Dr. Armando Chavarría Jaik - Pediatría & Cuidados Intensivos

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Dr. Armando Chavarría Jaik - Pediatría & Cuidados Intensivos Atención especializada para tus bebés y niños 👦🏼🧒🏽👶🏻aquí encuentras lo más actual.

Y entonces escuchamos esa frase tan repetida: “antes éramos más sanos”, “antes comíamos de todo y no pasaba nada”, “los ...
07/12/2025

Y entonces escuchamos esa frase tan repetida: “antes éramos más sanos”, “antes comíamos de todo y no pasaba nada”, “los niños antes eran más fuertes”.

Con todo respeto, hay que decirlo claro: paren de decir eso, porque no es verdad.

Hace 50 años, en México, la esperanza de vida apenas rondaba los 61–63 años. Hoy supera los 75 años. Eso significa que millones de personas antes ni siquiera alcanzaban a llegar a la vejez como ahora la conocemos. Las personas que hoy tienen entre 60 y 80 años pertenecen a las primeras generaciones que lograron vivir más tiempo gracias a los avances médicos.

Pero aquí viene una verdad incómoda: gran parte de quienes hoy viven con diabetes, hipertensión, sobrepeso, infartos, problemas articulares, daño renal, secuelas pulmonares por tabaquismo, hígado dañado por alcohol o deterioro cognitivo no se enfermaron de la nada. Están viviendo el resultado de décadas de hábitos construidos desde la infancia: mala alimentación normalizada, consumo excesivo de azúcar, mala alimentación, sedentarismo vuelto costumbre, nula educación en salud, refresco desde pequeños, cigarro normalizado.

No nos engañemos: no eran más sanos. Vivían menos y se cuidaban peor desde niños.

A muchos se les crió sin información, sin prevención y sin hábitos que protegieran la salud a largo plazo. Se fumaba frente a los niños como si no tuviera consecuencias, se comía por cantidad y no por calidad, nadie hablaba de actividad física diaria y las revisiones médicas casi siempre llegaban cuando ya había enfermedad.

El cuerpo aguanta durante años, pero tarde o temprano cobra la factura.

Por eso hoy vemos adultos mayores cargando con múltiples enfermedades. No porque antes se viviera mejor, sino porque hoy sí se logra vivir lo suficiente para que se manifiesten las consecuencias de lo que se hizo mal durante décadas.

La realidad es sencilla: la salud del adulto mayor se empieza a construir en la infancia. Lo que un niño come hoy, cómo duerme hoy, cuánto se mueve hoy, si se vacuna hoy y qué hábitos aprende hoy es lo que va a definir cómo va a vivir a los 40, 60 o 80 años.

Y dicho todo esto, algo muy importante: no se trata de juzgar el pasado. Antes se hacía lo que se podía con la información que se tenía. Nadie educaba desde la maldad, todos criaban desde lo que creían correcto.

Esta reflexión no es para señalar, es para entender: hoy sabemos más. Y cuando sabemos más, podemos hacerlo mejor.

No para sentir culpa, no para atacar a generaciones pasadas, sino para dejar de descalificar los esfuerzos actuales de crianza. Porque intentar cuidar mejor a los niños de hoy no es exageración… es simplemente usar lo que ahora sabemos para darles un futuro más sano.

Las escaleras eléctricas parecen algo totalmente cotidiano, están en todos lados: plazas, aeropuertos, supermercados… ca...
06/12/2025

Las escaleras eléctricas parecen algo totalmente cotidiano, están en todos lados: plazas, aeropuertos, supermercados… caminamos sobre ellas sin pensarlo demasiado hasta que vemos a un niño cerca y entonces sí aparece ese n**o en el estómago. Y no es exageración. Para un niño pequeño una escalera eléctrica no es solo “subir y bajar”, es una máquina grande en movimiento, con ranuras, escalones metálicos, barandales que se deslizan y orillas donde pueden atorarse zapatos, agujetas, dedos o ropa suelta. Muchos accidentes no pasan porque los niños sean imprudentes, sino porque nadie les enseñó cómo usarlas de manera segura; los subimos automático, como si no hubiera nada que aprender ahí.

