29/08/2026
¿𝙋𝙤𝙧 𝙦𝙪𝙚́ 𝙚𝙨 𝙩𝙖𝙣 𝙗𝙪𝙚𝙣𝙖 𝘾𝙤𝙮𝙤𝙩𝙚 𝙫𝙨. 𝘼𝙘𝙢𝙚?
(𝘼𝙡𝙚𝙧𝙩𝙖: 𝙎𝙥𝙤𝙞𝙡𝙚𝙧𝙨 𝙙𝙞𝙧𝙚𝙘𝙩𝙤𝙨 𝙙𝙚𝙡 𝙘𝙖𝙩𝙖́𝙡𝙤𝙜𝙤 𝘼𝘾𝙈𝙀)
La película que Warner Bros. quiso convertir en una deducción fiscal terminó llegando a los cines para recordarnos que, a veces, hasta el Coyote consigue alcanzar al Correcaminos.
Coyote vs. Acme llegó después de haber sido declarada prácticamente mu**ta, embalsamada y enlatada por un estudio de Hollywood y, durante un tiempo, destinada a convertirse en algo mucho menos glamuroso que una película: una cifra en una declaración fiscal.
Lo maravilloso es que, después de semejante viaje, la cinta finalmente está en cartelera.
Y resulta que no estaba tan mal.
De hecho, está bastante bien.
Lo cual, considerando la cantidad de ejecutivos que durante años hicieron todo lo posible para que nadie pudiera verla, debe ser una pequeña tragedia corporativa.
Porque si algo ha demostrado Coyote vs. Acme es que la realidad tiene un sentido del humor extraordinario: hicieron una película sobre un personaje aplastado sistemáticamente por una corporación y luego intentaron hacer exactamente lo mismo con la película.
El Coyote descubrió el sistema judicial
Durante décadas, Wile E. Coyote ha tenido una estrategia profesional bastante sencilla: comprar un producto ACME, perseguir al Correcaminos, utilizarlo de manera probablemente irresponsable y terminar convertido en una mancha contra el paisaje.
Una y otra vez.
Bomba.
Yunque.
Cohete.
Acantilado.
Explosión.
Y vuelta a empezar.
Pero alguien tenía que decir basta.
Así que el Coyote hace lo que cualquier ciudadano razonablemente desesperado haría después de años de productos defectuosos: demanda a ACME.
La premisa, basada en el célebre texto humorístico de Ian Frazier publicado originalmente en The New Yorker, convierte el eterno gag del fracaso en una comedia judicial. Y ahí está buena parte de su encanto: lo que durante décadas fue un simple chiste de caricatura adquiere una lógica inesperadamente adulta.
El Coyote ya no es solamente el pobre desgraciado que cae por un barranco.
Ahora es un consumidor inconforme.
Un damnificado.
Un ciudadano que finalmente descubrió que existe algo más poderoso que un cohete ACME:
un buen abogado.
El abogado que probablemente tampoco tenía muchas opciones
Will Forte interpreta a Kevin Avery, un abogado de poca m***a que termina aceptando el caso y encontrando en él algo que parecía haber perdido hacía tiempo: una razón para pelear.
Y eso funciona porque la película entiende algo bastante humano: muchas veces, los grandes defensores de las causas imposibles son precisamente aquellos que también se sienten derrotados.
En la esquina contraria aparece John Cena como Buddy Crane, el abogado de ACME, una especie de tiburón corporativo que probablemente desayuna contratos de confidencialidad y cena cláusulas de exención de responsabilidad.
Cena se divierte.
Mucho.
Y uno sospecha que Hollywood le dio un personaje así porque alguien tenía que interpretar al abogado que mira una tragedia humana y responde:
“Está contemplado en los términos y condiciones.”
Una película para niños con una conversación bastante adulta
Aquí está una de las virtudes más interesantes de Coyote vs. Acme.
No necesita convertirse en un panfleto anticapitalista para hablar de algo bastante reconocible: qué ocurre cuando una persona común se enfrenta a una corporación que tiene más abogados, más dinero y más recursos que él.
Para los niños están las explosiones, las persecuciones, los golpes y el humor físico de los Looney Tunes.
Para los adultos está la letra pequeña.
Y todos sabemos que pocas cosas son más aterradoras que la letra pequeña.
Bueno, quizá un correo de Recursos Humanos que empiece con:
“Estimado colaborador…”
La película consigue así algo que Hollywood suele complicar innecesariamente: entretener a los niños sin tratar a los adultos como si fueran idiotas.
Y eso, en estos tiempos, ya empieza a parecer una innovación cinematográfica.
Y entonces ocurre algo que nadie esperaba
Pero hay un momento en Coyote vs. Acme en el que las explosiones, los abogados, las corporaciones y los chistes dejan de importar.
Coyote y Correcaminos están frente a frente en la sala de juicio.
El juez mira al ave y le hace una pregunta aparentemente sencilla:
—¿Considera al Coyote su amigo?
Y el Correcaminos responde que sí.
Sí.
El mismo Correcaminos al que Wile E. Coyote lleva más de seis décadas persiguiendo.
El mismo al que ha intentado atrapar con trampas, cohetes, catapultas, dinamita, imanes, resorteras y toda clase de artefactos que cualquier departamento de seguridad laboral habría prohibido hace muchísimo tiempo.
Y, sin embargo, ahí está.
Diciendo que es su amigo.
