El Nahual Podcast

El Nahual Podcast El Nahual Podcast nace en 2007 como programa de radio y hoy evoluciona a plataformas digitales como Facebook, YouTube y Spotify.

Su misión es rescatar, fomentar y difundir mitos, leyendas y relatos de La Montaña de Guerrero.

El TsakiEn El Nahual Podcast recibimos relatos de todos los rincones de la Montaña de Guerrero. Muchos hablan de nahuale...
10/08/2026

El Tsaki
En El Nahual Podcast recibimos relatos de todos los rincones de la Montaña de Guerrero. Muchos hablan de nahuales, de la Llorona, de las Tiendas Encantadas y del Señor del Monte.
Pero existe un ser del que muy pocas personas se atreven a hablar.
Un ser cuya historia ha pasado de generación en generación en comunidades del municipio de Malinaltepec, Guerrero.
Los ancianos dicen que no es un nahual.
Porque el nahual es una persona que puede convertirse en animal.
El Tsaki es exactamente lo contrario.
Es un ser que puede convertirse en cualquier persona que tú conozcas.
Puede tomar el rostro de tu padre...
De tu madre...
De tu esposa...
De tu hermano...
De tu mejor amigo.
Imita su voz.
Su forma de caminar.
Su ropa.
Su estatura.
Todo.
Todo... excepto sus manos y sus pies.
Dicen que sus dedos conservan unas extrañas membranas, parecidas a las de un sapo o un pato.
Y quien alcanza a verlas...
Debe huir.
Porque ya no está frente a un ser humano.
El siguiente relato fue enviado a El Nahual Podcast por un seguidor llamado Carlos, quien nos contó que esta historia se la narró su suegro cuando él apenas era un niño.
Según él, ocurrió hace muchos años, en la comunidad de Lomas del Faisán, municipio de Malinaltepec, Guerrero.
Mi suegro siempre decía que había cosas que no podían explicarse.
Y que, aunque hoy muchos ya no crean en ellas...
En la Montaña todavía existen personas que prefieren no salir solas cuando cae la noche.
Todo ocurrió hace muchos años.
En una humilde casa de adobe donde vivía una familia.
El padre.
La madre.
Un niño de diez años.
Y un bebé que apenas comenzaba a caminar.
En aquellos tiempos era común que los hombres viajaran durante varios días para comprar mercancía.
El padre de familia había salido rumbo a la tradicional feria de Iguala, en la Costa Chica de Guerrero.
El viaje era largo.
Había que caminar durante varios días.
Antes de irse les dijo a su esposa y a sus hijos:
—No me esperen pronto.
Regresaré después de la feria.
Los días pasaron con normalidad.
Hasta la tercera noche.
Cuando alguien llamó a la puerta.
La madre abrió.
Y sonrió.
Era su esposo.
O al menos...
Eso parecía.
Entró a la casa.
Traía la misma ropa.
El mismo sombrero.
La misma voz.
El mismo morral.
Todo era exactamente igual.
La mujer creyó que había regresado antes de tiempo.
Pero el hijo mayor...
No dejó de mirarlo.
Había algo que no estaba bien.
Mientras el hombre platicaba con su madre...
El niño observó sus manos.
Y sintió que el cuerpo se le helaba.
Entre los dedos había una delgada membrana.
Como la de un animal.
Se acercó despacio a su madre y le susurró al oído.
—Mamá...
Ese no es mi papá.
La mujer sonrió.
—Claro que sí.
Ya regresó de la feria.
Pero el niño insistía.
—No...
No es él.
Ella no le creyó.
Esa noche...
El niño decidió no dormir dentro de la casa.
Subió en silencio hasta la troja, donde guardaban el maíz.
Desde allí podía ver el techo de la vivienda.
Y esperó.
Las horas pasaron lentamente.
Hasta que comenzó a escuchar los gritos.
Primero...
El de su madre.
Después...
Un silencio aterrador.
El niño quiso bajar.
Pero el miedo paralizó su cuerpo.
Solo escuchaba algo masticando.
Como si un animal enorme estuviera despedazando carne.
Lloró toda la noche.
Sin hacer un solo ruido.
Al amanecer...
La puerta volvió a abrirse.
Quien salió de la casa...
Era su madre.
O eso parecía.
La misma ropa.
La misma voz.
El mismo rostro.
Pero cuando levantó una cubeta...
El niño volvió a ver aquellas manos.
Con membranas entre los dedos.
Entonces comprendió la verdad.
El Tsaki había devorado a su madre.
Y ahora había tomado su apariencia.
