El Nahual Podcast

El Nahual Podcast El Nahual Podcast nace en 2007 como programa de radio y hoy evoluciona a plataformas digitales como Facebook, YouTube y Spotify.

Su misión es rescatar, fomentar y difundir mitos, leyendas y relatos de La Montaña de Guerrero.

17/02/2026

Con todas estas modas de actualidad, pronto dejaremos de ser
El Nahual Podcast ,
Para ser:
EL THERIAN PODCAST 😅

La Guerra de los Nahuales en Tlatlauquitepec municipio de Atlixtac Guerrero. En la Región Montaña de Guerrero, cuando el...
10/02/2026

La Guerra de los Nahuales en Tlatlauquitepec municipio de Atlixtac Guerrero.

En la Región Montaña de Guerrero, cuando el viento baja helado desde los cerros y la neblina se mete entre los árboles como si tuviera vida, la gente ya no se atreve a caminar sola por las veredas.
Porque aunque hoy muchos se burlen y digan que son cuentos de antes… los abuelos todavía aseguran algo:
—“Los nahuales existen…”
—“Y no todos son malos.”
Aquí se cree que los nahuales son personas que nacen con un don extraño, una marca que no se ve en la piel, pero se siente en el alma. Gente que puede transformarse en animal del monte: perro negro, coyote, tecolote, jaguar, venado… o cualquier criatura que el bosque acepte.
Pero hay algo que casi nadie sabe.
O que casi nadie quiere decir.
Porque no es un cuento cualquiera…
Dicen que hace muchos años, cuando todavía se respetaban las sombras, los nahuales no vivían escondidos como ahora.
Antes se movían libremente.
Y en aquellos tiempos, se desató algo que estremeció la Montaña entera…
una guerra.
En el pueblo de Tlatlauquitepec, municipio de Atlixtac, Guerrero, se cuenta que esa guerra no fue de hombres con machetes ni de soldados con rifles.
No…
Fue una guerra de criaturas.
Una guerra de ojos rojos en la oscuridad.
Una guerra de gritos que no eran humanos.
Y empezó por una razón sencilla…
El equilibrio se rompió.
Los abuelos dicen que había nahuales buenos, que protegían a la gente del pueblo, que cuidaban el monte, los animales y las milpas. Esos nahuales se transformaban para vigilar los caminos, para ahuyentar al mal, para que los niños pudieran dormir tranquilos.
Pero también había nahuales malos.
Nahuales que no se convertían para cuidar…
sino para cazar.
Nahuales que disfrutaban el miedo.
Que robaban ganado, atacaban animales, y espantaban a los caminantes en las barrancas.
Y una noche, en temporada de lluvias, cuando la luna apenas se veía entre las nubes, un grupo de hombres regresaba tarde de trabajar.
Venían bajando por un camino, rumbo al cerro de Chinikisko, entre las veredas oscuras y los montes que rodean Tlatlauquitepec, cuando de pronto escucharon un chillido.
No era un chillido común.
No era de coyote…
no era de perro…
Era un chillido que parecía de mujer… pero también parecía de bestia.
Como si algo estuviera sufriendo… o como si algo estuviera llamando desde el fondo de la barranca.
Uno de ellos, un hombre viejo, se persignó y dijo con la voz temblorosa:
—No se detengan… caminen.
Pero ya era tarde.
Entre los árboles apareció un animal enorme, oscuro, con el cuerpo de un perro… pero con los ojos de un hombre.
Y detrás de él, otros más.
Coyotes grandes, casi del tamaño de un b***o.
Un tecolote negro, enorme, con alas que parecían manta extendida.
Y un cerdo salvaje que caminaba raro… como si su sombra fuera humana.
Los hombres corrieron.
Pero el monte se cerró.
Los árboles se veían más juntos.
La neblina los envolvió.
Y en esa neblina se escucharon carcajadas… carcajadas que no eran de animal, sino de persona.
Dicen que esa noche murieron tres hombres.
Y al día siguiente los encontraron tirados cerca de una barranca, con la cara pálida, como si el alma se les hubiera salido por los ojos.
