiere.

Una amiga la llevó con una señora que supuestamente ayudaba a las muchachas para que sus parejas no las dejaran. Yo me enteré mucho tiempo después de todo esto porque mi sobrina jamás nos contó nada mientras estaba pasando.

La señora le aseguró que el muchacho jamás se volvería a ir de su lado. Le pidió algunas cosas personales de él y le hizo hacer varias cosas que prefiero ni mencionar. Lo único que sé es que mi sobrina estaba desesperada y dispuesta a hacer lo que fuera.

Al poco tiempo el muchacho cambió muchísimo. Se volvió demasiado dependiente de ella. Ya no quería salir con su familia, dejó varios de sus pasatiempos y hasta renunció a un trabajo que le gustaba porque no quería estar lejos de mi sobrina.

Todos comenzaron a decirle que eso ya no era amor normal. Incluso ella llegó a decirnos varias veces que se sentía incómoda porque el muchacho prácticamente no podía estar separado de ella ni unas cuantas horas.

Lo que empezó siendo algo que ella había deseado terminó por preocuparla.

Con el paso de los meses él comenzó a verse muy cansado. Bajó bastante de peso y se enfermaba seguido. Los médicos nunca encontraban algo realmente grave, pero sí notaban que cada vez estaba más desgastado.

Mi sobrina regresó con aquella señora para preguntarle qué estaba pasando y la respuesta que recibió fue algo que la dejó llorando durante días.

—Hay cosas que no se deben forzar más de lo que están destinadas a ser.

Poco tiempo después ocurrió lo peor que nos pudo haber pasado como familia. El muchacho ya no está con nosotros.

Mi sobrina jamás volvió a ser la misma persona. Hasta el día de hoy vive con una culpa enorme y asegura que, si pudiera regresar el tiempo, jamás habría intentado intervenir en el destino de otra persona.

Años después me confesó que ella nunca quiso hacerle daño. Lo único que quería era que no la abandonara.

Un pájaro enorme me voló la ropa.Esto me pasó hace como unos cuatro años y hasta la fecha mi familia me hace burla dicié...
29/07/2026

Un pájaro enorme me voló la ropa.
Esto me pasó hace como unos cuatro años y hasta la fecha mi familia me hace burla diciéndome que vi un dinosaurio. Yo nomás les digo que me expliquen entonces qué fue lo que me pasó esa noche.

Yo vivo en un pueblo y mi patio da prácticamente al monte. Acá es muy normal escuchar lechuzas, tecolotes y todo tipo de animales en las noches. Uno ya sabe distinguir los sonidos y hasta cuándo un perro le está ladrando a un gato o a un tlacuache.

Esa noche me había quedado hasta tarde porque andaba lavando ropa. Tendí unas cobijas, unos pantalones de mi marido y varias prendas de mis hijos. Eran como las 11 y media de la noche cuando salí por un vaso de agua y escuché que los perros del vecino comenzaron a ladrar desesperados.

Pensé que había un ladrón o un animal metido entre los árboles.

Lo primero que me sacó de onda fue el silencio. De repente dejaron de escucharse los grillos. Todo se quedó bien callado.

En eso escuché un aleteo. Pero no un aleteo de pájaro normal. Era un sonido pesado, como cuando uno sacude una cobija grande en el aire, pero muchisimo mas fuerte imaginatelo.

Yo volteé para arriba pensando que sería alguna ave grande y fue cuando lo vi pasar encima de mi patio.

No les sabría explicar qué era porque solamente vi la silueta contra la luz de la luna. Pero sí les puedo decir que era enorme. Las alas eran larguísimas y se veía como si no tuviera plumas en ellas. Era más bien como una sombra oscura.

Sentí un aironazo tan fuerte que me aventó una cubeta que tenía junto a la lavadora y me voló prácticamente toda la ropa que acababa de tender. Las cobijas terminaron hasta el otro lado del patio.

Yo me agaché del puro susto porque pensé que algo me iba a caer encima.

