07/12/2025
Y entonces escuchamos esa frase tan repetida: “antes éramos más sanos”, “antes comíamos de todo y no pasaba nada”, “los niños antes eran más fuertes”.
Con todo respeto, hay que decirlo claro: paren de decir eso, porque no es verdad.
Hace 50 años, en México, la esperanza de vida apenas rondaba los 61–63 años. Hoy supera los 75 años. Eso significa que millones de personas antes ni siquiera alcanzaban a llegar a la vejez como ahora la conocemos. Las personas que hoy tienen entre 60 y 80 años pertenecen a las primeras generaciones que lograron vivir más tiempo gracias a los avances médicos.
Pero aquí viene una verdad incómoda: gran parte de quienes hoy viven con diabetes, hipertensión, sobrepeso, infartos, problemas articulares, daño renal, secuelas pulmonares por tabaquismo, hígado dañado por alcohol o deterioro cognitivo no se enfermaron de la nada. Están viviendo el resultado de décadas de hábitos construidos desde la infancia: mala alimentación normalizada, consumo excesivo de azúcar, mala alimentación, sedentarismo vuelto costumbre, nula educación en salud, refresco desde pequeños, cigarro normalizado.
No nos engañemos: no eran más sanos. Vivían menos y se cuidaban peor desde niños.
A muchos se les crió sin información, sin prevención y sin hábitos que protegieran la salud a largo plazo. Se fumaba frente a los niños como si no tuviera consecuencias, se comía por cantidad y no por calidad, nadie hablaba de actividad física diaria y las revisiones médicas casi siempre llegaban cuando ya había enfermedad.
El cuerpo aguanta durante años, pero tarde o temprano cobra la factura.
Por eso hoy vemos adultos mayores cargando con múltiples enfermedades. No porque antes se viviera mejor, sino porque hoy sí se logra vivir lo suficiente para que se manifiesten las consecuencias de lo que se hizo mal durante décadas.
La realidad es sencilla: la salud del adulto mayor se empieza a construir en la infancia. Lo que un niño come hoy, cómo duerme hoy, cuánto se mueve hoy, si se vacuna hoy y qué hábitos aprende hoy es lo que va a definir cómo va a vivir a los 40, 60 o 80 años.
Y dicho todo esto, algo muy importante: no se trata de juzgar el pasado. Antes se hacía lo que se podía con la información que se tenía. Nadie educaba desde la maldad, todos criaban desde lo que creían correcto.
Esta reflexión no es para señalar, es para entender: hoy sabemos más. Y cuando sabemos más, podemos hacerlo mejor.
No para sentir culpa, no para atacar a generaciones pasadas, sino para dejar de descalificar los esfuerzos actuales de crianza. Porque intentar cuidar mejor a los niños de hoy no es exageración… es simplemente usar lo que ahora sabemos para darles un futuro más sano.