Fue ahí cuando los nahuales buenos dijeron:
—Ya basta.
Los abuelos cuentan que en aquellos años existía un hombre, curandero y rezandero, al que todos respetaban. Decían que ese viejo era nahual, pero de los buenos.
Le decían El Guardián del Cerro, porque nadie sabía dónde vivía, pero siempre aparecía cuando había peligro.
Ese hombre reunió a otros como él, y les habló claro:
—Si los malos siguen, el pueblo se va a quedar sin gente.
Y entonces empezó la guerra.
Una guerra silenciosa.
Una guerra que no se peleaba en el día…
sino en la noche.
La gente del pueblo empezó a notar cosas extrañas.
Los perros se metían debajo de las casas y no salían.
Los gallos cantaban a medianoche, como si ya fuera de madrugada.
Los b***os rebuznaban desesperados, mirando hacia el monte.
Y lo peor…
se escuchaban golpes en los cerros.
Como si dos animales enormes chocaran entre sí.
Como si el mismo cerro estuviera peleando.
Una madrugada, un anciano que vivía cerca de una barranca juró haber visto algo que jamás se le borró.
Dijo que vio un jaguar negro, enorme, peleando contra un coyote de ojos rojos. Pero no peleaban como animales…
Peleaban como hombres.
Se aventaban.
Se golpeaban.
Y cuando el jaguar rugía… se escuchaba como grito humano.
Y cuando el coyote chillaba… parecía risa.
La tierra temblaba.
Las piedras rodaban.
Y el aire olía a sangre.
Dicen que esa guerra duró semanas.
Y que en esas noches, el pueblo entero se encerraba temprano. Nadie prendía fogones, nadie salía ni a orinar, porque decían que un nahual malo podía llevarse el alma nomás con mirarte.
Las mujeres rezaban.
Los hombres dejaban machetes afuera de la casa, cruzados, como señal de protección.
Y algunos ponían tijeras abiertas debajo de la almohada, porque decían que eso cortaba el mal.
Hasta que llegó la noche más pesada.
La noche donde se decidió todo.
Los abuelos cuentan que esa noche la luna estaba roja, como si estuviera sangrando. Y en el cerro más alto, cerca de Tlatlauquitepec, se escuchó un aullido que se oyó hasta en los pueblos vecinos.
No era un aullido cualquiera.
Era un llamado.
Un reto.
Los nahuales buenos y malos se reunieron en el monte… y lo que ocurrió ahí nadie lo vio completo, porque nadie se atrevió a subir.
Pero dicen que el cielo se nubló de golpe.
Que los árboles se movían aunque no hubiera viento.
Que los perros lloraban.
Y que desde lejos se escuchaban gritos… gritos como de gente quemándose viva.
Al amanecer, la neblina bajó más espesa que nunca.
Y en la orilla del camino encontraron huellas…
Huellas de coyote.
Huellas de jaguar.
Huellas de hombre.
Todas mezcladas.
Y cerca de una barranca, encontraron un sombrero viejo, lleno de sangre.
Dicen que ahí fue donde cayó el líder de los nahuales malos.
Y que los nahuales buenos hicieron un juramento:
—No volveremos a pelear cerca del pueblo.
Pero también juraron otra cosa:
—Si algún día el mal regresa… regresaremos también.
Con el tiempo, las historias se fueron apagando. Los jóvenes empezaron a decir que eran cuentos para asustar.
Que eso ya no existía.
Que los nahuales eran puro invento.
Pero los abuelos…
los abuelos no se ríen.
Porque ellos recuerdan.
Y todavía hoy, en Tlatlauquitepec, cuando cae la noche y la neblina baja por las barrancas, algunos ancianos se quedan callados mirando hacia el monte…
y dicen en voz baja:
—Todavía andan…
—Nada más que ya no se dejan ver.
—Porque la guerra no terminó…
—solo se escondió.
Y cuentan que si alguna vez caminas solo por el cerro y escuchas un animal respirando detrás de ti…
no voltees.
Porque si volteas y ves ojos rojos…
ya no estás viendo un animal.
Estás viendo a alguien que te está mirando desde otra piel.
Y en la Montaña…
cuando un nahual te mira…
es porque ya te eligió.