La regla principal es simple: los niños pequeños siempre deben ir acompañados, de la mano y bajo supervisión directa. No es un lugar para soltarlos ni para dejarlos “practicar solos”. Los bebés o niños que todavía no caminan firme, mejor cargarlos. Los que ya caminan deben ir agarrados de la mano, subirse con seguridad y colocarse bien en el centro del escalón mirando al frente. Es importantísimo enseñarles que los pies deben ir bien apoyados y lejos de las orillas amarillas, porque justo ahí es donde más se atoran los zapatos. Por eso conviene evitar sandalias flojas, botas muy anchas o agujetas largas sin amarrar, y revisar que no lleven bufandas, suéteres colgantes o tiras de mochilas sueltas.

También necesitamos repetirles algo que cuesta mucho trabajo que entiendan: las escaleras eléctricas no son un juego. No se corre, no se br**ca de escalón, no se sientan, no se apoyan hacia afuera en los barandales ni se intenta subir por el lado contrario. Todo eso aumenta muchísimo el riesgo de caídas o de quedar atrapados. Vale la pena enseñarles cómo subir y bajar paso a paso: mirar los escalones, tomar la mano de mamá o papá, subir con un paso firme, quedarse quietos mirando al frente durante el trayecto, y al final prepararse para salir dando un paso largo sin detenerse. Muchos percances pasan justo cuando la escalera termina, porque el niño se queda parado, duda o tropieza al no anticipar la salida.

Y algo muy importante: ningún niño debe usar carriolas, triciclos o cochecitos en escaleras eléctricas. Para eso están los elevadores o rampas, no es negociable.

Como en tantas cosas de la crianza, no se trata de asustar ni de prohibir sin explicar. Se trata de enseñar con calma, repetir las reglas y dar el ejemplo hasta que se vuelva automático. La seguridad se construye antes del riesgo, con acompañamiento, con hábitos claros y con límites firmes. No es vivir con miedo, es enseñarles a moverse por el mundo de forma segura y confiada, incluso en algo tan cotidiano como subir una escalera eléctrica.

“Doctooor… ¿qué puedo tomar para producir más leche? Avena, cebada, atoles, pócimas, tés, cápsulas milagro, recetas here...
06/12/2025

“Doctooor… ¿qué puedo tomar para producir más leche? Avena, cebada, atoles, pócimas, tés, cápsulas milagro, recetas heredadas de la abuela… la lista es larguísima, y entiendo perfecto por qué nos encanta pensar que existe un líquido mágico o una pastillita que va a resolverlo todo de un solo golpe.
Pero la verdad la única verdad es mucho más simple: para producir más leche solo se necesitan dos cosas… agua y succión. Así, tal cual. El cuerpo produce leche según la demanda: entre más succiona el bebé, más señal recibe el cuerpo para fabricar. Y entre más agua toma mamá, mejor materia prima tiene para producirla. Y ya, no hay más secretos.

Los famosos atoles “milagrosos” sí, los milenarios de la abuela ¿funcionan? Si a veces parecen ayudar, no es por la avena o la cebada ni por ninguna receta especial, es porque llevan muchísima agua. El problema es que el atole llena mucho la panza, se siente pesado y termina haciendo que la mamá tome menos líquidos de los que realmente necesita. Resultado: menos hidratación… y menos producción.

Así que vámonos a lo simple, efectivo y real: más agua, más pecho, más succión. ¿Ya dije agua? No necesitas comprar tés, polvos especiales ni seguir rituales complicados. Tu cuerpo sabe producir y tu bebé sabe estimular, solo hay que darles las condiciones correctas para hacerlo.

Y algo bien importante: si algún día sientes que tu leche bajó o no alcanza, no es que estés haciendo algo mal. La lactancia cansa, deshidrata, agota y demanda muchísimo, y casi nadie nos lo dice así de claro. Esto no es falta de ganas, es falta de descanso, apoyo e hidratación. La solución no está en una pócima secreta… está en tu vaso de agua y en tu bebé al pecho.

Nos llenamos la boca diciendo: “Agüita hasta los 6 meses”…pero pocas veces explicamos el por qué, y cuando no entendemos...
05/12/2025

Nos llenamos la boca diciendo: “Agüita hasta los 6 meses”…
pero pocas veces explicamos el por qué, y cuando no entendemos la razón, el consejo se siente como un simple capricho médico.

