04/06/2026
—¡Lo odio, papá! ¡Ojalá todo le salga mal!
Eso fue lo primero que gritó el niño al entrar, pateando el suelo con rabia.
Estaba furioso.
—¡Pedro me humilló frente a todos! ¡No quiero volver a verlo!
Su padre lo miró en silencio… y no lo interrumpió.
Dejó que hablara, que sacara la tormenta.
Y cuando terminó, simplemente dijo:
—Ven conmigo.
Caminaron al fondo del patio.
El papá cargaba un costal lleno de carbón.
Se detuvo frente al tendedero donde colgaba una camisa blanca y le dijo:
—Imagina que esa camisa es Pedro.
Cada pedazo de carbón en este costal representa el rencor que sientes.
Tíralo todo. Hasta el último. Apunta a la camisa.
El niño obedeció. Lanzó uno por uno con todas sus fuerzas.
Pero la camisa estaba lejos, y muy pocos le dieron.
Eso sí… cuando terminó, tenía las manos, la cara y la ropa manchadas de negro.
El padre lo llevó frente a un espejo.
El niño se vio… y quedó en shock.
Estaba cubierto de carbón.
Y entonces, su papá le dijo:
—La camisa quedó sucia, sí…
Pero mírate a ti.
Tú te manchaste más que nadie.
Así es el rencor.
Cuando lanzas odio, lo primero que ensucias… es tu alma.
La rabia parece fuerte… pero el que la carga, siempre pierde.
Por eso, cuida tus pensamientos.
Porque se convierten en palabras…
Tus palabras, en acciones…
Tus acciones, en hábitos…
Tus hábitos, en carácter…
Y tu carácter, en destino.
A veces creemos que desearle el mal a alguien nos alivia…
Pero la única vida que realmente se envenena… es la nuestra.
—¿A quién estás manchando tú hoy con tus pensamientos?
Créditos al autor, tomado de la red.