El animal dio como una vuelta sobre mi casa y se fue rumbo al cerro. Ahí fue cuando pude escuchar el ruido de sus alas otra vez. No era un chillido ni un canto de ave, era puro sonido del aire moviéndose.

Mi marido salió porque me escuchó gritar y alcanzó a ver cómo algo enorme iba alejándose por arriba de los árboles.

Duró segundos, pero estoy segura de lo que vi.

Al día siguiente fuimos a recoger toda la ropa que salió volando.
Tiempo después vi en internet que hay muchas personas en México que aseguran haber visto una especie de pájaro gigantesco con alas enormes. Algunos le dicen el pterodáctilo, otros dicen que es una bruja o simplemente algún animal que no conocemos.
Yo no me atrevo a decir qué era, pero era muy enorme para ser algo volando.

Algo se vino conmigo cuando me mudé de casa.Desde que tengo memoria me han dicho lo mismo. Que traigo algo conmigo. No u...
29/07/2026

Algo se vino conmigo cuando me mudé de casa.
Desde que tengo memoria me han dicho lo mismo. Que traigo algo conmigo. No una enfermedad ni nada de eso, sino algo que varias personas que se dedican a hacer limpias o que dicen sentir esas cosas aseguran que me acompaña desde que era niña.

Yo la verdad nunca he sido muy creyente. Soy de las que piensan que muchas cosas tienen explicación y que no hay que asustarse por cualquier cosa. Pero cuando la misma historia te la cuentan personas que ni siquiera se conocen entre ellas, uno ya se queda pensando.

La primera vez me lo dijeron cuando tenía como dieciséis años. Mi mamá me llevó con una señora porque yo me enfermaba mucho y me daban pesadillas bastante seguido. La señora ni siquiera me preguntó mi nombre cuando me dijo:

—Esta niña no viene sola.

Mi mamá se asustó muchísimo y mejor ya no volvimos con ella.

Pasaron los años y me fui a vivir sola. Pensé que, si realmente había algo en la casa de mi infancia, al mudarme se iba a quedar allá. Pero fue todo lo contrario.

En cada casa donde he vivido me han pasado cosas raras. No cosas de película ni que se me aparezcan personas completas. Más bien siento que siempre hay alguien parado detrás de mí cuando estoy sola. También me pasa mucho que me despierto justo antes de las tres de la mañana y siento como si hubiera alguien en el cuarto observándome.

Mis mascotas tampoco duran mucho tiempo queriendo dormir en mi habitación. Los perros se quedan viendo una esquina específica y luego se salen. Mi esposo ya hasta se acostumbró a verme prender la luz en la madrugada para ver si escuché algo.

Lo más curioso es que ya me lo han dicho cuatro personas distintas durante mi vida. Una señora que hacía limpias, un curandero de un pueblo, una amiga de mi mamá que supuestamente ve cosas y hasta un señor que conocí por casualidad en un mercado de artesanías.

Todos me dijeron prácticamente lo mismo:

—Tú no estás sola.

Ninguno me ha dicho que sea algo malo ni que quiera hacerme daño. Solamente que me acompaña.

Con el tiempo me puse a preguntarle cosas a mi familia y me enteré de unos rumores bastante feos sobre mi abuelo materno.

Mi abuelo fue un hombre que hizo muchísimo dinero en muy poco tiempo. Pasó de no tener prácticamente nada a vivir bastante bien. Lo extraño fue que, en cuanto consiguió todo eso, se alejó completamente de la familia. Mi mamá siempre decía que se convirtió en otra persona.

Los viejitos del pueblo cuentan muchas cosas de él. Algunos dicen que hizo pactos, otros que hizo ofrendas y otros que llegó a entregar algo muy importante para obtener todo lo que consiguió. Obviamente yo no puedo asegurar que nada de eso sea cierto porque son solamente rumores familiares que han pasado de generación en generación.

Lo que sí es cierto es que jamás volvió a ser cercano con ninguno de nosotros.
A estas alturas ya no le tengo miedo. Rezo todas las noches, procuro vivir tranquila y jamás me ha hecho daño.