La realidad es muy sencilla: antes de los 6 meses los bebés NO necesitan agua, porque todo el líquido que requieren ya viene perfectamente incluido en la leche materna o en la fórmula. Ambos contienen más del 85 % de agua, además de la cantidad exacta de sales y nutrientes que su cuerpo inmaduro puede manejar. Darles agua “por si hace calor” o “porque parece tener sed” no solo es innecesario: puede ser riesgoso. El riñón del bebé todavía no está listo para procesar exceso de agua y ofrecerla puede diluir minerales importantes en la sangre; además, el agua llena el estómago sin nutrir, haciendo que tomen menos leche, que es justo lo que sí necesitan para crecer.

Y algo muy importante para decirlo con calma, sin culpas: si en algún momento ya le diste uno o dos traguitos de agua a tu bebé y todavía no cumple los 6 meses, no pasa nada, no es veneno ni significa que ya hiciste algo grave. Lo que no se recomienda es ofrecer agua de forma habitual o como algo de todos los días antes de esa edad.

Por eso insistimos tanto en ese límite de los 6 meses: no es una regla arbitraria, es una indicación de seguridad.

Después de los 6 meses, cuando inicia la alimentación complementaria, ahora sí el cuerpo ya está listo para recibir pequeñas cantidades de agua. Y aquí aparece la siguiente duda: ¿por qué ofrecerla en vasito de boca ancha o con popote y no en biberón?

Porque el biberón mantiene el patrón de succión de la leche, y el agua no se toma igual. Usar vaso favorece una forma de beber más natural, estimula la coordinación boca-lengua-deglución, apoya el desarrollo del habla, fortalece los músculos orales y ayuda a que los niños no se queden “amarrados” al biberón durante años. Además, disminuye el riesgo de caries, problemas en la mordida y la dependencia al biberón para calmarse o dormir.

El vasito o el popote no son una moda: son herramientas sencillas para apoyar el desarrollo y sembrar hábitos saludables desde temprano.

Al final, cada recomendación tiene una razón de ser. No es exageración ni moda.

Hay algo que repito muchísimo en consulta cuando hablamos de aseos nasales o lavado nasal:No se trata de “sacar verdades...
04/12/2025

Hay algo que repito muchísimo en consulta cuando hablamos de aseos nasales o lavado nasal:

No se trata de “sacar verdades”… se trata solo de sacar moco. Nada más que eso.

Y para lograrlo, lo realmente importante no es la fuerza ni la velocidad, es el volumen. La cantidad de líquido que usamos es lo que permite que el moco se humedezca, se desprenda y salga. No la presión, no la rapidez, no el “hacerlo fuerte”.

Muchos papás creen que mientras más rápido o más potente entre el suero, mejor va a limpiar… pero pasa justo lo contrario. Cuando lo hacemos brusco, el niño se asusta,llora, se mueve, se incomoda, y al final el lavado termina siendo una batalla que estresa a todos y limpia poco.

El lavado nasal no es una prueba de resistencia, es algo mucho más sencillo: dejar que el agua arrastre el moco. Así funciona el cuerpo. El moco se mueve con cantidad de líquido, no con presión. Un chorro suave, constante y con buen volumen limpia mejor que una aplicación rápida, violenta o desesperada. El objetivo es humedecer, aflojar y arrastrar secreciones, no provocar dolor, llanto ni miedo.

En cuanto a los dispositivos, también vale la pena simplificar. No se necesitan aparatos sofisticados o caros. Lo más útil es cualquier herramienta que permita usar buen volumen de suero a baja presión: jeringas grandes sin aguja, botellitas presionables tipo squeeze bottle o dispositivos diseñados para irrigación nasal en bebés y niños. Todos funcionan bien si se usan con calma y sin forzar. Aquí lo importante no es la marca ni el diseño, sino cómo se utilizan: despacio, sin sorpresa, sin convertir el momento en algo violento.

Los aspiradores, ya sean manuales o eléctricos, pueden servir para retirar moco superficial que ya está en la entrada de la nariz, pero no sustituyen un buen lavado nasal, porque no limpian por dentro. El verdadero aseo ocurre cuando el volumen del suero entra, recorre la cavidad nasal y arrastra las secreciones hacia afuera.