Es uno de esos momentos que desarman al espectador porque, de pronto, entendemos que quizá nunca se trató realmente de atrapar al Correcaminos.
Tal vez se trataba de necesitarlo.
Porque ¿qué sería el Coyote sin el Correcaminos?
Y, más interesante todavía:
¿qué sería el Correcaminos sin el Coyote?
Uno corre.
El otro persigue.
Uno escapa.
El otro fracasa.
Uno existe porque el otro lo persigue y el otro persigue porque el primero existe.
Son enemigos por definición, pero complementarios por naturaleza.
Durante 60 años hemos visto al Coyote caer de precipicios, estrellarse contra paredes, incendiarse, explotar y quedar aplastado por objetos que desafían cualquier principio elemental de la física. Y siempre hemos esperado que, después del golpe, se levante y vuelva a intentarlo.
Porque sabíamos que lo haría.
Y porque, en el fondo, sabíamos que no quería dejar de hacerlo.
Quizá por eso esa respuesta del Correcaminos resulta tan conmovedora.
Porque detrás de seis décadas de persecución había algo que ninguno de los dos necesitaba decir.
Una especie de pacto.
Una relación extraña, absurda y perfectamente funcional en la que uno no podía vivir sin el otro.
El Coyote necesitaba perseguir al Correcaminos tanto como el Correcaminos necesitaba tener al Coyote detrás.
Y ahí está la verdadera genialidad de estos personajes.
Nos hicieron creer durante décadas que estábamos viendo una historia sobre un perdedor tratando de alcanzar a su presa.
Pero quizá siempre estuvimos viendo otra cosa:
la historia de dos personajes que encontraron su propósito en la existencia del otro.
Por eso, cuando el juez hace esa pregunta y el Correcaminos responde que sí, la carcajada desaparece.
Y queda algo mucho más bonito.
Una amistad que jamás necesitó abrazos.
Una amistad construida a base de persecuciones.
Una amistad en la que uno decía “beep beep” y el otro, probablemente, pensaba:
“Mañana lo vuelvo a intentar.”
Y quizá por eso, después de tantos años, seguimos queriendo que lo consiga.
Aunque todos sabemos que, si algún día el Coyote atrapa al Correcaminos, se acabaría la historia.
Y tal vez ésa sea la verdadera tragedia.
Porque algunas obsesiones no existen para ser cumplidas.
Existen para darnos una razón para seguir corriendo.
La mejor broma la escribió la realidad
Pero la verdadera joya de Coyote vs. Acme no está necesariamente en el guion.
Está en la historia de la propia película.
Warner Bros. terminó la cinta y posteriormente decidió archivarla como parte de una estrategia fiscal. La producción, que había costado decenas de millones de dólares, quedó durante años atrapada en ese extraño limbo de Hollywood donde una película puede estar terminada, tener actores, efectos, música, personajes y una historia completa… y aun así no llegar a existir para el público.
El filme fue finalmente adquirido por Ketchup Entertainment y llegó a los cines el 28 de agosto de 2026.
Y aquí aparece la ironía perfecta.
Una película sobre un individuo que se enfrenta a una corporación terminó enfrentándose a una corporación en la vida real.
Es difícil pedirle al departamento de marketing una campaña mejor.
Ni siquiera ACME habría podido diseñarla.
El Coyote contra el Corredor… y contra Hollywood
La recepción crítica tampoco ha sido unánime, y conviene decirlo. Hay especialistas que han señalado problemas de ritmo, algunos altibajos en el guion y cierta dificultad para mantener el equilibrio entre la comedia disparatada y la historia judicial.
Pero incluso sus detractores reconocen algo importante: la película tiene personalidad.
Y eso no es poca cosa en una industria que con frecuencia parece producir películas mediante una licuadora corporativa en la que se introducen nostalgia, franquicia, propiedad intelectual, tres cameos y una posibilidad razonable de vender juguetes.
Pum.
Película nueva.
Pum.
Secuela.
Pum.
Universo cinematográfico.
Pum.
Suscripción obligatoria.
Por eso resulta refrescante encontrarse con una película que simplemente quiere contar una buena historia y, de paso, recuperar el espíritu de unos personajes que llevan casi un siglo demostrando que la lógica no siempre es necesaria para hacer reír.
El veredicto
Quizá Coyote vs. Acme no sea la nueva ¿Quién engañó a Roger Rabbit?.
Ni necesita serlo.
Su verdadero triunfo es mucho más sencillo.
Sobrevivió.
Sobrevivió al estudio que intentó enterrarla.
Sobrevivió a los años de incertidumbre.
Sobrevivió al limbo corporativo.
Y finalmente llegó a las salas.
El Coyote, después de décadas de caer por precipicios, recibir yunques en la cabeza y ser víctima de sus propias decisiones, finalmente consiguió algo extraordinario:
ganarle una batalla a ACME.
Y quizá esa sea la mejor enseñanza de la película.
No importa cuántas veces te explote el cohete en la cara.
No importa cuántas veces falles.
No importa cuántas veces alguien con más dinero, más poder y más abogados te diga que no.
A veces hay que levantarse, sacudirse el polvo, mirar al horizonte y volver a intentarlo.
Aunque, eso sí, conviene leer primero las condiciones de uso.
Porque ACME siempre tiene una cláusula escondida.
Y Hollywood también.
𝓕𝓱𝓮𝓻 𝓜𝓾𝓷̃𝓸𝔃 𝓖𝓸́𝓶𝓮𝔃 🎙🖋
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