El niño permaneció escondido durante dos días.
Alimentándose apenas con algunas mazorcas que había en la troja.
Esperando.
Esperando a que su verdadero padre regresara.
Hasta que finalmente...
Lo vio aparecer por el camino.
Corrió desesperado.
Y antes de que llegara a la casa le contó absolutamente todo.
El hombre no dijo una sola palabra.
Solo abrazó a su hijo.
Y le respondió.
—Haz exactamente lo que te voy a decir.
Llévate a tu hermanito a la troja.
No salgan por ningún motivo.
Yo me encargaré de lo demás.
El niño obedeció.
Mientras tanto...
El Tsaki, convertido en la esposa del hombre, salió a recibirlo.
Lo abrazó.
Lo besó.
Y sonrió.
Como si nada hubiera ocurrido.
—¿Dónde está el muchacho? —preguntó el padre.
—Se fue con su abuelo.
Respondió el Tsaki sin dudar.
El hombre fingió creerle.
Incluso cenó junto a él.
Platicó.
Rió.
Y esperó pacientemente a que llegara la noche.
Antes de acostarse dijo:
—Mujer...
En el camino maté un venado.
Mañana temprano lo vamos a pelar.
Pon una olla grande con agua.
Hay que dejarla hirviendo.
El Tsaki obedeció.
Encendió el fogón.
Y dejó la enorme olla sobre el fuego.
Después se acostaron.
Esperaron.
En completo silencio.
Hasta que el Tsaki creyó que el hombre dormía.
Pero el padre permanecía despierto.
Esperando el momento exacto.
Con mucho cuidado tomó al bebé.
Lo llevó hasta la troja.
Lo dejó junto a su hermano.
Regresó.
Atrancó la puerta con un grueso tronco.
Y levantó la enorme olla.
El agua estaba hirviendo.
Sin pensarlo...
La vació completamente sobre el cuerpo del Tsaki.
El grito fue tan terrible...
Que, según cuentan los ancianos...
Se escuchó en todos los barrancos.
El Tsaki comenzó a retorcerse.
Y mientras su piel se quemaba...
Su cuerpo empezó a cambiar.
Primero volvió a tomar el rostro del verdadero padre.
Después...
El de la madre.
Luego aparecieron los rostros de otras personas.
Hombres.
Mujeres.
Ancianos.
Niños.
Como si todas aquellas personas hubieran sido devoradas mucho tiempo atrás.
Cada transformación iba acompañada de un grito diferente.
De un llanto distinto.
Como si todas las voces salieran al mismo tiempo.
El hombre no dejó de golpearlo.
Una y otra vez.
Con un grueso leño.
El Tsaki intentó levantarse.
Su fuerza era descomunal.
Con un solo golpe destrozó parte de la puerta.
Volvió a cambiar de apariencia.
Ahora parecía un anciano.
Luego un joven.
Después una mujer desconocida.
Los rostros aparecían y desaparecían sin detenerse.
Hasta que finalmente...
Con un rugido espantoso...
Logró romper la puerta de madera.
Y escapó corriendo hacia la oscuridad de los barrancos.
Nunca volvió a verse por aquella casa.
Pero jamás encontraron el cuerpo de la verdadera madre.
Mi suegro siempre terminaba esta historia diciendo que el Tsaki no murió aquella noche.
Solo huyó.
Porque desde entonces comenzaron a escucharse otros relatos.
Personas que aseguraban haber visto regresar a familiares que en realidad se encontraban trabajando lejos.
Mujeres que decían haber hablado con sus esposos mientras estos aún seguían en el campo.
Niños que juraban haber visto a sus madres llamándolos desde el monte.
Y todos...
Todos tenían algo en común.
Las manos.
Y los pies.
Con aquellas extrañas membranas que jamás lograba ocultar.
Los ancianos de Malinaltepec todavía aconsejan una cosa.
Si algún día regresa alguien cuando sabes perfectamente que está lejos...
No mires primero su rostro.
Mírale las manos.
Porque si entre sus dedos ves una delgada membrana...
No le abras la puerta.
No respondas cuando te llame por tu nombre.
Y mucho menos...
Lo dejes entrar a tu casa.
Porque quizá...
No sea la persona que amas.
Quizá sea el Tsaki... esperando su siguiente familia.
En El Nahual Podcast agradecemos profundamente a todas las personas que nos comparten sus relatos y las historias que han pasado de generación en generación. Gracias por mantener viva la tradición oral de la Montaña de Guerrero y por hacer posible esta comunidad, donde nuestras leyendas siguen encontrando un lugar para ser contadas.