Cuando hacemos el aseo nasal de esta manera, molesta menos, limpia mejor, los niños cooperan más, protegemos la mucosa nasal y dejamos de convertir algo que debería ser cuidado y alivio en un momento de estrés.

Porque el lavado nasal no es castigo ni tortura, es una herramienta sencilla para ayudarles a respirar mejor, a dormir mejor y a sentirse mejor.

Recuerda: no buscamos “sacar todo a la fuerza”, solo darle al cuerpo el agua necesaria para que el moco pueda salir solo. Despacio, con cariño y con volumen suficiente.

03/12/2025

¿Tu bebé no quiere comer? 🍽️👶
Muchas veces el apetito disminuye porque está consumiendo demasiada fórmula etapa 3 o mucha leche entera. Lo ideal es no pasar de 500 ml al día y reducir poco a poco estas cantidades.

También es importante eliminar la comida chatarra: eso llena, pero no alimenta.
Al hacer estos cambios, notarás cómo a tu bebé le regresa el apetito y empieza a comer mejor. 🧡✨

Me he dado cuenta de que no podemos pelear todas las batallas de la vida, pero sí podemos aprender a escoger las que rea...
03/12/2025

Me he dado cuenta de que no podemos pelear todas las batallas de la vida, pero sí podemos aprender a escoger las que realmente importan.

Ser mamá y papá no es fácil. Todos los días estamos decidiendo cuándo ceder… y cuándo sostenernos firmes, aunque sea incómodo. Y la verdad es que hay luchas que sí valen muchísimo la pena, porque construyen a largo plazo.

Estas son algunas de ellas:

Vale la pena pelear por la lectura. Por hacer que lean aunque al inicio no les encante. Porque leer no solo es acumular libros, es desarrollar su mente, su concentración, su lenguaje y su manera de ver el mundo.

Vale la pena pelear por que salgan afuera. Por menos pantallas y más calle, más parque, más sol, tierra, aire y movimiento. La naturaleza da cosas que no vienen en apps: asombro, calma, curiosidad, alegría real.

Vale la pena pelear por que trabajen en casa. Que ayuden, que trapeen, recojan, laven, ordenen. No por castigo, sino porque ahí aprenden responsabilidad, esfuerzo y valor del trabajo. Hay cosas que solo se entienden con las manos ocupadas.

Vale la pena pelear por comer juntos. Por la mesa compartida, aunque sea sencilla. Porque sentarnos a comer en familia recuerda algo que el ritmo del mundo intenta borrar: nada es más importante que estar juntos.

Vale la pena pelear contra el aburrimiento. No resolverlo siempre con una pantalla. El aburrimiento no es un enemigo, es un motor de creatividad. Dejar que observen por la ventana del coche, inventen juegos, lean, dibujen, imaginen. Aprender a aburrirse es aprender a crear.

Vale la pena pelear contra el “yo primero”. Enseñarles a ceder el turno, escoger la pieza más pequeña, compartir el control, ayudar a sus hermanos, aceptar a veces lo que menos les gusta. No para hacerlos sentir menos, sino para recordarles que el mundo no gira alrededor de ellos.

Vale la pena pelear por las conversaciones incómodas. Hablar de sexualidad, del cuerpo, de las relaciones, de valores. Aunque se sonrojen, aunque hagan cara rara, aunque a nosotros también nos cueste. Prefiero mil veces ser yo quien les hable de esos temas, y no que aprendan de cualquier lado.

Vale la pena pelear por los límites. Horas de pantalla, horarios, alimentación, descanso, actividades. Los límites no son castigo, son contención. Enseñarles a vivir dentro de ellos es uno de los regalos más grandes que podemos darles para la vida adulta.

Como papás no podemos ganar todas las batallas, ni tampoco escogerlas todas… pero estas, sin duda, son de las que valen completamente la pena luchar. Porque al final no se trata de criar niños “perfectos”, sino personas fuertes, conscientes, responsables y empáticas.

Inspirado en una reflexión de David Morris sobre las “8 batallas que vale la pena pelear en la crianza”,

La aerocámara es uno de esos dispositivos que parecen simples, pero hacen una diferencia enorme en el tratamiento respir...
02/12/2025

La aerocámara es uno de esos dispositivos que parecen simples, pero hacen una diferencia enorme en el tratamiento respiratorio de los niños.