Recopilación, adaptación y redacción por:
Vladimir Gómez

El Nahual de la Barranca del SaladoEn los pueblos de La Montaña de Guerrero, donde los cerros se levantan como sombras g...
10/02/2026

El Nahual de la Barranca del Salado
En los pueblos de La Montaña de Guerrero, donde los cerros se levantan como sombras gigantes y las noches caen pesadas, oscuras y frías, existe una creencia que nadie se atreve a negar.
Porque aquí, la gente sabe…
que no todos los seres que caminan por los caminos son humanos.
Los abuelos lo dicen con voz bajita, casi como si no quisieran que el viento los escuchara:
—“Hay gente que no es gente…”
—“Hay hombres que pueden cambiar de piel.”
Y a esos… les llaman nahuales.
Dicen que son personas que tienen el don, o la maldición, de convertirse en animales. Algunos se transforman en perro negro, otros en coyote, b***o, cerdo o incluso en aves.
Pero no es una transformación cualquiera.
Cuando un nahual cambia… el aire se pone helado, los perros dejan de ladrar, y el monte se queda en silencio como si estuviera rezando.
Y esta historia pasó en un lugar conocido por todos, pero que pocos se atreven a cruzar de noche:
La Barranca del Salado.
Una barranca profunda, húmeda, donde el viento suena como lamento y el agua baja oscura, como si arrastrara pecados. Allí los árboles se tuercen raros, y dicen que en el fondo del arroyo se escuchan pasos… aunque no haya nadie.
Desde hacía semanas, el pueblo vivía con miedo.
Las vacas aparecían destripadas.
Las chivas amanecían muertas.
Los becerros desaparecían sin dejar rastro.
Pero lo más extraño era que no se los comían.
Los animales solo aparecían tirados, como si alguien los hubiera matado por pura maldad… por puro gusto.
Y cuando alguien intentaba seguir las huellas, estas se perdían rumbo a la barranca.
Los hombres del pueblo comenzaron a murmurar:
—“Eso no es jaguar…”
—“Eso no es coyote…”
—“Eso es nahual.”
Porque cuando un animal del monte mata, come.
Pero esto… esto parecía un castigo.
Y entonces apareció un hombre decidido a terminar con todo.
Se llamaba Don Jacinto, un ganadero de respeto, de esos que no se doblan fácil. Hombre serio, de sombrero ancho y mirada dura, que no creía en cuentos… hasta que el miedo le tocó la puerta.
Una madrugada encontró a su mejor vaca tirada junto al corral, con el cuello abierto y los ojos mirando al cielo como si hubiera visto al mismísimo demonio.
Don Jacinto se quedó helado.
Y esa misma noche, juró que no volvería a pasar.
—Hoy lo espero… y si es animal lo mato.
—Y si es persona… peor —dijo, apretando el machete.
Se sentó en una piedra grande cerca del corral. Se llevó su escopeta, su lámpara y un cigarro que ni siquiera pudo encender bien del puro nervio.
El monte estaba raro.
El silencio era tan pesado que se escuchaba el crujido de las hojas, como si el suelo respirara.
Pasaron horas.
Hasta que la noche se puso fría… fría como si la barranca estuviera soplando su aliento.
Y entonces Don Jacinto escuchó algo.
No fue un rugido.
Fue un sonido seco.
Tac… tac… tac…
Como si alguien caminara descalzo entre piedras.
El ganado comenzó a moverse, pero no mugía. Solo temblaba. Las vacas pegaban sus cuerpos a la pared del corral, como queriendo esconderse.
Y ahí…
entre los matorrales…
apareció una sombra.
Un animal enorme.
Un perro negro, grandísimo, con el lomo levantado, el pelo erizado y una mirada que no era de animal.