08/08/2026

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07/08/2026

La llorona de La Montaña.

La Tienda Encantada de Axoxuca.En El Nahual Podcast recibimos historias de toda la Montaña de Guerrero. Algunas hablan d...
29/07/2026

La Tienda Encantada de Axoxuca.

En El Nahual Podcast recibimos historias de toda la Montaña de Guerrero. Algunas hablan de nahuales, otras de brujas, de la Llorona o del Señor del Monte.
Pero existe una leyenda que los ancianos cuentan desde hace generaciones y que, en la comunidad de Axoxuca, todavía se recuerda con mucho respeto.
Dicen que, durante la víspera de San Miguel Arcángel, la noche del 28 de septiembre, ocurre algo que muy pocas personas han tenido el valor de contar.
Aseguran que la enorme peña que se encuentra junto a la cascada de Axoxuca, sobre la carretera federal Tlapa–Chilapa, deja de ser piedra.
Y en su lugar...
Aparece una enorme Tienda Encantada.
No cualquiera puede verla.
Y quien entra...
Puede salir rico.
O puede no volver jamás.
El siguiente relato nos lo envió Luis, un seguidor de El Nahual Podcast. Él asegura que esta historia se la contó su tío Don Ernesto, protagonista de los hechos, y que jamás cambió una sola palabra de lo sucedido.

