10/08/2026
El Tsaki
En El Nahual Podcast recibimos relatos de todos los rincones de la Montaña de Guerrero. Muchos hablan de nahuales, de la Llorona, de las Tiendas Encantadas y del Señor del Monte.
Pero existe un ser del que muy pocas personas se atreven a hablar.
Un ser cuya historia ha pasado de generación en generación en comunidades del municipio de Malinaltepec, Guerrero.
Los ancianos dicen que no es un nahual.
Porque el nahual es una persona que puede convertirse en animal.
El Tsaki es exactamente lo contrario.
Es un ser que puede convertirse en cualquier persona que tú conozcas.
Puede tomar el rostro de tu padre...
De tu madre...
De tu esposa...
De tu hermano...
De tu mejor amigo.
Imita su voz.
Su forma de caminar.
Su ropa.
Su estatura.
Todo.
Todo... excepto sus manos y sus pies.
Dicen que sus dedos conservan unas extrañas membranas, parecidas a las de un sapo o un pato.
Y quien alcanza a verlas...
Debe huir.
Porque ya no está frente a un ser humano.
El siguiente relato fue enviado a El Nahual Podcast por un seguidor llamado Carlos, quien nos contó que esta historia se la narró su suegro cuando él apenas era un niño.
Según él, ocurrió hace muchos años, en la comunidad de Lomas del Faisán, municipio de Malinaltepec, Guerrero.
Mi suegro siempre decía que había cosas que no podían explicarse.
Y que, aunque hoy muchos ya no crean en ellas...
En la Montaña todavía existen personas que prefieren no salir solas cuando cae la noche.
Todo ocurrió hace muchos años.
En una humilde casa de adobe donde vivía una familia.
El padre.
La madre.
Un niño de diez años.
Y un bebé que apenas comenzaba a caminar.
En aquellos tiempos era común que los hombres viajaran durante varios días para comprar mercancía.
El padre de familia había salido rumbo a la tradicional feria de Iguala, en la Costa Chica de Guerrero.
El viaje era largo.
Había que caminar durante varios días.
Antes de irse les dijo a su esposa y a sus hijos:
—No me esperen pronto.
Regresaré después de la feria.
Los días pasaron con normalidad.
Hasta la tercera noche.
Cuando alguien llamó a la puerta.
La madre abrió.
Y sonrió.
Era su esposo.
O al menos...
Eso parecía.
Entró a la casa.
Traía la misma ropa.
El mismo sombrero.
La misma voz.
El mismo morral.
Todo era exactamente igual.
La mujer creyó que había regresado antes de tiempo.
Pero el hijo mayor...
No dejó de mirarlo.
Había algo que no estaba bien.
Mientras el hombre platicaba con su madre...
El niño observó sus manos.
Y sintió que el cuerpo se le helaba.
Entre los dedos había una delgada membrana.
Como la de un animal.
Se acercó despacio a su madre y le susurró al oído.
—Mamá...
Ese no es mi papá.
La mujer sonrió.
—Claro que sí.
Ya regresó de la feria.
Pero el niño insistía.
—No...
No es él.
Ella no le creyó.
Esa noche...
El niño decidió no dormir dentro de la casa.
Subió en silencio hasta la troja, donde guardaban el maíz.
Desde allí podía ver el techo de la vivienda.
Y esperó.
Las horas pasaron lentamente.
Hasta que comenzó a escuchar los gritos.
Primero...
El de su madre.
Después...
Un silencio aterrador.
El niño quiso bajar.
Pero el miedo paralizó su cuerpo.
Solo escuchaba algo masticando.
Como si un animal enorme estuviera despedazando carne.
Lloró toda la noche.
Sin hacer un solo ruido.
Al amanecer...
La puerta volvió a abrirse.
Quien salió de la casa...
Era su madre.
O eso parecía.
La misma ropa.
La misma voz.
El mismo rostro.
Pero cuando levantó una cubeta...
El niño volvió a ver aquellas manos.
Con membranas entre los dedos.
Entonces comprendió la verdad.
El Tsaki había devorado a su madre.
Y ahora había tomado su apariencia.
El niño permaneció escondido durante dos días.
Alimentándose apenas con algunas mazorcas que había en la troja.
Esperando.
Esperando a que su verdadero padre regresara.
Hasta que finalmente...
Lo vio aparecer por el camino.
