28/08/2026
ACORIA: UNA SOLA TIERRA, UNA SOLA FAMILIA
Hoy quiero compartir una reflexión que nace de mis recuerdos, de aquello que mis ojos alcanzaron a ver desde niño y, principalmente, del inmenso cariño que siento por mi tierra: Acoria.
No escribo para juzgar a nadie. No escribo para señalar familias, comunidades ni personas. Mucho menos para despertar resentimientos.
Escribo porque amo a Acoria.
Y porque creo que, para construir nuestro futuro, también necesitamos recordar de dónde venimos, reconocer nuestros errores, valorar lo bueno que tuvimos y aprender a caminar juntos.
Aunque hoy me encuentre lejos, mi pensamiento sigue recorriendo las calles, caminos y comunidades de mi tierra.
EL ACORIA QUE CONOCIERON MIS OJOS DE NIÑO
Mis recuerdos más claros comienzan aproximadamente en 1976, cuando tenía seis años.
Recuerdo un Acoria lleno de movimiento.
La feria llenaba nuestras calles. Llegaban comerciantes desde Huancavelica y pobladores de diferentes lugares. Nuestros hermanos de las comunidades bajaban con sus productos y la capital distrital se convertía en un gran punto de encuentro.
El tren era fundamental.
Cuando llegaba, numerosos pasajeros descendían apresurados porque en el puente esperaba el único bus que continuaba rumbo a Paucará y Acobamba. Muchos corrían para alcanzarlo y continuar su viaje.
Yo era apenas un niño, pero todavía puedo recordar aquel movimiento.
Había gente que llegaba y gente que partía. Había comercio, intercambio y trabajo.
También recuerdo nuestro colegio, el instituto, una fábrica de caramelos y un centro donde se acopiaba la fibra de alpaca.
Ese era el Acoria que conocí y que permanece en mi memoria.
PERO NO TODO FUE BONANZA
También existió una realidad dolorosa.
Había diferencias sociales muy marcadas y nuestros hermanos provenientes del campo no siempre recibían el trato digno que merecían.
Algunas situaciones las conocí siendo niño, aunque entonces no alcanzaba a comprenderlas plenamente. Otras las fui conociendo con el paso de los años, escuchando atentamente los relatos de nuestros abuelitos y sabios adultos mayores de Acoria.
Ellos me hablaron, por ejemplo, del tajamar, una antigua práctica mediante la cual nuestros hermanos de las comunidades eran convocados para realizar trabajos en la capital, como la limpieza del río, el arreglo de caminos y otras labores relacionadas con la infraestructura del pueblo.
Son testimonios que considero importantes conservar porque forman parte de la memoria de nuestros mayores y nos ayudan a comprender cómo era la sociedad acoriana de aquellos tiempos.
No los recordamos para buscar culpables.
No los recordamos para dividirnos.
Los recordamos porque un pueblo que conoce su historia puede comprender mejor su presente y construir con mayor unidad su futuro.
También nuestras costumbres guardan capítulos de aquella realidad.
Durante muchos años he conversado con nuestros sabios adultos mayores para conocer la historia de nuestra Negrería de Acoria.
Sus testimonios cuentan cómo, antiguamente, hermanos provenientes del campo asumían por obligación responsabilidades relacionadas con determinadas festividades, dentro de una sociedad muy diferente a la que tenemos actualmente.
Recordarlo no disminuye nuestra Negrería.
Al contrario.
Nos permite comprender cómo una manifestación que atravesó diferentes etapas de nuestra historia terminó transformándose en una expresión cultural que hoy queremos, defendemos y transmitimos orgullosamente a nuestros hijos.
Nuestra cultura también cuenta nuestra historia.
Y conocer esa historia debe ayudarnos a comprendernos, nunca a enfrentarnos.
TAMBIÉN DEBEMOS CONOCER NUESTRA HISTORIA TERRITORIAL
Nuestros mayores nos hablaron también de grandes extensiones agrícolas y ganaderas que estuvieron vinculadas a Acoria y que alcanzaban lugares como Cachimayo, Pastales y Huando, territorios que con el transcurso de los años quedaron dentro de otras jurisdicciones.