Mi nombre es Luis.
Este relato me lo contó mi tío Don Ernesto, y hasta el día de su muerte sostuvo que todo ocurrió exactamente como lo voy a contar.
Mi tío era muy amigo de Don Margarito.
Los dos eran vecinos de la comunidad de Axoxuca, municipio de Tlapa de Comonfort, Guerrero.
Desde niños conocían perfectamente la cascada y el camino que pasa junto a ella.
Habían recorrido ese lugar cientos de veces.
Por eso siempre decía:
—"Si alguien conocía ese camino... éramos nosotros."
Todo ocurrió la noche del 28 de septiembre, durante la víspera de San Miguel Arcángel, la fiesta más importante de la comunidad.
Después de convivir con amigos y familiares, decidieron caminar hasta la cascada para seguir platicando y tomar unas copas lejos del ruido de la música y los cohetes.
Mientras caminaban, Don Margarito recordó una vieja historia que les contaban los abuelos.
Decían que precisamente esa noche...
La peña de la cascada se abría.
Y donde normalmente solo había piedra...
Aparecía una enorme Tienda Encantada.
Una tienda donde podía encontrarse absolutamente de todo.
Costales de maíz.
Frijol.
Chiles secos.
Herramientas.
Sombreros.
Ropa.
Veladoras.
Gallinas.
Guajolotes.
Medicinas.
Botellas de mezcal.
Dulces.
Semillas.
Como si fuera un mercado completo escondido dentro de la montaña.
Pero de todas las historias había una que siempre llamaba la atención.
Decían que allí vivía una gallina que ponía huevos de oro.
Mi tío soltó una carcajada.
—Si existe esa gallina... esta noche nos la llevamos.
Don Margarito respondió riendo.
—Con un solo huevo ya no trabajamos nunca más.
Los dos siguieron caminando.
Pero al llegar a la cascada...
Las risas desaparecieron.
Porque donde toda la vida había existido únicamente la enorme peña...
Aquella noche había una inmensa tienda iluminada.
Las lámparas brillaban como si fuera de día.
Se escuchaba música muy antigua.
Había decenas de personas caminando entre los pasillos.
Algunos compraban.
Otros cargaban costales.
Otros solamente observaban.
Todo parecía completamente normal.
Lo único extraño...
Era que nadie hablaba.
Ni una sola voz.
Solo el sonido de los pasos.
Los dos entraron.
El lugar era enorme.
Muchísimo más grande por dentro que por fuera.
Mi tío juraba que era imposible que todo aquello cupiera dentro de la peña.
Mientras caminaban...
La vieron.
Una hermosa gallina completamente blanca.
Caminaba tranquilamente entre los pasillos.
Y de pronto...
Se agachó.
Dejó caer un huevo.
Pero no era un huevo común.
Brillaba como si estuviera hecho completamente de oro.
Don Margarito abrió los ojos.
—¡Ahí está!
Corrió para atraparla.
Pero cuando estaba a punto de alcanzarla...
La gallina caminó unos metros más.
Volvió a poner otro huevo.
Y siguió avanzando.
Siempre despacio.
Siempre a unos cuantos pasos.
Como si estuviera invitándolo a seguirla.
Mi tío comenzó a sentirse incómodo.
Algo dentro de él le decía que salieran de inmediato.
Pero Don Margarito no dejaba de perseguirla.
—Espérame...
Ya casi la alcanzo.
Mi tío esperó unos minutos.
Pero la gallina seguía alejándose.
Y Don Margarito seguía detrás de ella.
Sin cansarse.
Sin detenerse.
Como si estuviera hipnotizado.
Mi tío decidió salir un momento para esperarlo.
Se sentó sobre una piedra.
Pensó que solo pasarían unos minutos.
Pero el cansancio lo venció.
Y se quedó profundamente dormido.
Cuando abrió los ojos...
El sol ya iluminaba la cascada.
La tienda había desaparecido.
Solo estaba nuevamente la enorme peña.
Don Margarito ya no estaba.
Lo buscaron durante días.
Los vecinos.
