07/04/2026
Hoy, hace un año, decidí tomar la mano de Dios.
Si algún día me pidieran mi testimonio sobre cómo mi fe se edificó, diría que no fue cuando me fui a un retiro por tres días, ni cuando adoré al Santísimo sin convencerme totalmente de que Él estaba ahí presente, tampoco cuando lloré por la representación de Él en la cruz. Tomé su mano cuando fue la única opción; en un momento en el que la tristeza se convertía en algo físico, la única cosa que pude hacer fue acercarme a Dios.
En el momento en que le pedí que me demostrara algo, al instante siguiente el sacerdote dijo: “No hay razón para estar tristes, el Señor ha resucitado”. Fue ahí cuando dije: “Está bien, Señor, aquí estoy”.
Me di cuenta de que su mano siempre estuvo ahí para mí, solo que yo jamás quise tomarla, hasta que no tuve más opción.
Mucho tiempo me pregunté si era necesario pasar por todas esas situaciones para encontrarlo, y después de todo, la respuesta llegó. Me di cuenta de que cada cosa en mi vida fue una piedra en el camino para llegar al Señor y a todas las cosas hermosas que Él trajo a mi vida.
Ahora estoy más que convencida de que, si tuviera que elegir ese camino otra vez, lo volvería a hacer, sabiendo que al final Él estaría ahí.
Hoy no soy perfecta, pero sí sé que Dios me acompaña en cada momento: en cada error, en cada caída, y también cuando me levanto.