Es una historia que merece conservarse, investigarse y documentarse.
No para reclamar desde el resentimiento ni para generar conflictos con nuestros pueblos hermanos, sino para que nuestros hijos y nietos conozcan cómo fue transformándose el territorio de sus antepasados.
Porque conocer nuestra historia también es fortalecer nuestra identidad.
ACORIA TAMBIÉN CAMBIÓ
Con el paso de los años aparecieron nuevos dirigentes, profesionales y líderes provenientes de nuestras comunidades.
Muchos estudiaron fuera de nuestra tierra y regresaron con nuevas ideas. Reclamaron igualdad, participación y el derecho de nuestros hermanos del campo a conducir también los destinos del distrito.
Fue parte de una transformación social necesaria.
Hoy la realidad es diferente.
Por eso considero que ha llegado el momento de superar definitivamente aquella antigua separación entre “los de la capital” y “los de las comunidades”.
Después de tantos años, la pregunta principal ya no debería ser quién viene de dónde.
La pregunta debería ser:
¿QUÉ PODEMOS HACER JUNTOS POR ACORIA?
Todavía tenemos comunidades que necesitan mejores vías de comunicación.
Hay lugares de nuestro propio distrito a los que llegar desde la capital puede tomar varias horas por caminos difíciles.
Nuestros jóvenes muchas veces tienen que salir para encontrar educación, trabajo y oportunidades.
Nuestra agricultura y nuestra ganadería necesitan fortalecerse.
Nuestros niños necesitan mejores condiciones para educarse.
Y nuestras comunidades necesitan estar verdaderamente conectadas.
Todo esto no es responsabilidad de un solo sector.
Es un desafío de todos.
ES TIEMPO DE SANAR
Quizás este sea el mensaje más importante que quiero dejar.
Hubo errores en nuestro pasado.
Hubo personas que sufrieron discriminación.
Hubo desigualdades.
Reconocerlo es necesario.
Pero reconocer nuestra historia no significa trasladar sus culpas a quienes vivimos hoy.
Los hijos y los nietos no debemos cargar los errores de generaciones anteriores.
Tampoco debemos heredar ni transmitir los resentimientos.
Las heridas tienen que sanar.
En nuestra tierra tenemos algo hermoso: desde siempre nos acostumbramos a tratarnos como hermano, tío, tía, paisano.
Que esas palabras representen realmente lo que somos.
Que nuestro hermano pueda sentirse orgulloso de cualquiera de nuestras comunidades, centros poblados y anexos.
Que nunca pierda esa identidad.
Pero que, al mismo tiempo, pueda levantar la cabeza y decir orgullosamente:
¡YO TAMBIÉN SOY ACORIANO!
Porque Acoria no es solamente su capital.
Acoria somos todos.
UNA SOLA TIERRA, UNA SOLA FAMILIA
Acoria es mucho más que su capital.
Somos 39 centros poblados, 56 comunidades campesinas, 108 anexos y más de 30 mil habitantes.
Cada comunidad, cada centro poblado, cada anexo y cada familia forman parte de esta gran tierra que llamamos Acoria.
Las montañas pueden separarnos.
Los ríos pueden cruzar nuestro territorio.
Las distancias pueden ser enormes.
Pero tenemos algo que ninguna distancia puede quitarnos:
pertenecemos a una misma tierra.
Cuando una carretera llega hasta una comunidad alejada, gana Acoria.
Cuando un niño recibe una buena educación, gana Acoria.
Cuando nuestros agricultores y ganaderos producen más y mejor, gana Acoria.
Cuando progresa una comunidad, un centro poblado o un anexo, progresa Acoria.
Cuando recuperamos, protegemos y enseñamos nuestras costumbres, se fortalece Acoria.