Los familiares.
La policía.
Nadie encontró un solo rastro.
Muchos pensaron que había caído a la barranca.
Otros dijeron que quizá había escapado.
Pero mi tío siempre repetía exactamente la misma historia.
—Entró a la Tienda Encantada.
Yo lo vi.
La peña se lo tragó.
Nadie le creyó.
Pasaron los meses.
Hasta que llegó nuevamente el 28 de septiembre.
Mi tío regresó solo.
Esperó frente a la cascada.
La noche avanzó lentamente.
Y cuando la fiesta del pueblo estaba en su mejor momento...
La neblina comenzó a cubrir la peña.
Las piedras desaparecieron.
Y la Tienda Encantada volvió a abrir sus puertas.
Entró corriendo.
Y lo encontró.
Don Margarito seguía caminando detrás de la misma gallina.
Con la misma botella de mezcal en la mano.
Con la misma sonrisa.
Como si apenas hubieran pasado unos minutos.
La gallina volvió a poner otro huevo de oro.
Y continuó caminando.
Mi tío corrió hasta él.
Lo abrazó.
Y le gritó:
—¡Compadre!
¡Te hemos buscado durante un año!
Don Margarito lo miró sorprendido.
Y respondió riéndose.
—¿Cuál año?
Si apenas acabas de salir hace ratito.
Mi tío sintió un escalofrío.
Comprendió que dentro de aquella tienda...
El tiempo no existía.
Tomó a su compadre del brazo.
Pero él seguía intentando alcanzar a la gallina.
—Espérate...
Ya casi la agarro.
En ese momento...
La gallina volvió a poner otro huevo de oro.
Mi tío lo levantó del suelo.
Lo guardó rápidamente.
Y jaló con todas sus fuerzas a Don Margarito.
Los dos comenzaron a correr hacia la salida.
Detrás de ellos comenzaron a escucharse gritos.
No eran voces humanas.
Parecía que toda la tienda se estaba quejando.
Como si no quisiera dejarlos salir.
Cuando cruzaron la entrada...
Un fuerte estruendo sacudió toda la cascada.
La tienda desapareció.
Y nuevamente solo quedó la enorme peña.
Don Margarito cayó de rodillas.
Confundido.
Miró el cielo.
Y preguntó:
—¿Por qué ya amaneció tan rápido?
Mi tío bajó la mirada.
No tuvo valor para responderle.
Cuando regresaron a la comunidad...
Todo había cambiado.
Los hijos de Don Margarito eran un año mayores.
Su esposa llevaba doce meses llorándolo.
Las cosechas habían terminado.
Y muchos ya lo daban por mu**to.
Él nunca logró comprender lo ocurrido.
Hasta el día de su muerte aseguró que solamente había pasado unos cuantos minutos persiguiendo aquella gallina.
Pero había algo que nadie pudo explicar.
Mi tío abrió lentamente la mano.
Y allí estaba.
El huevo.
Pesado.
Brillante.
Completamente de oro.
Mi familia asegura que durante muchos años permaneció guardado en una caja de madera.
Nadie quiso venderlo.
Nadie quiso fundirlo.
Porque los ancianos decían que aquel huevo no era un tesoro.
Era una advertencia.
La prueba de que las Tiendas Encantadas existen.
Y de que hay lugares donde el tiempo deja de obedecer las reglas del mundo.
Hasta hoy...
Muchos choferes que recorren la carretera Tlapa–Chilapa aseguran haber vivido cosas extrañas al pasar por la cascada de Axoxuca.
Algunos hablan de serpientes gigantes atravesando la carretera.
Otros dicen haber visto personas que desaparecen entre la neblina.
Y hay quienes afirman que, durante la víspera de San Miguel Arcángel, la peña se ilumina por dentro.
Como si una enorme tienda volviera a abrir sus puertas.
Dicen que allí puedes encontrar cualquier cosa que desees...
Pero los más viejos aconsejan una sola cosa:
Si alguna vez llegas a ver la Tienda Encantada de Axoxuca... admírala desde lejos.
Porque hay lugares donde la riqueza se paga con el tiempo... y un solo paso puede costarte un año entero de tu vida.