Corrió desesperado.
Y antes de que llegara a la casa le contó absolutamente todo.
El hombre no dijo una sola palabra.
Solo abrazó a su hijo.
Y le respondió.
—Haz exactamente lo que te voy a decir.
Llévate a tu hermanito a la troja.
No salgan por ningún motivo.
Yo me encargaré de lo demás.
El niño obedeció.
Mientras tanto...
El Tsaki, convertido en la esposa del hombre, salió a recibirlo.
Lo abrazó.
Lo besó.
Y sonrió.
Como si nada hubiera ocurrido.
—¿Dónde está el muchacho? —preguntó el padre.
—Se fue con su abuelo.
Respondió el Tsaki sin dudar.
El hombre fingió creerle.
Incluso cenó junto a él.
Platicó.
Rió.
Y esperó pacientemente a que llegara la noche.
Antes de acostarse dijo:
—Mujer...
En el camino maté un venado.
Mañana temprano lo vamos a pelar.
Pon una olla grande con agua.
Hay que dejarla hirviendo.
El Tsaki obedeció.
Encendió el fogón.
Y dejó la enorme olla sobre el fuego.
Después se acostaron.
Esperaron.
En completo silencio.
Hasta que el Tsaki creyó que el hombre dormía.
Pero el padre permanecía despierto.
Esperando el momento exacto.
Con mucho cuidado tomó al bebé.
Lo llevó hasta la troja.
Lo dejó junto a su hermano.
Regresó.
Atrancó la puerta con un grueso tronco.
Y levantó la enorme olla.
El agua estaba hirviendo.
Sin pensarlo...
La vació completamente sobre el cuerpo del Tsaki.
El grito fue tan terrible...
Que, según cuentan los ancianos...
Se escuchó en todos los barrancos.
El Tsaki comenzó a retorcerse.
Y mientras su piel se quemaba...
Su cuerpo empezó a cambiar.
Primero volvió a tomar el rostro del verdadero padre.
Después...
El de la madre.
Luego aparecieron los rostros de otras personas.
Hombres.
Mujeres.
Ancianos.
Niños.
Como si todas aquellas personas hubieran sido devoradas mucho tiempo atrás.
Cada transformación iba acompañada de un grito diferente.
De un llanto distinto.
Como si todas las voces salieran al mismo tiempo.
El hombre no dejó de golpearlo.
Una y otra vez.
Con un grueso leño.
El Tsaki intentó levantarse.
Su fuerza era descomunal.
Con un solo golpe destrozó parte de la puerta.
Volvió a cambiar de apariencia.
Ahora parecía un anciano.
Luego un joven.
Después una mujer desconocida.
Los rostros aparecían y desaparecían sin detenerse.
Hasta que finalmente...
Con un rugido espantoso...
Logró romper la puerta de madera.
Y escapó corriendo hacia la oscuridad de los barrancos.
Nunca volvió a verse por aquella casa.
Pero jamás encontraron el cuerpo de la verdadera madre.
Mi suegro siempre terminaba esta historia diciendo que el Tsaki no murió aquella noche.
Solo huyó.
Porque desde entonces comenzaron a escucharse otros relatos.
Personas que aseguraban haber visto regresar a familiares que en realidad se encontraban trabajando lejos.
Mujeres que decían haber hablado con sus esposos mientras estos aún seguían en el campo.
Niños que juraban haber visto a sus madres llamándolos desde el monte.
Y todos...
Todos tenían algo en común.
Las manos.
Y los pies.
Con aquellas extrañas membranas que jamás lograba ocultar.
Los ancianos de Malinaltepec todavía aconsejan una cosa.
Si algún día regresa alguien cuando sabes perfectamente que está lejos...
No mires primero su rostro.
Mírale las manos.
Porque si entre sus dedos ves una delgada membrana...
No le abras la puerta.
No respondas cuando te llame por tu nombre.
Y mucho menos...
Lo dejes entrar a tu casa.
Porque quizá...
No sea la persona que amas.
Quizá sea el Tsaki... esperando su siguiente familia.
En El Nahual Podcast agradecemos profundamente a todas las personas que nos comparten sus relatos y las historias que han pasado de generación en generación. Gracias por mantener viva la tradición oral de la Montaña de Guerrero y por hacer posible esta comunidad, donde nuestras leyendas siguen encontrando un lugar para ser contadas.