Y cuando un hijo de nuestra tierra sale adelante, sea de la capital, de una comunidad, de un centro poblado o del último de nuestros anexos, triunfa uno de los nuestros.
Porque podemos haber nacido en distintos lugares de este inmenso distrito, pero existe una identidad que nos abraza a todos:
¡SOMOS ACORIANOS!
¿QUÉ ACORIA QUEREMOS DEJAR?
Ya no pensemos solamente en nosotros.
Pensemos en nuestros hijos y nuestros nietos.
¿Qué queremos dejarles?
Yo quisiera dejarles un Acoria donde nadie se sienta menos por haber nacido en el campo y nadie se considere más por haber nacido en la capital.
Un Acoria con buenas carreteras, mejores escuelas, producción, trabajo y oportunidades.
Un Acoria donde nuestros jóvenes no tengan que marcharse únicamente porque no encontraron una oportunidad en su propia tierra.
Un Acoria donde el agricultor y el ganadero encuentren apoyo para producir, transformar sus productos y progresar.
Un Acoria donde nuestras comunidades estén comunicadas y puedan desarrollarse.
Un Acoria donde llegar desde la comunidad más alejada hasta la capital distrital no signifique todavía recorrer durante horas caminos difíciles.
Un Acoria que avance hacia la modernidad sin perder sus raíces, sus costumbres, su historia y su identidad.
No heredemos a nuestros hijos nuestras divisiones.
Heredémosles nuestros aprendizajes.
Heredémosles nuestra cultura.
Heredémosles oportunidades.
Y, sobre todo:
HEREDÉMOSLES UN ACORIA UNIDO.
LA VIDA TAMBIÉN ME ENSEÑÓ A MIRAR MI TIERRA DE OTRA MANERA
Hubo un momento de mi vida en que estuve muy cerca de partir.
La dura batalla contra el COVID me hizo comprender lo frágil que puede ser nuestra existencia y cuánto valor tienen aquellas cosas que muchas veces creemos que estarán con nosotros para siempre: la familia, los amigos, nuestros recuerdos y la tierra donde nacimos.
Después de aquella experiencia aprendí a valorar todavía más la vida.
Y también aprendí a mirar a Acoria con otros ojos.
Quizás por eso, cuando contemplo nuestras montañas, nuestros caminos y nuestros pueblos, ya no pienso solamente en el Acoria que conocí de niño. Pienso también en el Acoria que algún día recibirán nuestros hijos y nuestros nietos.
La fotografía que acompaña estas palabras guarda para mí ese sentimiento.
Al contemplar desde lo alto nuestra tierra, siento gratitud por seguir aquí y poder decir todavía:
Gracias, vida.
Gracias, familia.
Gracias, Acoria.
Si la vida me dio la oportunidad de seguir caminando, quisiera que parte de ese camino sirva también para hablar de unión, de reconciliación y de esperanza para mi pueblo.
Hoy estoy lejos físicamente de mi tierra, pero nunca lejos de corazón.
Estas palabras no nacen del rencor.
Nacen del cariño.
Del cariño de alguien que tuvo la oportunidad de conocer una parte del Acoria de ayer, que observa con preocupación el Acoria de hoy y que todavía mantiene intacta la esperanza en el Acoria del mañana.
Conocer nuestra historia no debe enfrentarnos.
Debe ayudarnos a comprendernos.
Recordar nuestras heridas no debe volver a lastimarnos.
Debe ayudarnos a sanarlas.
Podemos vivir en lugares diferentes, tener distintas opiniones y pertenecer a diferentes comunidades, centros poblados, anexos o barrios.
Pero antes que cualquier diferencia existe algo mucho más grande que nos abraza a todos:
ACORIA ES NUESTRA CASA.
Somos una sola tierra.
Somos una sola sangre.
Somos una sola familia.
Somos un solo pueblo.
Que el pasado nos enseñe.
Que el presente nos una.
Y que el futuro encuentre a nuestros hijos caminando juntos.
¡ACORIA NOS NECESITA UNIDOS!
Acoria Llaqtamanta