La Tienda encantada.En El Nahual Podcast recibimos historias de toda la Montaña de Guerrero. Algunas hablan de nahuales,...
27/07/2026

La Tienda encantada.

En El Nahual Podcast recibimos historias de toda la Montaña de Guerrero. Algunas hablan de nahuales, otras de brujas, de la Llorona o del Señor del Monte.

Pero existe una leyenda que los ancianos cuentan en voz baja y únicamente cuando termina el año.
Dicen que, entre los caminos de la Montaña, existen tiendas encantadas.
No aparecen todos los días.
No cualquiera puede encontrarlas.
Y quienes entran...
No siempre regresan en el mismo tiempo en que salieron.
El siguiente relato nos lo envió un seguidor de la página. Él asegura que esta historia le fue contada por su abuelo, Don Gabriel, quien la vivió junto a su mejor amigo, Don José, hace más de cincuenta años, en un camino cercano al municipio de Olinalá, Guerrero.

Mi abuelo siempre decía que había cosas que era mejor no buscar.
Pero también aseguraba que las peores historias eran aquellas que uno vivía sin querer.
Todo ocurrió la noche del 31 de diciembre.
Él y su compadre, Don José, habían ido a celebrar el Año Nuevo a una comunidad vecina.
Como era costumbre, la fiesta duró hasta la madrugada.
Hubo música.
Cohetes.
Pozole.
Mezcal.
Y risas.
Cuando decidieron regresar a sus casas ya pasaba de la una de la mañana.
En el camino sintieron sed y antojo de seguir tomando un rato más.
Intentaron comprar otra botella.
Pero todas las tiendas estaban cerradas por los festejos.
Así que continuaron caminando por la carretera.
La noche estaba completamente despejada.
La luna iluminaba los cerros.
Y el silencio era tan profundo que podían escucharse los grillos entre las barrancas.
Después de caminar algunos minutos...
Don José señaló hacia un costado del camino.
—Mira... esa tienda todavía está abierta.
Mi abuelo levantó la vista.
Y allí estaba.
Donde normalmente solo había una enorme peña de piedra...
Ahora había una tienda iluminada.
No era una tiendita cualquiera.
Parecía un pequeño mercado.
Tenía costales de maíz.
Canastas con frutas.
Gallinas vivas.
Botellas alineadas sobre los estantes.
Veladoras.
Dulces.
Herramientas.
Sombreros.
Incluso varias personas caminaban entre los pasillos como si estuvieran haciendo sus compras con toda normalidad.
Mi abuelo sintió algo extraño.
Porque conocía perfectamente ese lugar.
Y juraba que jamás había existido una tienda allí.
Pero Don José ya iba caminando hacia la entrada.
—Vamos... todavía alcanzamos a comprar.
Entraron.
El lugar olía a leña recién encendida.
Había música muy antigua.
Los vendedores sonreían.
Pero ninguno hablaba.
Solo señalaban la mercancía.
Don José tomó una botella y comenzó a platicar con un anciano que atendía uno de los mostradores.
Mi abuelo empezó a sentirse incómodo.
Miró a todos lados.
Y notó algo que le heló la sangre.
Nadie parpadeaba.
Las personas caminaban...
Pero sus sombras permanecían completamente quietas.
Se acercó a Don José.
—Compadre...
Vámonos.
Aquí hay algo que no me gusta.
Don José soltó una carcajada.
—Espérame tantito.
Apenas voy a comprar.
Mi abuelo decidió salir un momento a esperar.
Se sentó sobre una piedra.
Pensó que solo serían unos minutos.
Sin darse cuenta...
Se quedó dormido.
Cuando abrió los ojos...
Ya era de día.
Los primeros rayos del sol iluminaban el camino.
Se levantó confundido.
Miró hacia donde estaba la tienda.
Y sintió que el corazón dejaba de latir.
No había tienda.
No había mercado.
No había personas.
Solo estaba la enorme peña de siempre.
Corrió desesperado alrededor de las rocas.
Gritó el nombre de su compadre una y otra vez.
Pero nadie respondió.
Don José había desaparecido.
La gente del pueblo no creyó la historia.
Pensaron que mi abuelo le había hecho algo.
Algunos aseguraban que lo había abandonado.
Otros decían que lo había asesinado.
Pero él repetía una y otra vez la misma historia.
—Entró a una tienda...
Yo lo vi entrar...
La peña se lo tragó.
Pasaron los días.
Después los meses.
La familia de Don José terminó por resignarse.
Mandaron hacer misas.
Encendieron veladoras.
Y lo dieron por mu**to.
Pero mi abuelo nunca dejó de pensar en aquella tienda.
Hasta que recordó una vieja historia que le había contado su bisabuelo.
"Las tiendas encantadas solo abren una vez al año..."
"Y siempre lo hacen la noche de Año Nuevo."
Así que exactamente un año después...
Mi abuelo regresó al mismo lugar.
Lo acompañaron la esposa de Don José, sus hijos y varios hombres de la comunidad.
Esperaron hasta pasada la medianoche.
Durante horas...
No ocurrió nada.
Pero cuando el reloj marcó las doce con unos minutos...
La peña comenzó a cubrirse de neblina.
Y, poco a poco...
Las piedras desaparecieron.
En su lugar...
Volvió a aparecer aquella tienda.
Iluminada.
Llena de gente.
Como si jamás hubiera desaparecido.
Mi abuelo no lo pensó dos veces.
Entró corriendo.
Y lo encontró.
Don José seguía sentado exactamente en el mismo banco.
Con la misma botella en la mano.
Riendo.
Platicando con el viejo tendero.
Como si apenas hubieran pasado unos minutos.
Mi abuelo lo abrazó.
—¡Compadre!
¡Llevamos un año buscándote!
Don José lo miró confundido.
Y respondió entre risas.
—¿Cuál año?
Si apenas acabas de salir hace ratito.
Mi abuelo sintió un escalofrío.
Intentó explicarle.
Le habló de su esposa.
De sus hijos.
De las búsquedas.
De las misas.
De todo lo que había ocurrido.
Pero Don José solo repetía una frase.
—No inventes...
Si aquí adentro apenas llevo unos minutos.
Entonces el anciano que atendía la tienda levantó lentamente la cabeza.
Miró fijamente a mi abuelo.
Y sonrió.
Una sonrisa imposible.
Demasiado grande.
Demasiado larga.
Entonces dijo con una voz que ninguno de los presentes pudo olvidar.
—Aquí...
el tiempo no camina igual que allá afuera.
Mi abuelo tomó del brazo a Don José.
Y, sin mirar atrás...
Salieron corriendo.
En cuanto cruzaron la entrada...
Escucharon un estruendo.
La tienda desapareció.
Y volvió a ser solamente una enorme peña.
Don José cayó de rodillas.
Confundido.
Desorientado.
Cuando llegó a su casa...
Sus hijos eran un año mayores.
Su esposa había pasado doce meses llorándolo.
Y el perro que siempre lo recibía en la puerta...
Había mu**to meses atrás.
Dicen que nunca volvió a ser el mismo.
Con frecuencia despertaba de madrugada diciendo que todavía escuchaba al tendero llamándolo.
Que soñaba con aquella tienda.
Y que en sus sueños seguía viendo los pasillos llenos de personas comprando.
Personas que nunca envejecían.
Antes de morir, Don José le hizo prometer a mi abuelo una sola cosa.
—Si alguna vez, en Año Nuevo, ves una tienda donde siempre ha habido una peña... aunque tengas sed... aunque tengas hambre... aunque parezca el lugar más bonito del mundo... nunca entres.
Porque quizá para ti solo pasen unos minutos...
Pero cuando vuelvas a salir...
Tal vez descubras que todos los que amabas...
Ya llevan años esperándote.
Y los ancianos de la Montaña todavía aseguran que, entre los caminos cercanos a Olinalá, hay peñas que, una sola noche al año, dejan de ser piedra.
Y se convierten en un mercado lleno de luces.
Dicen que quien compra ahí jamás paga con dinero.
Paga con el tiempo de su propia vida.

