10/02/2026
La Guerra de los Nahuales en Tlatlauquitepec municipio de Atlixtac Guerrero.
En la Región Montaña de Guerrero, cuando el viento baja helado desde los cerros y la neblina se mete entre los árboles como si tuviera vida, la gente ya no se atreve a caminar sola por las veredas.
Porque aunque hoy muchos se burlen y digan que son cuentos de antes… los abuelos todavía aseguran algo:
—“Los nahuales existen…”
—“Y no todos son malos.”
Aquí se cree que los nahuales son personas que nacen con un don extraño, una marca que no se ve en la piel, pero se siente en el alma. Gente que puede transformarse en animal del monte: perro negro, coyote, tecolote, jaguar, venado… o cualquier criatura que el bosque acepte.
Pero hay algo que casi nadie sabe.
O que casi nadie quiere decir.
Porque no es un cuento cualquiera…
Dicen que hace muchos años, cuando todavía se respetaban las sombras, los nahuales no vivían escondidos como ahora.
Antes se movían libremente.
Y en aquellos tiempos, se desató algo que estremeció la Montaña entera…
una guerra.
En el pueblo de Tlatlauquitepec, municipio de Atlixtac, Guerrero, se cuenta que esa guerra no fue de hombres con machetes ni de soldados con rifles.
No…
Fue una guerra de criaturas.
Una guerra de ojos rojos en la oscuridad.
Una guerra de gritos que no eran humanos.
Y empezó por una razón sencilla…
El equilibrio se rompió.
Los abuelos dicen que había nahuales buenos, que protegían a la gente del pueblo, que cuidaban el monte, los animales y las milpas. Esos nahuales se transformaban para vigilar los caminos, para ahuyentar al mal, para que los niños pudieran dormir tranquilos.
Pero también había nahuales malos.
Nahuales que no se convertían para cuidar…
sino para cazar.
Nahuales que disfrutaban el miedo.
Que robaban ganado, atacaban animales, y espantaban a los caminantes en las barrancas.
Y una noche, en temporada de lluvias, cuando la luna apenas se veía entre las nubes, un grupo de hombres regresaba tarde de trabajar.
Venían bajando por un camino, rumbo al cerro de Chinikisko, entre las veredas oscuras y los montes que rodean Tlatlauquitepec, cuando de pronto escucharon un chillido.
No era un chillido común.
No era de coyote…
no era de perro…
Era un chillido que parecía de mujer… pero también parecía de bestia.
Como si algo estuviera sufriendo… o como si algo estuviera llamando desde el fondo de la barranca.
Uno de ellos, un hombre viejo, se persignó y dijo con la voz temblorosa:
—No se detengan… caminen.
Pero ya era tarde.
Entre los árboles apareció un animal enorme, oscuro, con el cuerpo de un perro… pero con los ojos de un hombre.
Y detrás de él, otros más.
Coyotes grandes, casi del tamaño de un b***o.
Un tecolote negro, enorme, con alas que parecían manta extendida.
Y un cerdo salvaje que caminaba raro… como si su sombra fuera humana.
Los hombres corrieron.
Pero el monte se cerró.
Los árboles se veían más juntos.
La neblina los envolvió.
Y en esa neblina se escucharon carcajadas… carcajadas que no eran de animal, sino de persona.
Dicen que esa noche murieron tres hombres.
Y al día siguiente los encontraron tirados cerca de una barranca, con la cara pálida, como si el alma se les hubiera salido por los ojos.
Fue ahí cuando los nahuales buenos dijeron:
—Ya basta.
Los abuelos cuentan que en aquellos años existía un hombre, curandero y rezandero, al que todos respetaban. Decían que ese viejo era nahual, pero de los buenos.
Le decían El Guardián del Cerro, porque nadie sabía dónde vivía, pero siempre aparecía cuando había peligro.
Ese hombre reunió a otros como él, y les habló claro:
—Si los malos siguen, el pueblo se va a quedar sin gente.
Y entonces empezó la guerra.
Una guerra silenciosa.
Una guerra que no se peleaba en el día…
sino en la noche.
La gente del pueblo empezó a notar cosas extrañas.
Los perros se metían debajo de las casas y no salían.
Los gallos cantaban a medianoche, como si ya fuera de madrugada.
Los b***os rebuznaban desesperados, mirando hacia el monte.
Y lo peor…
se escuchaban golpes en los cerros.
Como si dos animales enormes chocaran entre sí.
Como si el mismo cerro estuviera peleando.
Una madrugada, un anciano que vivía cerca de una barranca juró haber visto algo que jamás se le borró.
Dijo que vio un jaguar negro, enorme, peleando contra un coyote de ojos rojos. Pero no peleaban como animales…
Peleaban como hombres.
Se aventaban.
Se golpeaban.
Y cuando el jaguar rugía… se escuchaba como grito humano.
Y cuando el coyote chillaba… parecía risa.
La tierra temblaba.
Las piedras rodaban.
Y el aire olía a sangre.
Dicen que esa guerra duró semanas.
Y que en esas noches, el pueblo entero se encerraba temprano. Nadie prendía fogones, nadie salía ni a orinar, porque decían que un nahual malo podía llevarse el alma nomás con mirarte.
Las mujeres rezaban.
Los hombres dejaban machetes afuera de la casa, cruzados, como señal de protección.
Y algunos ponían tijeras abiertas debajo de la almohada, porque decían que eso cortaba el mal.
Hasta que llegó la noche más pesada.
La noche donde se decidió todo.
Los abuelos cuentan que esa noche la luna estaba roja, como si estuviera sangrando. Y en el cerro más alto, cerca de Tlatlauquitepec, se escuchó un aullido que se oyó hasta en los pueblos vecinos.
No era un aullido cualquiera.
Era un llamado.
Un reto.
Los nahuales buenos y malos se reunieron en el monte… y lo que ocurrió ahí nadie lo vio completo, porque nadie se atrevió a subir.
Pero dicen que el cielo se nubló de golpe.
Que los árboles se movían aunque no hubiera viento.
Que los perros lloraban.
Y que desde lejos se escuchaban gritos… gritos como de gente quemándose viva.
Al amanecer, la neblina bajó más espesa que nunca.
Y en la orilla del camino encontraron huellas…
Huellas de coyote.
Huellas de jaguar.
Huellas de hombre.
Todas mezcladas.
Y cerca de una barranca, encontraron un sombrero viejo, lleno de sangre.
Dicen que ahí fue donde cayó el líder de los nahuales malos.
Y que los nahuales buenos hicieron un juramento:
—No volveremos a pelear cerca del pueblo.
Pero también juraron otra cosa:
—Si algún día el mal regresa… regresaremos también.
Con el tiempo, las historias se fueron apagando. Los jóvenes empezaron a decir que eran cuentos para asustar.
Que eso ya no existía.
Que los nahuales eran puro invento.
Pero los abuelos…
los abuelos no se ríen.
Porque ellos recuerdan.
Y todavía hoy, en Tlatlauquitepec, cuando cae la noche y la neblina baja por las barrancas, algunos ancianos se quedan callados mirando hacia el monte…
y dicen en voz baja:
—Todavía andan…
—Nada más que ya no se dejan ver.
—Porque la guerra no terminó…
—solo se escondió.
Y cuentan que si alguna vez caminas solo por el cerro y escuchas un animal respirando detrás de ti…
no voltees.
Porque si volteas y ves ojos rojos…
ya no estás viendo un animal.
Estás viendo a alguien que te está mirando desde otra piel.
Y en la Montaña…
cuando un nahual te mira…
es porque ya te eligió.
Recopilación, adaptación y redacción por:
Vladimir Gómez