La Virgen que me regalaron estaba trabajada.Esto me da mucha pena contarlo porque sé que mucha gente se puede ofender, p...
28/07/2026

La Virgen que me regalaron estaba trabajada.
Esto me da mucha pena contarlo porque sé que mucha gente se puede ofender, pero no estoy hablando de la Virgencita de Guadalupe como tal. Yo sigo siendo muy creyente de ella y le tengo muchísimo respeto. Lo que estaba mal era la figura que me regalaron.

Cuando nació mi hija yo me volví la típica mamá que vive preocupada por todo. Le rezaba todas las noches para que estuviera bien, le pedía que la protegiera cuando se enfermaba y hasta le daba las gracias cuando le iba bien en la escuela.

Una vecina muy cercana a la familia me regaló una figura hermosa de la Virgen de Guadalupe. Era grande, bien detallada y me dijo que me la regalaba precisamente para que cuidara a mi niña. Yo me puse bien contenta y la coloqué en un pequeño altar que tenía en mi casa.

Todas las noches le prendía su veladora y me encomendaba a ella. Mi hija hasta le daba besitos antes de irse a dormir.

Lo extraño comenzó unos meses después.

Mi niña se empezó a enfermar muchísimo. Entraba y salía del médico. Bajó mucho de peso, casi no tenía ganas de jugar y había noches enteras en las que yo me quedaba despierta viéndola respirar porque algo dentro de mí me decía que no estaba bien.

Hubo una ocasión en la que los doctores nos dijeron que había que estar muy pendientes porque la situación era delicada. Yo sentía que el mundo se me venía encima.

Mientras más miedo tenía por mi hija, más le rezaba a la Virgen para pedirle protección. Hasta le cambiaba las flores del altar y jamás dejaba que se quedara sin veladora.

Una tarde vino una comadre a visitarme. Ella me conoce desde hace muchos años y en cuanto entró a mi casa se quedó viendo la figura.

Me preguntó quién me la había regalado y desde cuándo la tenía.

No me quiso decir nada en ese momento, pero me pidió que le permitiera llevarla con una señora mayor que sabía de esas cosas.

Yo pensé que estaba exagerando, pero ya estaba tan desesperada por mi hija que acepté.

A los pocos días regresó y me dijo algo que me sacó mucho de onda.

—La Virgencita no tiene la culpa, mija. El problema es lo que le hicieron a la figura antes de llegar a tus manos.

Me explicó que algunas personas utilizan imágenes religiosas para hacer trabajos precisamente porque nadie sospecha de ellas. Me dijo que esa figura estaba trabajada para separar a una madre de su hija de la peor manera posible.

Hasta la fecha me cuesta trabajo escribirlo.

Lo que más me impresionó fue cuando me dijo:

—Tú le estabas pidiendo protección todos los días. Por eso mismo la intención de ese trabajo se estaba alimentando de tus propias oraciones.

Mi comadre me ayudó a limpiar mi casa y a deshacer todo aquello. Lo primero que hicimos fue sacar la figura del altar.

Gracias a Dios, poco a poco mi hija comenzó a mejorar. Volvió a jugar, a comer bien y recuperó la alegría que siempre había tenido.

Yo me sentía muy mal porque no quería deshacerme de la imagen. Al final seguía siendo la representación de la Virgencita de Guadalupe.

Un sacerdote nos explicó que una imagen religiosa puede volver a bendecirse y consagrarse. Así que llevamos la figura a la iglesia y pedimos que fuera bendecida nuevamente.

Actualmente sigue en mi casa, pero ahora la veo con otros ojos. Para mí fue una enseñanza de que las malas intenciones pueden esconderse hasta detrás de las cosas más bonitas.

Mi hija hoy está perfectamente bien, gracias a Dios.

Y si algo aprendí de todo esto es que una madre puede equivocarse muchas veces, pero jamás se equivoca cuando siente que algo no está bien con sus hijos.

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