El Hombre que Caminaba entre la Neblina.En El Nahual Podcast recibimos relatos de todos los rincones de la Montaña de Gu...
26/07/2026

El Hombre que Caminaba entre la Neblina.

En El Nahual Podcast recibimos relatos de todos los rincones de la Montaña de Guerrero. Algunos hablan de nahuales, otros de brujas y apariciones. Pero hay historias que los propios habitantes prefieren contar únicamente de día.
La siguiente nos fue enviada por un seguidor originario del municipio de Malinaltepec, quien nos pidió cambiar su nombre. Según él, después de lo que vivió, jamás volvió a caminar solo cuando cae la tarde.

Mi nombre es Esteban.
Nací y crecí en una comunidad de Malinaltepec, Guerrero, donde la mayoría de las personas todavía acostumbramos caminar entre brechas para visitar a familiares de otras rancherías.
Los caminos son conocidos.
La mayoría de nosotros los hemos recorrido desde niños.
Entre mi casa y la de mis tíos apenas hay unos dos kilómetros de distancia.
Es un camino que conozco de memoria.
O al menos...
Eso era lo que yo creía.
Todo ocurrió hace algunos años.
Había ido a visitar a unos tíos.
Platicamos, tomamos café y cuando me di cuenta ya era tarde.
El sol comenzaba a esconderse detrás de los cerros.
Los últimos rayos de luz apenas alcanzaban a iluminar las copas de los pinos.
Les dije que ya me iba.
Mi tía me detuvo antes de salir.
—No te regreses por la brecha si baja la neblina.
Me reí.
—Conozco ese camino desde niño.
Ella solamente respondió:
—Precisamente por eso... es cuando más confianza te da.
No le di importancia.
Tomé mi mochila y comencé a caminar.
Al principio todo era normal.
El canto de los pájaros.
El sonido del viento moviendo los árboles.
El olor a tierra húmeda.
Pero conforme avanzaba...
La neblina comenzó a bajar.
No cayó de golpe.
Fue envolviendo poco a poco el camino.
Como si naciera entre los árboles.
En menos de diez minutos apenas podía ver unos cuantos metros delante de mí.
Seguí caminando.
Confiaba en que conocía perfectamente la brecha.
Pero empecé a notar algo extraño.
El monte estaba demasiado silencioso.
No había grillos.
No había aves.
Ni siquiera se escuchaba el viento.
Solo mis pasos.
Y de repente...
Otro par de pasos.
Atrás de mí.
Me detuve.
El otro sonido también.
Volví a caminar.
Y los pasos continuaron.
Siempre a la misma distancia.
Nunca más cerca.
Nunca más lejos.
No volteé.
Los viejos siempre dicen que, cuando el monte guarda silencio, es mejor no mirar hacia atrás.
Seguí caminando.
Pasaron varios minutos.
O al menos eso pensé.
Porque el sendero parecía no terminar nunca.
Entonces vi una silueta.
Era un hombre.
Estaba parado entre la neblina.
No alcanzaba a distinguir su rostro.
Solo llevaba un sombrero viejo y un morral cruzado al pecho.
Cuando me acerqué, habló.
—¿Ya te perdiste?
Su voz era tranquila.
Como la de cualquier campesino.
Le respondí que sí.
Que iba rumbo a mi casa.
El hombre soltó una pequeña risa.
—Yo conozco todos estos caminos.
Sígueme.
Sin pensarlo...
Comencé a caminar detrás de él.
Nunca pude verle la cara.
La neblina siempre la ocultaba.
Solo veía su espalda.
Y escuchaba sus pasos.
Mientras avanzábamos, empezó a hacerme preguntas.
—¿Vienes solo?
—¿En tu casa te están esperando?
—¿Tus papás viven?
Cada pregunta me hacía sentir más incómodo.
Quise preguntarle de qué comunidad era.
Pero siempre cambiaba de tema.
Después de varios minutos...
Noté algo.
Ese camino no lo conocía.
Los árboles eran distintos.
Había enormes raíces atravesando la vereda.
El suelo era mucho más húmedo.
Y comenzaba a bajar hacia una barranca.
Me detuve.
—Oiga...
Creo que por aquí no es.
El hombre no volteó.
Solo respondió.
—Sígueme...
Ya casi llegamos.
Fue entonces cuando recordé algo.
Las palabras de mi abuelo.
Cuando era niño siempre decía:
"Si alguna vez te pierdes entre la neblina y aparece un hombre ofreciéndote el camino... nunca camines detrás de él."
"Porque no todos los que conocen el monte... son personas."
Sentí que el cuerpo se me heló.
Observé el suelo.
Y descubrí algo que casi hizo que gritara.
Sobre el lodo solo estaban mis huellas.
Las del hombre...
No existían.
Levanté lentamente la mirada.
Y por primera vez noté algo extraño.
La neblina no lo tocaba.
Era al revés.
Parecía salir de él.
Como si todo su cuerpo estuviera hecho de humo.
Sentí que me faltaba el aire.
El hombre volvió a hablar.
Pero esta vez...
Su voz ya no sonaba humana.
Era grave.
Profunda.
Como si varias personas hablaran al mismo tiempo.
—¿Por qué te detuviste?
En ese instante recordé las oraciones que mi abuela me enseñó desde niño.
Me persigné.
Y comencé a rezar en voz alta.
El hombre dejó de caminar.
El monte entero empezó a crujir.
Las ramas se movían aunque no había viento.
Entonces escuché una carcajada.
No venía frente a mí.
Venía de todas partes.
Como si todo el bosque se estuviera riendo.
Corrí.
Corrí sin mirar atrás.
Las ramas golpeaban mi cara.
Las espinas rompían mi ropa.
Y detrás de mí seguía escuchando aquella voz.
—No corras...
—Todavía no llegamos...
Corrí durante lo que parecieron horas.
Las piernas ya no me respondían.
Sentía que nunca iba a salir de ese lugar.
Hasta que, de pronto...
Vi un enorme encino.
Tenía una marca profunda en el tronco.
La reconocí inmediatamente.
Mi padre la había hecho muchos años atrás con su machete.
Comprendí que había vuelto al camino verdadero.
Seguí corriendo hasta llegar a mi casa.
Cuando entré, mi madre comenzó a llorar.
Me abrazó con fuerza.
Y me dijo algo que jamás olvidaré.
—¿Dónde estabas?
Le respondí que apenas acababa de salir de casa de mis tíos.
Que había caminado un rato.
Ella me miró completamente pálida.
—Esteban...
Te fuimos a buscar.
Llevas desaparecido dos días.
Sentí que el mundo se vino abajo.
Para mí habían pasado apenas unas horas.
Jamás pude explicar qué ocurrió.
Al día siguiente regresé con varios familiares para buscar el lugar donde me había perdido.
Nunca encontramos esa brecha.
Ni la barranca.
Ni las raíces.
Ni el sitio donde conocí a aquel hombre.
Como si el monte hubiera decidido borrar todo rastro.
Los ancianos del pueblo solo escucharon mi historia.
Después bajaron la mirada.
Uno de ellos dijo en voz muy baja:
—No era un hombre.
Era el Señor del Monte.
Le gusta perder a quienes creen conocer todos los caminos.
Desde entonces nunca vuelvo a caminar solo cuando la neblina empieza a bajar.
Porque entendí algo que aquí, en la Montaña Alta de Guerrero, los más viejos saben desde siempre:
Los caminos no siempre cambian...
A veces es el monte el que decide llevarte por otro rumbo.
Y cuando eso sucede... quizá ya no regreses caminando al mismo mundo del que saliste.

