13/01/2026
Las heridas de la infancia son los patrones que repetimos según lo que vivimos en nuestros primeros años de vida. Surgen a partir de ciertas dificultades o experiencias dolorosas, por las cuales desarrollamos ciertas conductas para “sobrevivir” o tolerar lo que vivimos en ese momento. Sin embargo, pasa que seguimos repitiéndolas a lo largo de nuestra vida, una y otra vez, a pesar de que ya no sean necesarias, y, en ocasiones, sean inconvenientes.
¿Cómo se ven las heridas de la infancia?
Podemos ver estas heridas en distintos aspectos de nuestra vida. Quizás aparecen en nuestras relaciones, en emociones que nos es difícil controlar, o en los pensamientos que tenemos sobre nosotros mismos. Es importante recordar que TODOS tenemos estas heridas. No tenemos que haber tenido una infancia sumamente dolorosa para que estén. Surgen a partir de cualquier experiencia difícil, porque tuvimos padres imperfectos y porque no hay manera de salir ilesos de nuestros primeros años de vida.
Si bien cada persona tiene tendencias o patrones particulares según lo que ha vivido, existen 5 heridas de infancia principales que podemos tener en distintas formas o intensidades. Hoy te contamos cuales son:
Herida #1: Rechazo
Se refiere a las experiencias donde sentimos que no fuimos completamente aceptados por nuestro cuidador. Esta percepción puede haberse dado a partir de una experiencia muy clara de rechazo, como también a partir de experiencias que fueron interpretadas como tal. Quizás en ese momento no pudimos entender lo que realmente estaba pasando con nuestros cuidadores. Nos puede llevar a desarrollar patrones como:
Buscar la perfección: Tratar de no equivocarnos y nunca ser criticados.
Ser complacientes: Evitar desagradar a las personas para que nunca se molesten con nosotros.
No ser auténticos en nuestras relaciones: En el intento de buscar agradar podemos tender a adaptarnos mucho a las personas para ser queridos.
Herida #2: Abandono
El abandono se refiere a experiencias de soledad profunda. Puede ser porque una de las figuras parentales no estuvo presente o porque no hubo una conexión emocional profunda. Si bien actualmente se puede comprender qué estaba pasando realmente con nuestros cuidadores, en la niñez es probable que estas experiencias se tomen de manera personal. Nos puede llevar a desarrollar patrones como:
Tener una gran necesidad de aceptación: Podemos estar muy preocupados por la percepción que los demás tienen de nosotros. Incluso, más preocupados por cómo nos ven que por cómo nos sentimos en esa relación.
Hiper independencia: El depender de otros puede dar miedo, por lo que podemos preferir mantener cierta distancia en nuestras relaciones. Por ejemplo, al cuidar a otros emocionalmente, pero evitar que ellos nos cuiden.
Minimizar la importancia de las personas en nuestra vida: Puede suceder que por miedo a que nos dejen, nos encontremos fingiendo que las personas en nuestra vida no nos importan tanto, que nos da igual si están o si no quieren estar. Incluso, podemos tener la tendencia a salir de una relación de manera anticipada, por miedo a que la otra persona nos deje.
Herida #3: Humillación
Se refiere a experiencias en las que los cuidadores dieron el mensaje de que éramos “insuficientes”, “malos”, o que algo en nosotros era “inaceptable” o no merecedor de amor. Nos puede llevar a desarrollar patrones como:
Tener dificultades con el disfrute: Podemos sentir miedo frente a las emociones agradables, quizás pensar que no las merecemos o que habrá una consecuencia.
Tener baja autoestima: Podemos sentir que no nos merecemos cosas buenas, que no tenemos valor o que somos inferiores a los demás. También, puede aparecer una tendencia narcisista para compensar la baja autoestima.
Tener dificultades con el autocuidado: Podemos no sentirnos merecedores de autocuidado, lo que se puede evidenciar en una falta de atención a nuestro cuerpo y necesidades emocionales.
Herida #4: Traición
Se refiere a experiencias en las que alguien importante en nuestra vida realiza una conducta que rompe nuestra confianza o interfiere con nuestro bienestar. Se da con personas con las que hay una dependencia, especialmente en el caso de los cuidadores en edades tempranas, pero también se puede dar en la adultez en relaciones cercanas. Nos puede llevar a desarrollar patrones como:
Control: Podemos tener el deseo de influir en la vida de los demás, en sus decisiones y en su conducta.
Percepción negativa de los demás: Quizás asumamos precipitadamente que los demás tienen malas intenciones.
Percepción negativa y pesimista del mundo: Podemos asumir que el mundo es un lugar inseguro, complicado y que vamos a tener experiencias negativas frecuentemente.
Herida #5: Injusticia
Se refiere a la experiencia de haber tenido cuidadores fríos y autoritarios. Quizás solo nos dieron afecto a partir de nuestros logros, por lo que hubo una necesidad de “actuar” para recibir amor. Nos puede llevar a desarrollar patrones como:
Miedo a perder el control: Podemos buscar mantenernos controlados a toda costa. Que todo nos salga bien y no generar problemas.
Dureza: Podemos exigirle demasiado a nuestro cuerpo. Quizás no evidenciamos el sentirnos mal, el estar cansados, así como el tener dificultades emocionales. Podemos querer mostrarle al mundo que todo siempre está bien.
Búsqueda de poder y logro: Al haber recibido afecto cuando lográbamos algo, podemos mantener esta tendencia, teniendo expectativas muy altas para nosotros mismos.
¿Cómo sanar las heridas de la infancia?
Sanar las heridas emocionales de la infancia no es una tarea fácil. Venimos de patrones que hemos tenido por años, por lo que no los vamos a cambiar en un segundo. Tenemos condicionamientos que están tan profundos en nosotros que no se van a ir de un momento a otro porque los razonemos o porque los entendamos, pues sanar es un trabajo diario.
Es un trabajo de notar cuando algo nos gatilla, ver a qué situación pasada nos lleva, darnos espacio de sentir nuestras emociones y elegir responder distinto. Recuerda que solo sanamos cuando sentimos, y lo que resistimos, persiste. Y cuando finalmente nos damos la oportunidad de conectar con el dolor, validarlo y procesarlo es cuando las cosas realmente cambian.