Sus ojos…
sus ojos parecían de hombre.
Rojos.
Brillando como brasas en la oscuridad.
Don Jacinto sintió que el corazón se le quería salir del pecho.
El animal caminó despacio, como si disfrutara el miedo, como si supiera que lo estaban esperando.
Se acercó al corral, olfateó el aire…
y volteó directo hacia Don Jacinto.
Pero no lo miró como un perro.
Lo miró como alguien que lo conocía.
Como alguien que se estaba burlando.
Don Jacinto apuntó sin pensar y disparó.
¡PUM!
El balazo retumbó hasta el fondo de la barranca.
El perro soltó un gruñido grave… pero no cayó.
No chilló.
No huyó.
Solo dio un paso hacia atrás… y entonces ocurrió lo imposible.
El animal empezó a retorcerse.
Los huesos tronaban como ramas secas.
La espalda se hundía.
Las patas se encogían.
El hocico se deformaba.
Y el sonido que salía de esa cosa…
no era de perro.
Era como el gemido de un hombre sufriendo.
Don Jacinto se quedó sin respiración.
Porque en medio de la oscuridad, la sombra se levantó otra vez…
pero ya no era animal.
Era un hombre.
Desnudo, sucio, con lodo pegado en la piel, y sangre fresca en los brazos.
Y cuando la luna se asomó entre las nubes…
Don Jacinto lo reconoció.
Era un hombre del pueblo.
Uno que siempre andaba solo, callado, con mirada pesada.
Le decían Tomás… el que vivía rumbo al monte.
Tomás sonrió.
Pero no sonrió como una persona normal.
Era una sonrisa torcida, sin alma.
—¿Así que me estabas esperando, Don Jacinto? —dijo, con una voz ronca, como si hablara desde un pozo.
Don Jacinto quiso moverse, pero no pudo.
Sentía que el cuerpo no le respondía.
Como si el miedo lo hubiera amarrado al suelo.
Tomás dio un paso… y otro…
y mientras caminaba, su sombra no era de hombre.
Su sombra seguía siendo de bestia.
Don Jacinto quiso gritar, pero la voz no le salió.
Tomás se acercó lentamente y olfateó el aire como animal.
—Hueles a miedo… —susurró.
Y entonces… sus dientes cambiaron.
Se le hicieron largos.
Afilados.
Como colmillos.
Don Jacinto sintió que las piernas le temblaban.
Y Tomás soltó una risa baja, una risa que no era humana.
—Hoy no vine por ti… —dijo—. Hoy vine para que sepas que ya te vi.
Y en un segundo se echó hacia atrás…
cayó en cuatro patas…
y su cuerpo se estiró como si la oscuridad lo estuviera jalando.
En un parpadeo ya no era hombre.
Era un coyote enorme, oscuro, que se perdió hacia el monte…
directo a la Barranca del Salado.
Don Jacinto cayó de rodillas.
La escopeta se le resbaló de las manos.
Y cuando amaneció, la gente lo encontró tirado cerca del corral.
Vivo…
pero blanco.
El cabello se le había vuelto canoso en una sola noche.
No habló por días.
Y cuando por fin pudo hablar, solo repetía con voz quebrada:
—No era animal… era hombre… pero no era hombre…
Desde entonces, nadie se atreve a cruzar la Barranca del Salado después de que cae la noche.
Porque dicen que el nahual sigue ahí.
Y que no solo mata ganado…
también espanta caminantes.
Y que cuando vas solo por el camino, y escuchas pasos detrás de ti…
no voltees.
Porque si volteas…
lo último que vas a ver será un par de ojos rojos, brillando en la oscuridad…
y una voz bajita, pegada a tu oído, diciéndote:
—“No tengas miedo… si yo también soy de tu pueblo.”
Y después…
solo queda el silencio.
Un sombrero tirado en el camino…
y huellas…
huellas que empiezan como de hombre…
pero terminan como de bestia.

