17/02/2026
Comparto para reflexionar, sobre los valores que podemos dejar a nuestros niños y que nuestros jóvenes reevalúen su comportamiento.
¿SABEMOS QUIÉNES ERAN LOS HEROES DE SAN RAMÓN?
Peruanos olvidan su propia historia y manchan a los héroes que defendieron su soberanía
En La Recoleta se levanta el monumento a los Héroes de San Ramón. No es un adorno urbano, es la memoria de la juventud que, en la hora más difícil del Perú, eligió servir antes que huir. Allí están representados los estudiantes del histórico Colegio Nacional San Ramón que participaron en la Batalla de San Pablo, durante la Guerra del Pacífico. Gregorio Pita, José Manuel Quiroz y Enrique Villanueva no pertenecen al bronce, pertenecen a la conciencia cívica de Cajamarca y del Perú.
Ellos eran jóvenes, no tenían cargos ni privilegios. No eran autoridades ni empresarios, eran estudiantes. Cuando el país fue herido, no preguntaron si era rentable defenderlo. No calcularon beneficios. No midieron riesgos personales, asumieron que la patria no es una consigna, sino una responsabilidad. Murieron en combate, no por una plaza ni por una fiesta, sino por soberanía y dignidad nacional. La misma que hoy los peruanos mancillan sin reparo.
Su monumento no es un objeto decorativo, es el recordatorio de que hubo generaciones capaces de sacrificarse por algo mayor que su comodidad inmediata. Cuando ese monumento aparece manchado de pintura y rodeado de basura, no estamos ante un simple acto de descuido urbano. Estamos ante una fractura en nuestra identidad. No es la piedra la que se ensucia; es la memoria la que se degrada. Y aquí entra el marco que no podemos seguir eludiendo. El carnaval, tal como se ha venido desarrollando en los últimos años, ha derivado en una dinámica que atenta contra el patrimonio, la historia y la identidad. No se trata de cuestionar la celebración en sí misma. Las fiestas populares forman parte del tejido cultural. Pero cuando la celebración se convierte en descontrol, cuando el espacio público se transforma en zona de impunidad y cuando los monumentos históricos terminan convertidos en nada, algo se ha desalineado profundamente.
Una ciudad que permite que sus héroes sean salpicados, rayados o rodeados de desechos durante una festividad está enviando un mensaje peligroso; que la euforia vale más que la memoria, que el ruido vale más que el respeto, que la diversión momentánea puede imponerse sobre la identidad histórica. Eso no es cultura. Es descuido institucional (Ministerio de Cultura del Perù y Municipalidad Provincial de Cajamarca) y debilidad cívica (Vecinos del barrio San Sebastián).
Gregorio Pita, José Manuel Quiroz y Enrique Villanueva no murieron para que su recuerdo quede subordinado a la espuma de una temporada festiva. Murieron en un contexto donde el país exigía carácter. Murieron para defender la soberanía de los peruanos que hoy los manchan. Cajamarca enfrenta una erosión silenciosa de su conciencia histórica. Y esa erosión comienza cuando dejamos de custodiar lo que nos define. Despertar civismo no implica prohibir, sino ordenar. No implica confrontar, sino establecer reglas. Carnaval puede existir; pero, si la fiesta atropella el patrimonio, deja de ser celebración y se convierte en agresión cultural. Una ciudad madura no elige entre alegría e historia, las armoniza. Cuando no lo hace, se empobrece por dentro. Cajamarca debe decidir qué quiere proyectar ¿una ciudad que celebra sin memoria o una ciudad que celebra sin renunciar a su dignidad? El monumento a los Héroes de San Ramón no pide aplausos. Pide respeto. Y el respeto no se declara; se demuestra en cómo cuidamos aquello que simboliza quiénes somos.