18/11/2025
PEDRO CASTILLO: el preso que sigue haciendo campaña sin salir de la celda y unió a las izquierdas.
Escrito por Omar Huancas Julca
En la fría rutina del penal donde permanece recluido, Pedro Castillo parece haberse convertido en una presencia más ruidosa que cuando ocupaba el despacho presidencial. Su nombre circula en mítines, en asambleas regionales, en murales improvisados en cerros y carreteras. Su encarcelamiento —para unos, por golpista; para otros, acto de resistencia— no lo ha borrado del mapa político: lo ha multiplicado.
En las plazas de Cajamarca, Puno o Ayacucho, Castillo aparece como un retrato cargado de memoria. Mientras sus abogados miden plazos y recursos, fuera del penal su figura funciona como combustible emocional. “No nos han encerrado a todos”, se escucha en marchas donde su rostro se mezcla con wiphalas y pancartas. Allí, su prisión se narra no como un final, sino como el episodio que confirma lo que muchos ya creían: que el Perú excluido sigue peleando por un espacio que aún no termina de conquistar.
La izquierda —fragmentada, desconfiada, dispersa desde hace años— ha encontrado en el encierro/secuestro de Castillo un punto de convergencia. Él se ha convertido en un símbolo incómodo, pero efectivo: un recordatorio de que el conflicto entre Lima y las regiones no es solo electoral, sino emocional. Desde su celda, el expresidente mantiene contactos con dirigentes y parlamentarios que lo visitan en busca de una guía, una bendición o, al menos, un relato compartido.
Ese relato es poderoso. Habla de exclusión, de racismo, de un país que, según quienes lo reivindican, no soportó ver a un maestro rural sentado en el sillón presidencial. Y esa historia, repetida en radios locales y redes comunitarias, está empezando a articular un voto que trasciende al propio Castillo: un voto que ve en su caída una frontera moral entre “ellos” y “nosotros”.
En el terreno electoral, el impacto ya se insinúa. Candidatos regionales lo mencionan con cautela; otros, sin pudor. La prisión del exmandatario se ha convertido en un elemento más de campaña, una suerte de tótem político que algunos buscan para legitimarse. En cada entrevista, en cada asamblea, su nombre asoma como recordatorio de que las heridas del país no han cicatrizado.
Mientras tanto, en el penal, el silencio se sostiene. No hay mítines, no hay caravanas, no hay discursos. Pero en el país, Castillo sigue recorriendo caminos. Su encarcelamiento ha creado una paradoja: un líder políticamente inmovilizado que, sin moverse, vuelve a mover las piezas. Su encarcelamiento, engrandece y da el triunfo a la izquierda; su libertad y asilo hacen perder a la izquierda.
La contienda electoral se acerca. Y, a pesar de los barrotes, Pedro Castillo sigue ahí: no en el poder, pero sí en el imaginario de un sector que lo considera parte de una lucha todavía abierta. En un Perú acostumbrado a giros bruscos, su sombra puede ser uno de los factores más determinantes de la próxima campaña del 2026.