20/09/2026
Cuando un niño llora,
muchas veces el adulto se incomoda,
quiere que deje de llorar,
que se calme,
que no haga ruido,
que “no pasa nada”.
Pero cuando un adulto llora,
el niño no pregunta demasiado.
No analiza.
No busca explicaciones.
No juzga.
Simplemente se acerca,
lo abraza fuerte
y se queda ahí.
Porque los niños todavía
no han aprendido a esconder lo que sienten.
No saben fingir indiferencia
cuando alguien que aman está triste.
No necesitan palabras complicadas
para demostrar que les importa.
Ellos no saben de psicología,
pero saben de amor.
No conocen todas las heridas
que puede cargar un corazón adulto,
pero reconocen el dolor
cuando lo ven en los ojos de alguien.
Y entonces abrazan.
Un abrazo pequeño
puede convertirse en refugio.
Una manita sobre el rostro
puede secar una lágrima.
Un “no llores”
dicho con inocencia
puede significar:
“No estás solo, yo estoy aquí.”
Qué hermoso sería
que los adultos aprendiéramos
un poco más de ellos.
Que dejáramos de preguntar
“¿por qué lloras?”
y comenzáramos a decir:
“Ven, aquí estoy.”
Que dejáramos de sentir vergüenza
por mostrar nuestras emociones
y entendiéramos que llorar
no nos hace débiles,
nos hace humanos.
Tal vez crecer
nos enseñó demasiadas cosas,
pero también nos hizo olvidar
algo esencial:
A veces no necesitamos consejos,
explicaciones ni soluciones.
A veces solo necesitamos
un abrazo sincero,
una presencia que no juzgue
y alguien que se quede.
Porque ellos todavía lo saben:
Cuando alguien que amas está llorando,
no siempre necesitas entender su dolor.
A veces basta con abrazarlo.
Ellos no saben de psicología…
pero saben de amor.
Y eso, muchas veces,
es todo lo que el corazón necesita. 🤍
Me gustó mucho ©️ D.R.