26/08/2026
Soy de Juventino Rosas, Guanajuato
Una noche ibamos rumbo a Romerillo. Andábamos tomando, riéndonos y sin preocuparnos por nada. Entre nosotros iba una prima que, después de un rato, pidió que nos detuviéramos porque necesitaba ir al baño.
Nos orillamos y ella se bajó de la camioneta. Pasaron unos minutos cuando, de repente, escuchamos que nos gritó:
—¡Bájense! ¡Vengan a ver esto!
Nos acercamos y, cuando vimos lo que había en el suelo, se nos quitó un poco la risa.
Había varios velones clavados en la tierra, casi completamente consumidos. Alrededor encontramos limones partidos en forma de cruz, con una especie de polvo negro dentro. También había como tres pomos que contenían un líquido completamente negro.
Pero lo que más nos llamó la atención fueron unos papeles que estaban entre la tierra.
Los sacamos y vimos que tenían muchos nombres escritos. No recuerdo ninguno, pero calculamos que eran alrededor de veinte.
Como íbamos tomados y no estábamos pensando bien las cosas, comenzamos a burlarnos. Incluso empezamos a patear los velones, los limones, los pomos y los papeles, hasta deshacer todo lo que había ahí.
Nos reímos, subimos a la camioneta y nos fuimos.
Pero esa misma noche comenzó mi pesadilla.
Me acosté y, cuando estaba a punto de quedarme dormido, empecé a sentir un calor insoportable. Sentía que el cuerpo me ardía por dentro, como si alguien me estuviera quemando.
Intentaba dormir, pero cada vez que mis ojos comenzaban a cerrarse sentía algo debajo de la cama.
Primero pensé que era mi imaginación.
Hasta que sentí claramente cómo unas manos salían de debajo de mi cama y me agarraban de los pies.
Me levantaba de golpe, prendía la luz y no había absolutamente nada.
Apagaba la luz…
Y volvía a sentirlas.
Esa noche prácticamente no dormí.
A los pocos días llamé a mis amigos para contarles lo que me estaba pasando. Lo que me dijeron me dejó todavía más asustado.
A ellos también les estaban ocurriendo cosas extrañas.
Uno decía que escuchaba ruidos en su casa. Otro aseguraba que sentía que alguien lo observaba mientras dormía. Y otro había comenzado a tener pesadillas después de aquella noche.
Fue entonces cuando le conté todo a mi abuela.
Ella me escuchó y, en lugar de reírse, se quedó seria.
Me dijo:
—¿Por qué tocaron eso? Esas cosas nunca se tocan...
Mi abuela me llevó con un señor que se dedicaba a curar. Lo visité un par de veces y, poco a poco, aquellas cosas comenzaron a desaparecer.
Con el tiempo volví a dormir tranquilo y hoy estoy bien.
Pero hay algo que jamás voy a olvidar.
Tal vez algunos piensen que todo fue producto de la borrachera, del miedo o de nuestra imaginación.
Yo también podría haberlo pensado…
si no fuera porque mis amigos comenzaron a vivir cosas parecidas después de aquella noche.
Desde entonces tengo algo muy claro:
Si algún día vuelvo a encontrar velones, limones, papeles con nombres o cualquier cosa extraña en el camino…
no la toco, no me burlo y mucho menos la pateo.
Porque hay cosas que uno puede no creer…
hasta que le toca vivirlas.
Y desde aquella noche, yo aprendí algo a la mala:
El mal existe… y hay veces que es mejor no molestarlo...