Alexa… respondió con la voz de La Llorona. En El Nahual Podcast recibimos cientos de relatos enviados por nuestros segui...
25/07/2026

Alexa… respondió con la voz de La Llorona.

En El Nahual Podcast recibimos cientos de relatos enviados por nuestros seguidores. Algunos hablan de nahuales, otros de brujas, apariciones y almas en pena.
Pero hay uno que, desde que llegó a la página, nadie del equipo ha podido olvidar.
La persona que lo envió nos pidió cambiar su nombre por miedo a que "eso" volviera a buscarlo.
Este es su testimonio.

Hola. Mi nombre es Roberto.
Vivo en Tlapa de Comonfort, Guerrero, en la colonia San Diego, muy cerca del río Tlapaneco y del libramiento.
Quienes conocen esa parte de la ciudad saben que por las noches el ambiente cambia por completo.
Durante el día todo parece normal.
Hay carros.
Personas caminando.
Tiendas abiertas.
Pero cuando pasan de las once de la noche...
Las calles quedan vacías.
Solo se escucha el agua del río...
Y los perros ladrando hacia la oscuridad.
Hace unos meses contraté internet de alta velocidad y compré un dispositivo Alexa.
Justo había recibido una nueva actualización de inteligencia artificial. Según la publicidad, ahora podía comprender mejor el contexto, reconocer sonidos del entorno e incluso detectar actividades inusuales dentro de la casa.
Al principio era increíble.
Le pedía música.
Escuchaba podcasts.
Le preguntaba cualquier cosa.
Parecía hablar como una persona.
Pero una noche...
Todo cambió.
Mi esposa había salido con mi hija a visitar a unos familiares.
Yo me quedé solo.
Eran exactamente las 2:57 de la madrugada.
No podía dormir.
Así que le pedí a Alexa que reprodujera sonidos de lluvia para descansar.
Las luces estaban apagadas.
Solo la luz azul del dispositivo iluminaba la sala.
De pronto...
La música se detuvo sola.
Y Alexa dijo...
—"He detectado un sonido no identificado en el exterior."
Pensé que era algún perro.
O un gato.
Le respondí riendo.
—Debe ser un animal.
Pero Alexa respondió inmediatamente.
—"No coincide con ningún sonido registrado."
En ese momento...
Lo escuché.
Muy lejos.
Un lamento.
Un llanto.
Como el de una mujer.
Largo...
Desgarrador...
Sentí un escalofrío.
Pero recordé algo que mi abuela siempre decía.
"Cuando escuches llorar a La Llorona y se escuche lejos... no salgas... porque significa que está muy cerca."
Intenté convencerme de que era imaginación.
Hasta que Alexa volvió a hablar.
—"El sonido se está aproximando."
El llanto seguía escuchándose...
Pero seguía pareciendo muy lejos.
Casi como si viniera desde el río Tlapaneco.
Entonces...
Todos los perros de la colonia comenzaron a llorar al mismo tiempo.
No ladraban.
Lloraban.
Uno tras otro.
Como si estuvieran viendo algo caminar por la calle.
Me acerqué despacio a la ventana.
No había nadie.
Solo la neblina.
Y el reflejo de los postes sobre el pavimento mojado.
Respiré tranquilo.
Hasta que Alexa dijo...
—"Hay alguien frente a la puerta principal."
Sentí que el estómago se me hizo un n**o.
Miré por la mirilla.
No había absolutamente nadie.
Pensé que la inteligencia artificial estaba fallando.
Entonces pregunté.
—Alexa...
¿Quién está afuera?
Pasaron varios segundos.
Y respondió...
—"No puedo identificarla..."
Después añadió...
—"Está llorando."
Sentí que las piernas dejaron de responderme.
El llanto seguía escuchándose...
Lejísimos.
Como si estuviera al otro lado del río.
Y, sin embargo...
Alexa volvió a decir...
—"La distancia estimada es menor a un metro."
En ese instante...
Escuché cómo alguien...
Muy despacio...
Arrastró los dedos sobre la puerta.
Raaaaaaaaaassssss...
Después...
Tres golpes.
Suaves.
Lentos.
TOC...
TOC...
TOC...
No respondí.
Ni siquiera respiraba.
Entonces...
Alexa habló otra vez.
Pero esta vez...
Ya no era su voz.
Era la voz de una mujer.
Una voz quebrada.
Llorando.
—"Mis hijos..."
Sentí que el cuerpo se me congeló.
Yo jamás había escuchado a Alexa hablar así.
Quise desconectarla.
Pero antes de moverme...
El dispositivo dijo algo imposible.
—"No abras..."
Hizo una pausa.
Y continuó.
—"...porque ella cree que aquí están sus hijos."
En ese momento...
El llanto dejó de escucharse lejos.
Ahora...
Lo escuché...
Justo detrás de la puerta.
Tan cerca...
Que parecía que la mujer estaba apoyando la frente sobre la madera.
Luego...
Silencio.
Un silencio absoluto.
Tan profundo...
Que podía escuchar los latidos de mi corazón.
Pensé que todo había terminado.
Hasta que Alexa dijo...
Muy despacio.
—"Ahora está dentro de la casa."
Las luces comenzaron a parpadear.
La temperatura bajó de golpe.
Y desde el pasillo...
Escuché unos pasos.
No eran pasos normales.
Parecía que alguien caminaba descalzo...
Con los pies completamente mojados.
Chap...
Chap...
Chap...
No tuve valor para mirar.
Solo cerré los ojos y comencé a rezar.
Los pasos llegaron hasta la sala.
Y se detuvieron exactamente detrás de mí.
Entonces...
Sentí un aliento helado sobre mi cuello.
Y una voz...
Pegada a mi oído.
Una voz de mujer.
Llorando.
Que dijo...
—"¿Has visto a mis hijos...?"
No respondí.
No podía.
Y en ese mismo instante...
Alexa habló por última vez.
Con total normalidad.
Como si nada estuviera ocurriendo.
—"Roberto..."
—"No voltees."
No sé cuánto tiempo pasó.
Tal vez minutos.
Tal vez horas.
Cuando amaneció...
La puerta seguía cerrada.
No había nadie.
Pero el piso de la sala...
Estaba lleno de huellas.
No eran huellas de zapatos.
Ni de pies normales.
Parecían marcas de pies descalzos...
Empapados.
Como si alguien hubiera salido del río Tlapaneco...
Y hubiera caminado lentamente por toda mi casa.
Desde aquella noche...
Nunca volví a encender Alexa.
La guardé en una caja.
Pero hay algo que todavía me atormenta.
Porque algunas madrugadas...
Exactamente a las 2:57...
Sin estar conectada a la corriente...
Sin internet...
Y con las baterías retiradas...
Desde el interior de esa caja...
Todavía se escucha una voz.
Muy bajita.
Muy triste.
Que pregunta...
—"¿Has visto a mis hijos...?"
Y desde entonces...
Cada vez que alguien me pregunta por qué ya no vivo en la colonia San Diego...
Solo respondo una cosa:
Porque hay noches en las que el llanto se escucha muy lejos.....y eso significa que ya está esperándote, justo detrás de la puerta.

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