08/06/2026
𝐋𝐎𝐒 𝐕𝐈𝐀𝐉𝐄𝐒 𝐀 𝐀𝐑𝐄𝐐𝐔𝐈𝐏𝐀 𝐄𝐍 𝐋𝐎𝐒 𝐀𝐍𝐎𝐒 𝟑𝟎 𝐃𝐄𝐋 𝐒𝐈𝐆𝐋𝐎 𝐏𝐀𝐒𝐀𝐃𝐎
Nuestros padres y abuelos, en aquellos años de los treinta, emprendían el largo viaje a la ciudad de Arequipa utilizando las acémilas como único medio de transporte. Eran travesías de tres días que exigían resistencia, paciencia y fe. No solo los viajeros necesitaban descanso, también los animales debían alimentarse y beber agua para poder continuar. Por eso, la primera parada obligada era en el sector de Cantas, donde la noche se volvía cómplice del silencio y del cansancio.
Con el amanecer, se reiniciaba la marcha. Había que trepar cerros y enfrentar el desierto bajo el sol abrasador, un sol que parecía probar la fortaleza de los cuerpos y del espíritu. Recién a la medianoche del día siguiente, los viajeros llegaban exhaustos a Vítor. Allí, después de amarrar las mulas, cambiaban el cansino andar de los animales por el bullicio del tren, que los conducía, con su traqueteo incesante, hacia la gran ciudad.
Más de cuatro horas duraba el recorrido ferroviario hasta llegar a Tiabaya, Tingo y finalmente a la siempre Blanca Ciudad. Para los majeños, este viaje no era un simple traslado: era la oportunidad de comerciar, de llevar y traer lo que el valle y la urbe podían ofrecerse mutuamente. De Arequipa regresaban con artículos de primera necesidad, ropa, gaseosas y cerveza. En cambio, del valle llevaban consigo diversdad de frutas el aguardiente de caña y el vino, cuidadosamente acomodados en las recuas de mulas.
Esta historia me la contaron los más antiguos, hace ya buenos años atrás, cuando recordaban con nostalgia aquellas jornadas llenas de sacrificio. Y hoy, al traerla a la memoria, uno comprende que cada viaje llevaba consigo un pedazo de la historia de nuestros mayores, marcada por la huella de las mulas, el silbato del tren y la fuerza inquebrantable de quienes soñaban con un futuro mejor.