30/05/2026
DESCUARTIZADO POR SUS VERDUGOS.
El padre Adolfo Mota nació en Almoloyan, Colima, México. Se ordenó sacerdote en 1907. Terminada la Guerra Cristera en 1929, el gobierno castigó a los pueblos de Zapotitlán, Copala y Santa Elena, quienes habían mostrado resistencia a los callistas, sometiendo a dichas poblaciones al abandono, la marginación y la separación del municipio; además, en el reparto de tierras ejidales se excluyó a todos los que habían defendido a la Iglesia católica.
Por eso el padre Adolfo denunciaba las injusticias que el gobierno cometía con la gente. En 1932 se dio la Segunda Cristiada, en la que los sacerdotes nuevamente fueron perseguidos. El padre, con su labor de reclamo, se había ganado la enemistad de los agraristas y de los hacendados de esa época, al grado de que la gente tenía que esconderlo en las casas y en las rancherías.
Una vez, celebrando la octava del Santísimo Sacramento en el templo de San Martín de Copala, el padre Adolfo expresó la siguiente oración:
«Señor Jesús, tus enemigos no se dan tregua en perseguirte. Desde esta Hostia Santa en donde resides vivo y verdadero, acepta el ofrecimiento que te hago de mi vida, en desagravio del odio de tus enemigos y para que reines en México».
El día 30 de mayo de 1932 unos hombres llegaron al curato de Zapotitlán y sacaron al padre con engaños de auxiliar a un enfermo; a poca distancia apareció un grupo de hombres armados que lo tomaron prisionero, lo montaron en un caballo y se lo llevaron con rumbo desconocido.
Posteriormente se supo que, después de cruzar el pueblo de Copala, aquellos hombres desalmados martirizaron al padre, le abrieron las plantas de los pies y lo hicieron caminar descalzo por el camino pedregoso. Y mientras caminaba, los malhechores lo iban descuartizando a machetazos, castrándolo e hiriéndolo en cada parte de su cuerpo, hasta dejarlo sin vida. Desde un sitio que llaman «el montón de piedras» lo arrastraron entre los potreros hasta llegar al cerro de San Isidro. En un zanjón del cerro dejaron el cuerpo del padre Adolfo, lo taparon con hojarasca y trataron de quemarlo para no dejar rastros.
Pasaron cuatro días y la gente de Zapotitlán y de Copala lo anduvo buscando en las barrancas y en las rancherías cercanas. El cuerpo mutilado fue encontrado por un campesino, quien dio aviso a las autoridades.
El vientre lo tenía casi vacío, sin intestinos; no tenía pies y le había sido arrancado el brazo derecho. El tronco y la cabeza, medio quemados, yacían en el zanjón. Los vecinos de Copala recogieron aquellos despojos y los llevaron a sepultar a Zapotitlán. El brazo fue encontrado varios días después, también por vecinos de Copala, Jal., quienes lo llevaron y, en una urna, lo enterraron respetuosamente en la capilla de su poblado.
Poco tiempo después, el nuevo párroco de Zapotitlán bendecía un monumento que la parroquia dedicó a la memoria del insigne sacrificado.