Recopilación, adaptación y redacción por:
Vladimir Gómez

La Llorona de La MontañaEn los pueblos de La Montaña, donde las noches se vuelven más oscuras que la boca de un lobo y e...
10/02/2026

La Llorona de La Montaña
En los pueblos de La Montaña, donde las noches se vuelven más oscuras que la boca de un lobo y el aire baja helado desde los cerros, hay una creencia que nadie se atreve a discutir… porque quien la ignora, termina pagando con el susto más grande de su vida.
Dicen los viejos, los abuelos que se sientan junto al fogón, que La Llorona no se escucha como cualquier alma en pena. No… esa cosa tiene su propia regla.
—“Si la oyes cerquita… no te confíes, porque anda lejos.”
—“Pero si la oyes lejos… ahí sí reza, porque ya la tienes encima.”
Y esa advertencia no es cuento para espantar niños… es consejo para sobrevivir.
Esto pasó hace muchos años, por los caminos de terracería que conectan los pueblos entre barrancas y ríos. Fue por allá, rumbo a una vereda que baja hacia el arroyo, donde el agua corre como si trajera secretos enterrados.
Un hombre llamado Eusebio, conocido por ser valiente y necio, regresaba tarde de una fiesta. Venía caminando con su morral al hombro y su lámpara de mano, alumbrando apenas lo suficiente para no caer entre las piedras.
La luna estaba tapada por nubes y el monte parecía respirar… como si algo se escondiera entre los árboles.
A esas horas, en La Montaña, ya nadie anda afuera. Las casas se cierran temprano, los perros se meten debajo de las camas, y hasta los grillos se callan.
Pero Eusebio iba confiado.
Hasta que escuchó el primer lamento.
—“Aaaaaaay… mis hiiiijos…”
Se escuchó… lejos. Como si viniera desde la barranca, del otro lado del cerro.
Eusebio se detuvo en seco.
El sudor le bajó por la espalda, aunque el aire estaba frío. Tragó saliva y se acordó de lo que decía su abuela.
“Si la oyes lejos… está cerca.”
Pero él, terco, soltó una risa nerviosa.
—No, hombre… son cuentos de viejas —murmuró, apretando la lámpara.
Siguió caminando.
Los árboles se hicieron más altos. La vereda se volvió más angosta. El viento soplaba como si alguien estuviera susurrando entre las ramas.
Entonces se volvió a escuchar.
—“Aaaaaaay… mis hiiiijos…”
Ahora sonó más cerca… como si viniera detrás de él, pero todavía lejos, como eco en el monte.
Eusebio volteó rápido, levantando la lámpara.
Nada.
No había nadie. Solo el camino vacío y la oscuridad tragándose todo.
Siguió caminando más rápido.
Y entonces… ocurrió lo que nadie quiere escuchar en una noche así.
El lamento volvió.
Pero esta vez… se escuchó muy lejos, como si estuviera hasta el fondo del río, como si ya se hubiera alejado.
Eusebio respiró aliviado.
—Ya ven… estaba lejos —dijo, intentando convencerse.
Pero en ese instante, el aire cambió. Se puso pesado. Se puso helado. Y la lámpara comenzó a parpadear.
Y ahí fue cuando recordó el dicho completo…
“Si se escucha lejos… es porque ya la tienes cerca.”
El monte quedó en silencio absoluto.
Ni grillos.
Ni ranas.
Ni perros.
Solo el sonido de su respiración y su corazón golpeándole el pecho como tambor.
Eusebio quiso seguir caminando, pero las piernas ya no le respondían igual. Sentía que algo lo miraba desde la oscuridad.
Entonces, a un lado del camino, cerca de un mezquite torcido… se escuchó un suspiro.
No fue un grito.
Fue un suspiro… como de mujer cansada.
Eusebio giró lentamente la lámpara.
Y la luz alcanzó a iluminar… un pedazo de vestido blanco, sucio, mojado… como si esa cosa hubiera salido del río.
Se veía una silueta parada, inmóvil.
Cabello largo, negro, cubriéndole la cara.
Los pies… no se le miraban bien, porque parecía que flotaba apenas sobre la tierra.
Eusebio se quedó congelado.
Su boca se secó.
Su lengua no se movía.
Su cuerpo no obedecía.
Y en un hilo de voz, apenas pudo decir:
—¿Quién… quién anda ahí?
La figura no contestó.
Solo levantó lentamente la cabeza.
Pero no se le vio el rostro… solo oscuridad, como un hueco profundo.
Y entonces, a un metro de él… sonó el lamento.
Ya no como eco.
Ya no como rumor.
Sino como si se lo gritaran dentro del oído:
—“AAAAAAY… MIS HIIIIIJOOOOS…”
Eusebio soltó un grito y corrió como nunca en su vida.
Corrió por la vereda, tropezando con piedras, cayendo, levantándose, sin mirar atrás. Sentía que el aire lo perseguía, que el monte se le venía encima, que algo rozaba su espalda.
Y mientras corría… el lamento sonaba lejos.
Lejos… lejísimos…
Pero cada vez que lo escuchaba más lejos… más cerca lo sentía.
Como si esa cosa estuviera jugando con él.
Como si se metiera en su sombra.
Cuando por fin vio las primeras casas del pueblo, gritó con todas sus fuerzas. La gente abrió las puertas, algunos salieron con lámparas, otros con machete en mano.
Eusebio cayó de rodillas en medio del camino, temblando.
—¡Ahí viene… ahí viene! —lloraba como niño.
Un viejo se le acercó y lo agarró del hombro.
—¿La escuchaste lejos, verdad?
Eusebio asintió, sin poder hablar.
El viejo solo bajó la mirada y dijo algo que todavía se cuenta hasta hoy:
—Entonces sí la viste… porque cuando se escucha lejos… es porque ya la traes respirándote en la nuca.
Eusebio nunca volvió a ser el mismo.
Desde ese día no caminó de noche. No volvió a tomar. No volvió a reírse de las historias.
Y cuentan que, semanas después, cuando ya parecía que se le había pasado el susto… una madrugada despertó gritando, empapado en sudor.
Decía que había escuchado, dentro de su casa… detrás de la puerta…
Un llanto bajito.
Y una voz que le susurró:
—“Devuélveme a mis hijos…”
Desde entonces, en La Montaña de Guerrero, cuando alguien escucha ese grito en el cerro… nadie pregunta quién anda.
Solo cierran puertas, apagan luces… y rezan.
Porque todos saben…
si la Llorona se escucha cerca, es porque está lejos…
pero si se escucha lejos… es porque ya está ahí… justo detrás de ti.