Se usa junto con los inhaladores en spray para administrar medicamentos como salbutamol o esteroides inhalados en problemas como asma, broncoespasmo, sibilancias, bronquiolitis o tos persistente. Su principal función es ayudar a que el medicamento llegue realmente a los pulmones, que es donde debe actuar.

Cuando se utiliza el inhalador sin aerocámara, una gran parte del medicamento se queda pegada en la boca y en la garganta, y solo una pequeña cantidad alcanza las vías respiratorias. Con la aerocámara ocurre lo contrario: el aerosol se mantiene suspendido el tiempo suficiente para que el niño lo inhale adecuadamente, aumentando la eficacia del tratamiento.

Otro beneficio importante es que reduce efectos secundarios como irritación de garganta, infecciones por hongos en la boca o aumento innecesario de la frecuencia cardiaca, que pueden aparecer cuando el medicamento no se administra de forma correcta.

Es especialmente útil en bebés y niños pequeños, ya que no necesitan coordinar el disparo del inhalador con la inhalación. Basta con que respiren de manera tranquila mientras la mascarilla se mantiene bien colocada sobre nariz y boca. En niños mayores se puede usar la boquilla, con el mismo principio.

La forma correcta de usarla es muy sencilla: se agita el inhalador, se inserta en la parte posterior de la aerocámara, se coloca la mascarilla o boquilla sellando bien, se presiona una sola vez el inhalador y se deja que el niño respire de cinco a diez veces de manera normal. Si se requiere otra dosis, se espera entre treinta y sesenta segundos y se repite el proceso completo, siempre dando un disparo por cada tanda de respiraciones.

Algunos errores comunes son presionar varias veces seguidas el inhalador, retirar la mascarilla demasiado pronto, no agitar el dispositivo antes de usarlo o utilizar una aerocámara sucia. Para limpiarla basta lavarla una vez por semana con agua tibia y jabón suave, dejarla escurrir sin tallar por dentro y permitir que seque al aire, sin usar toallas.

En resumen, la aerocámara no es un accesorio, es una parte fundamental del tratamiento respiratorio. Permite que el medicamento funcione mejor, protege de efectos secundarios innecesarios y asegura que cada dosis se aproveche como debe ser, especialmente en nuestros niños.

Es más que una nota informativa, es una duda genuina… y de verdad me encantaría que se detuvieran a reflexionarla.Si yo ...
01/12/2025

Es más que una nota informativa, es una duda genuina… y de verdad me encantaría que se detuvieran a reflexionarla.

Si yo leo a alguien que sabe de coches un mecánico o un ingeniero automotriz y dice que para cuidar el motor hay que hacer cambios de aceite, casi nadie responde:
“Pues yo tengo un carro sin cambio de aceite y ahí anda jalando”.

Si escucho a un experto en finanzas decir que invertir es la mejor forma de cuidar un dinero, no solemos decir:
“Pues mi tío lo guarda debajo del colchón y le va mejor”.

Si un abogado explica que algo es ilegal, tampoco contestamos:
“Pues un sobrino lo hizo y ahí anda como si nada”.

Incluso si un arquitecto nos dijera que una pared necesita cimientos adecuados para no caerse, dudo que alguien dijera con seguridad:
“Pues mi primo construyó sin cimientos y su casa sigue en pie”.

En casi todo entendemos algo muy claro: que una experiencia aislada no vale más que el conocimiento de quien estudió, se preparó y trabaja todos los días con ese tema. Sabemos que “a alguien le fue bien” no convierte una mala práctica en algo seguro. Al final, casi todos coincidimos en una idea muy simple: “zapatero a tus zapatos”.

¿Entonces por qué cuando se trata de la salud de nosotros y, peor aún, de nuestros hijos de pronto todo se vuelve opinable?
¿Por qué aceptamos consejos de cualquier persona sin formación como si fueran equivalentes a la evidencia científica?
¿Por qué frases como “yo lo hice así y nada pasó” adquieren más peso que años de estudio, investigación y experiencia clínica?

Que algo no haya salido mal todavía no significa que esté bien hecho. Es exactamente igual que el coche sin aceite: puede seguir andando un tiempo… hasta que un día el daño aparece, y entonces ya es tarde para corregirlo.

