03/08/2026
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Adriana Abascal sueña un trono que ya no existe
Por El Duque de Santo Ton
La veracruzana Adriana Abascal, de 55 años, y el príncipe Manuel Filiberto de Saboya, de 54, han protagonizado en poco más de un año el romance más mediático de las revistas de chismes como Vanity Fair.
Se conocieron a principios de 2025 y se separaron en diciembre porque ella —católica practicante— no quería ser “la otra” mientras él seguía legalmente casado con la actriz francesa Clotilde Courau.
No obstante, todo el mundo sabe que ella cobró notoriedad en el jet set internacional cuando siendo una jovencita se hizo amante oficial de Emilio “El Tigre” Azcárraga Milmo, zar de los medios de comunicación de Latinoamérica, casado entonces con Paula Cusi.
Actualmente Adriana es una exitosa empresaria con aroma a dinero nuevo, propietaria de una firma de zapatos de lujo, conductora de televisión, además de coleccionista apasionada de arte moderno. Tanto en Francia como en España es considerada una gran dama, además de que conserva una belleza deslumbrante que parece aumentar con los años. Después de su romance con Azcárraga se casó dos veces, y económicamente no tiene nada de qué quejarse.
Aunque sin privilegios, Manuel Filiberto es príncipe de Venecia y de Piamonte, aspirante a la corona real italiana, la cual dejó de existir por plebiscito cuando su abuelo tenía un mes de haberla estrenado. A pesar de sus blasones, este aristocrático caballero no tiene derecho a tocar la fortuna que sus antepasados dejaron en cajas fuertes ni en cuentas bancarias. Mucha historia para presumir, poco dinero que gastar.
En abril de 2026, Adriana y Manuel Filiberto volvieron a verse en París con sonrisas de reconciliación. El príncipe, nieto del último rey de Italia y jefe de la Casa de Saboya en el exilio, anunció entonces que iniciaba los trámites de divorcio “para afrontar con responsabilidad” su nueva vida junto a Adriana, a quien describió como “un vínculo sólido y auténtico”.
Dos meses después, en junio, las mismas revistas que celebraban el reencuentro publicaban fotos exclusivas de Manuel Filiberto compartiendo mesa en el exclusivo restaurante Nobu de Milán, acompañado de una joven morena con la que estaba en evidente sintonía.
Hasta la fecha no hay comunicado oficial de ruptura, solo el runrún de siempre: él, que lleva años separado, pero nunca se había divorciado, parece incapaz de cerrar del todo un capítulo; ella, que viaja con altar en la maleta y comulga cada domingo, con la memoria distraída, ya demostró que no está dispuesta a ser la amante de un hombre casado.
La pregunta que queda flotando es si esta vez la paciencia de Adriana se ha agotado para siempre o si, como ella misma dijo en enero: “ningún capítulo se debe cerrar”.
Lo que está en juego no es solo un romance de segunda vuelta, sino el precio que una mujer de valores éticos, religiosos y económicos, está dispuesta a pagar por ser princesa real de Italia, un título que, desde 1946, ya ni siquiera existe.