Recopilación, adaptación y redacción por:
Vladimir Gómez

09/12/2025

Buenas noches.
Pronto estaremos de regreso con LIVE

Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas, una niña llamada Sofía. Tenía ocho años y solía jugar sola en e...
14/12/2024

Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas, una niña llamada Sofía. Tenía ocho años y solía jugar sola en el jardín trasero de su casa, donde un viejo columpio colgaba de un árbol centenario. Aunque el columpio crujía con cada movimiento, Sofía lo amaba.

Una tarde, mientras el sol comenzaba a ocultarse, Sofía notó algo extraño. El columpio se movía solo, como si alguien invisible lo impulsara. Intrigada, se acercó, y de pronto sintió una brisa helada rozarle la mejilla. Fue entonces cuando la vio: una mujer de cabello largo y vestido blanco, con ojos oscuros y vacíos que parecían absorber toda la luz.

La mujer le sonrió suavemente.
—¿Quieres jugar conmigo, Sofía? —preguntó con una voz que parecía salir de todas partes.

Sofía, asustada pero extrañamente atraída por la mujer, respondió:
—¿Quién eres?

—Soy Lucía —contestó—. Vivía aquí hace mucho tiempo, pero ahora estoy sola. Ven conmigo, prometo que nunca te sentirás sola otra vez.

Sofía sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Su madre siempre le había dicho que no hablara con extraños, pero Lucía parecía tan amable. Sin embargo, algo en sus ojos le daba miedo.

En ese momento, una anciana vecina apareció corriendo al jardín, agitando un rosario en la mano.
—¡Déjala en paz, Lucía! —gritó con voz firme.

La figura de la mujer se desvaneció en el aire como niebla al amanecer. La vecina abrazó a Sofía y le explicó que Lucía era el espíritu de una mujer que había perdido a su hija muchos años atrás. Desde entonces, rondaba buscando llevarse a niñas para llenar el vacío de su soledad.

Esa noche, Sofía prometió nunca más jugar sola al atardecer. Aunque el columpio seguía columpiándose de vez en cuando, ella sabía que no estaba sola, y que Lucía siempre estaría cerca, esperando.

“SI YA TE ACOSTASTE NO SALGAS”
16/07/2024

“SI YA TE ACOSTASTE NO SALGAS”

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Cuéntanos una leyenda o relato, y la grabaremos para nuestro canal de TikTok
16/07/2024

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