La salud no debería ser el único terreno donde cambiamos conocimiento por anécdotas, evidencia por creencias, ciencia por tradiciones. No se trata de imponer ni de descalificar, sino de preguntarnos honestamente:
¿por qué en todo confiamos en los expertos… excepto cuando hablamos del cuidado de nuestros hijos?

Tal vez ahí sea donde más deberíamos hacerlo.

Como papá y como pediatra, hay cosas que simplemente no podría hacer con mi hijo, ni recomendarle a nadie que las haga… ...
30/11/2025

Como papá y como pediatra, hay cosas que simplemente no podría hacer con mi hijo, ni recomendarle a nadie que las haga… no por exagerado, no por amargado, sino porque ya vimos demasiadas veces cómo terminan esas historias.

Jamás dejaría que juegue con pirotecnia “nomás por diversión”, porque una chispa dura segundos… pero una quemadura se queda para siempre.
Jamás lo llevaría en un coche sin autoasiento, aunque sea “a la vuelta”, porque los accidentes no avisan ni respetan trayectos cortos.
Jamás permitiría que saque la cabeza por el quemacocos, aunque se ría y parezca escena de película… porque la física no tiene sentido del humor.
Jamás le daría refresco como si fuera agüita, sabiendo lo que hace el exceso de azúcar a su cuerpo desde tan chiquito.
Jamás dejaría de vacunarle “porque vi algo en redes”, cuando las vacunas han salvado millones de vidas.
Jamás lo dejaría horas en la alberca sin reaplicarle bloqueador, aunque esté nublado o “nomás esté jugando”, porque la piel de los niños también acumula daño.

Tampoco usaría andador, aunque todavía haya quien lo recomiende “para que camine más rápido”, cuando sabemos que no ayuda y sí aumenta riesgos.
No lo dejaría frente a pantallas por horas para que se entretenga o me dé chance, porque su cerebro necesita juego real, movimiento y vínculo, no solo luces y sonidos.
No le daría vitaminas “para aumentar defensas” o “para que crezca” sin indicación médica o algún deficit porque simplemente no funcionan.

No porque viva con miedo… sino porque sé lo frágiles que son y lo rápido que una decisión pequeña puede cambiar una vida.

Estudiar y prepararme para ser pediatra me ha dado el conocimiento del porqué de las cosas… pero ser papá me ha dado la empatía.
Y hoy tengo clarísimo que no se trata de ser perfectos eso es imposible, sino de tratar, todos los días, de hacer lo mejor que podemos por nuestros niños.

La andadera es un peligro con ruedas… y a la evidencia me remito.Y sí, ya sé lo que viene: “yo usé andadera y aquí ando”...
29/11/2025

La andadera es un peligro con ruedas… y a la evidencia me remito.
Y sí, ya sé lo que viene: “yo usé andadera y aquí ando”, “todos mis hijos usaron y nada pasó”, la misma cantaleta de siempre. Y claro, muchas personas la usaron y no tuvieron accidentes graves, pero eso no convierte algo en seguro ni en recomendable hoy que ya tenemos muchísima más información.

La realidad es esta: la andadera no ayuda a aprender a caminar. No entrena el equilibrio verdadero, no fortalece la musculatura que realmente se necesita para dar pasos y sí modifica la postura natural, empujando al niño a apoyarse en puntas, arquear la espalda y adoptar patrones que luego cuesta corregir. Además, es un riesgo real de accidentes: caídas por escaleras, choques contra muebles, acceso a lugares peligrosos o incluso quemaduras porque con ruedas llegan a donde antes no podían.

Por eso ya no se recomiendan.

Entonces… ¿qué sí hacer para ayudar a que tu hijo camine?

Lo mejor es lo más sencillo:
Piso seguro, espacio libre y mucho tiempo en movimiento. Que pase ratos en el suelo, que gatee, que se siente y se pare solito agarrándose de muebles, que camine “de ladito” apoyándose, que se anime a dar pasos hacia mamá o papá sin cargarlo todo el día. Jugar a empujar cajas, una sillita pesada, una mesa estable (no andaderas) ayuda muchísimo porque ahí sí trabaja equilibrio, piernas y coordinación reales.

