07/09/2026
EL APELLIDO PRESTADO Y LA CIRUGÍA EN LA PIERNA, LA HISTORIA QUE NADIE CONTÓ EN EL VELORIO DE ZENYAZEN Y NO SALDRÁ EN UNA "INVESTIGACIÓN PULCRA".
Por Juan Meza.
Tomado de El Moro.
Claudia Sheinbaum Pardo Rocío Nahle Palabra de veracruzano Fiscalía General del Estado de Veracruz El Moro NXT
Xalapa, Ver.- En el asfalto de Puente Nacional, donde la muerte no es una desconocida sino una inquilina perpetua que no paga renta, fue localizado este viernes el cuerpo inerte de Zenyazen Escobar García; un hallazgo que, más allá de la movilización de patrullas y el estruendo de sirenas que solo sirven para acordonar el vacío, confirma que en la geografía del Golfo la vida tiene el mismo peso que una promesa de campaña incumplida, y que ni siquiera los apellidos prestados alcanzan para blindar a un hombre contra la bala o el abandono.
Desde la molicie burocrática de San Lázaro, el señor Raúl Bolaños-Cacho Cué ha tenido a bien obsequiarnos con una frase para el bronce al demandar una “investigación pulcra”; un adjetivo que, en el diccionario de la simulación política mexicana, suele ser el prefacio de un carpetazo elegante o de ese peritaje artesanal donde las pruebas se lavan con la misma prolijidad con la que se barren las culpas debajo del tapete legislativo, mientras la viuda y los huérfanos se preguntan, con ese dolor que no entiende de protocolos, si la pulcritud llegará antes que el olvido.
Rocío Nahle, quien despacha hoy con los aires de quien cree tener el control de un estado que se le deshace entre las manos, envió sus condolencias de rigor a la familia del finado diputado morenista; cumpliendo así con ese protocolo de la hipocresía que prefiere la esquela en redes sociales antes que la verdadera eficacia de una fiscalía que, en Veracruz, parece más dedicada a la literatura fantástica que a la persecución del crimen, y que seguramente archivará este caso con la misma diligencia con la que se archivan los expedientes de los pobres.
La investigación, dicen los reportes con esa parsimonia que desespera al sentido común, busca establecer las circunstancias de un fallecimiento que ocurrió dentro de un vehículo convertido en féretro metálico; mientras tanto, la bancada de Morena y los corifeos del poder se rasgan las vestiduras en un teatro de sombras donde la justicia es apenas una palabra que suena bien en los discursos, pero que termina asfixiada por el humo de la pólvora y el silencio cómplice de las instituciones.
Pero hay una historia que no cabrá en los obituarios oficiales ni en los pésames de ocasión; una historia de hambre y de huesos torcidos que explica, mejor que cualquier peritaje, quién era realmente ese hombre al que hoy lloran los mismos que ayer le daban la espalda, porque Zenyazen Roberto no nació con el apellido Escobar, sino con el de García Luna, un apellido que cargaba como una condena heredada de un padre ausente y de una madre pobre que no tenía ni para el pan, mucho menos para enderezarle la pierna a su criatura.
El verdadero apellido de Zenyazen Roberto debió ser García Luna; así lo quiso la sangre y así lo dictó la desgracia de una progenitora que, con las manos vacías y el corazón roto, vio a su hijo pequeño cojear por una enfermedad congénita que le torcía la pierna y le torcía también el destino, porque en este país nacer pobre y enfermo es casi una sentencia de muerte, y la única salvación para aquel niño fue la caridad de un hombre llamado Víctor Escobar, quien le prestó su apellido para poder brindarle la cirugía que el pequeño Zenyazen Roberto necesitó en una de sus piernas.
Esa cirugía, una osteotomía, ese corte preciso en el hueso para realinearlo y devolverle al niño la posibilidad de caminar sin vergüenza, fue el precio que Víctor Escobar pagó con su nombre; un trueque de identidades donde el apellido funcionó como pasaporte para entrar al quirófano y salir de la miseria, porque en el México de las instituciones podridas, hasta para curar a un hijo ajeno hay que disfrazarlo de hijo propio, y así fue como Zenyazen Roberto García Luna se convirtió, por obra y gracia de la necesidad, en Zenyazen Escobar García.
Por esa circunstancia de la vida lleva el apellido Escobar; no por herencia de sangre, sino por herencia de la desesperación, por ese gesto de un hombre que, sin ser su padre, le dio lo que el padre biológico le negó, un nombre con el cual operarse, un apellido con el cual sobrevivir, y acaso también una deuda de gratitud que el diputado cargó hasta el día de su muerte, esa muerte que hoy las autoridades pretenden investigar con pulcritud, como si la pulcritud pudiera devolverle la pierna que un día le enderezaron o el apellido que un día le prestaron.
Y mientras los peritos buscan en el vehículo de Puente Nacional las huellas de un crimen que todos intuyen pero nadie nombra, la historia de aquel niño cojo que cambió de apellido para poder caminar se pierde entre los titulares; porque a este país no le interesan los orígenes de sus mu***os, solo le interesa contarlos, archivarlos y olvidarlos, y Zenyazen Roberto, el de la osteotomía, el del apellido prestado, el de la pierna enderezada por la caridad ajena, se suma hoy a esa lista interminable de cadáveres que la política mexicana devora sin masticar, mientras los vivos, con una hipocresía que ya no escandaliza a nadie, exigen justicia con la boca llena de discursos vacíos.