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Nicoli Nicoli Gestor Cultural, publicaciones sobre ARTE, enigmas y misterios y mucho mas...

CONFESIÓN EN EXTREMA UNCIÓNPor Pablo Nicoli SeguraCarta hallada en el archivo de La Biblioteca Nacional del Perú.Arequip...
26/02/2026

CONFESIÓN EN EXTREMA UNCIÓN
Por Pablo Nicoli Segura

Carta hallada en el archivo de La Biblioteca Nacional del Perú.

Arequipa, 1865
A mi señora Dominga Gutiérrez.

Escribo esto muchos años después, cuando Arequipa ya me parece una ciudad distinta y, sin embargo, idéntica. Las mismas piedras blancas, el mismo cielo limpio que engaña. Yo fui testigo de una muerte que nunca figuró en los registros, y de otra que todos creyeron cierta. Usted estuvo ligada a ambas, aunque no del mismo modo que yo.

Usted tenía catorce años cuando cruzó por primera vez el umbral del convento de Santa Teresa, yo veintiséis. Recuerdo su mirada la tarde en que se despidió de la calle: no era miedo lo que llevaba en los ojos, sino una forma prematura de lucidez. Pronto comprendió que el encierro no se medía en muros, sino en silencios. El claustro no le pesaba por el cuerpo, sino por el alma.

Leía con devoción a Santa Teresa, buscando consuelo. Pero hay libros que, en lugar de calmar, despiertan ideas. Usted empezó a hablar de escape, de libertad con una serenidad peligrosa, como si hubiera entendido algo que las demás no querían nombrar. Yo era entonces una sombra útil para usted: entraba y salía del convento llevando encargos, frutas, telas, pequeñas dádivas. Usted me pagaba bien. Mejor aún, me hablaba como a una igual, aunque nunca dejé de saber cuál era mi lugar.

La portera también cayó en su tela de araña. No por fe, sino por hambre. Usted sabía que la confianza se construye con pan, no con promesas.

El plan fue concebido con una frialdad que aún me estremece. Un cuerpo robado. Un hábito. Fuego en el rostro para borrar la identidad. Una vela mal apagada: el accidente perfecto. Aquella noche debía morir usted –supuestamente- para que usted pudiera vivir.

Tres días antes, una mujer indígena había mu**to en los extramuros. Nadie reclamó el cadáver. En Arequipa, los mu**tos sin nombre abundan más de lo que se dice. Decidimos usar ese cuerpo. No por crueldad, me dije entonces, sino por necesidad. El plan no admitía retrasos.

Pero el azar —o algo más— se interpuso. Cuando llevaba el cuerpo envuelto, fui detenida por la policía. Preguntaron. Con mi rostro tapado por la oscuridad dudé un segundo. Ese segundo fue suficiente. Escapé, corrí y no hubo nadie que me detenga, yo era una mujer fuerte y recia. Las autoridades nunca supieron mi identidad. Desde ese instante, el reloj empezó a latir en mi cabeza como un corazón ajeno.

Aquella noche era la única posible. Usted lo había repetido: después, sería imposible. El convento cambiaría turnos, la portera sería reemplazada, las sospechas crecerían. La libertad tenía fecha y hora.

Entonces hice algo que nunca he podido llamar por su nombre sin que me arda la boca.

Busqué a una mujer sola por las calles oscuras. No fue difícil. Las hay siempre, incluso en ciudades piadosas. No gritó mucho cuando le clavé el puñal. O quizá yo ya no escuchaba. En ese instante volvió el rostro y me miró. No con súplica, sino con reconocimiento, como si supiera por qué debía morir y para quién.

Entré el cuerpo al convento. Lo vestí con su hábito. Encendí el fuego por el rostro, como estaba previsto y con ayuda de un cartucho de pólvora, de esos que se usan en las fiestas a los santos. La piel cede rápido cuando el calor es preciso. Salí por la puerta menor, con la portera rezando en voz baja para no pensar. Cuando todo terminó, comprendí que el verdadero incendio no sería el de la celda, sino el que me acompañaría el resto de mi vida.

Usted escapó conmigo. Se refugió con parientes. El convento encontró el cuerpo ennegrecido y lo enterró dentro de sus muros. La ciudad lloró a la monja quemada. Los sermones hablaron de castigo, de descuido, de voluntad divina. Nadie habló de as*****to.

Años después supe que usted volvió a la vida. Que luchó su herencia, que habló ante jueces, que reclamó su nombre. Yo, en cambio, aprendí que hay crímenes tan perfectos que ni siquiera quienes los cometemos podemos denunciarlos.

Cuando paso cerca del convento, pienso en la mujer sin nombre que ardió para que usted pudiera respirar. Y entiendo, demasiado tarde, que aquella noche no murió usted.

Murió algo más silencioso y más antiguo: la ilusión de que la libertad no exige siempre un precio de sangre.

Si estas palabras han llegado a sus manos, señora Dominga, es porque ya no me queda aliento para sostenerlas en secreto. Le escribo en este año de 1865, desde una cama que huele a cera y a medicina amarga. El médico ha dicho lo que mi cuerpo ya sabía. No busco perdón. Tampoco castigo. Busco que la verdad exista, aunque sea solo entre usted y yo.

Todo lo que aquí he contado no es memoria suelta ni desvarío de moribunda. Es mi confesión. La escribo con la mano temblorosa, sabiendo que cuando usted la lea yo ya habré sido juzgada por un tribunal más severo que cualquier juzgado civil.

La ciudad creyó en una monja quemada. El convento enterró un cuerpo. Usted vivió. Pero alguien murió para que eso fuera posible. Y esa muerte, señora Dominga, la puse yo en el mundo.
Debo decirle algo más, antes de que la tinta se acabe conmigo. Aquella mujer a la que maté no fue del todo anónima. Solo supe su nombre después, como se saben las cosas que condenan: tarde y sin remedio. Se llamaba Mónica. Desde entonces, no ha dejado de venir a mí. No solo en sueños, sino en la vigilia más cruel. La he visto en los reflejos, en los corredores vacíos, en el silencio antes del amanecer.

Su venganza no fue inmediata. Fue paciente. Primero tomó a mi hijo y lo volvió loco. No le diré cómo; basta con que sepa que no fue enfermedad ni accidente. Después vino por mí, despacio, desgastándome, quitándome el descanso, empujándome hasta esta cama donde ahora le escribo.

Por eso le advierto. Tenga cuidado con ciertos sueños; así se inicia todo. Pero peor aún, si alguna noche ve el fantasma una mujer de piel blanca como el sillar y de cabello negro como el ébano y que no conoce y, sin embargo, la mira como si la hubiera estado esperando desde siempre, no le hable. No la siga. Ella no busca solo a quien la mató. Busca a todos los que respiraron gracias a su muerte y usted, así como yo, no creo que logre librarse...

Esa mujer pálida, que ayudé a quemar, quiere vengarse de todo. Y de todos.

No sé si usted guardará esta carta, señora Dominga, o si hará con ella lo que se hace con los papeles incómodos: quemarla para que su historia no contamine a nadie más…
Tal vez algún día otras manos la encuentren y la lean sin conocer el riesgo. Si así fuera, ruego a Dios —si aún me escucha— que quien llegue a estas líneas no crea que todo terminó conmigo. Hay verdades que, una vez escritas, no descansan. Cambian de dueño. Pasan de conciencia en conciencia, como una llama pequeña que no alumbra, pero tampoco se apaga. Y acaso ese sea el castigo final: que ninguna de nosotras pueda decir, ni siquiera en silencio, que esta historia ya ha sido enterrada.

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