Nada reemplaza al juego libre: subir, bajar, agacharse, ponerse de pie… ese caos hermoso es justo lo que el cerebro necesita para aprender a caminar.

¿Y cómo saber que ya está por caminar?

Empieza a ponerse de pie sin ayuda, se suelta de los muebles unos segundos, intenta dar uno o dos pasos, camina agarrado de una mano, se agacha y vuelve a levantarse sin caer… todo eso son señales claras de que su cuerpo ya está listo. Y cuando está listo, el caminar llega solo.

P.D. Tampoco necesita zapatos para aprender a caminar. En casa, ir descalzo es ideal: el pie siente el suelo, se fortalece el arco natural y mejora muchísimo el equilibrio. Los zapatos se reservan solo para proteger al salir, no para “enseñar a caminar”.

Caminar no se enseña con ruedas ni con prisas… se aprende con tiempo, movimiento y libertad.

Una de las cosas que más angustia a mamá y papá es ver a su hijo y pensar: “¿estará creciendo bien?”. Porque basta escuc...
29/11/2025

Una de las cosas que más angustia a mamá y papá es ver a su hijo y pensar: “¿estará creciendo bien?”. Porque basta escuchar a alguien decir “se ve flaquito” o “se ve muy gordito” para que se prenda la alarma, aunque el niño corra, juegue y parezca estar perfecto.

Y lo entiendo perfecto, porque todos evaluamos con los ojos. Comparamos con el primito, con el compañero de la guardería, con el niño de redes sociales o con el recuerdo de cómo estaba otro hijo a la misma edad. Pero hay una verdad que tenemos que aceptar: nuestros ojos no son instrumentos médicos. Por eso existen las benditas curvas de crecimiento.

Las curvas no son una gráfica bonita para llenar expedientes. Son la forma más objetiva, científica y justa de saber si un niño está creciendo como debe según su edad y su s**o. Nos quitan completamente la subjetividad del “yo siento que” o del “se me hace que” y nos dan datos reales. Cuando colocamos el peso y la talla de un niño en la gráfica podemos saber si está dentro del rango normal, si está más bajito o más alto para su edad, si su peso es acorde a su estatura, si hay riesgo de desnutrición, sobrepeso u obesidad, o incluso si existe alguna alteración en el crecimiento que amerite investigar.

Pero algo todavía más importante es que no vemos solo cómo está hoy, vemos cómo va en el tiempo. Tal vez un niño se vea flaco a simple vista, pero si siempre ha ido creciendo en la misma línea de su curva, de manera constante, entonces está perfecto para su cuerpo. Y también ocurre al revés: un niño puede verse “normal”, pero si su gráfica empieza a caerse o desviarse de repente, ahí sí se encienden las alertas. Las curvas no muestran solo una fotografía del momento, muestran la historia completa del crecimiento.

Y entonces entra otro punto clave: la genética. Muchos papás llegan preocupados esperando niños altos cuando ambos son bajitos, o esperando niños pequeñitos cuando mamá y papá son altos. Aquí aparece la talla diana, que es una estimación con base en la estatura de los padres y que nos permite saber hasta dónde es razonable esperar que llegue ese niño según su genética. Papás altos generalmente tendrán hijos altos; papás bajitos, hijos más chaparritos. No es una sentencia absoluta, pero sí marca el potencial de crecimiento. Las curvas nos ayudan a confirmar que el niño esté creciendo acorde a lo que genéticamente le toca. No todos los niños tienen que estar en los percentiles más altos para estar sanos; tienen que estar donde corresponde a su historia familiar. El problema no es ser bajo o alto, delgado o robusto. El problema es salirse de la trayectoria que le toca recorrer.

Por eso las curvas no existen para juzgar ni para generar miedo. Son una herramienta para acompañar, tranquilizar y actuar cuando realmente hace falta. Para decirle a una mamá: “Tu hijo es pequeño, sí, pero está creciendo perfecto para él.” O para detectar a tiempo cuando algo se empieza a desviar y podemos intervenir antes de que se convierta en un problema mayor.

Así que cuando alguien diga “lo veo flaquito” o “se ve gordito”, respira, voltea a ver la gráfica y deja que ella te cuente la verdadera historia del crecimiento de tu hijo.

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