19/11/2025
✅ Seguramente has oído hablar de Albert Camus, el hombre que desnudó la condición humana en El extranjero, que meditó sobre el sinsentido en El mito de Sísifo, y que a los 44 años ya había ganado el Premio Nobel de Literatura.
Pero su final fue tan irónico, tan absurdo, tan propio de su obra, que parece escrito por él mismo.
El 4 de enero de 1960, con tan solo 46 años, Camus tenía previsto viajar en tren a París. Siempre viajaba así: detestaba los coches, desconfiaba de ellos. Decía que nada le parecía más ridículo que morir en una carretera.
Pero aquel día cedió. Su amigo y editor, Michel Gallimard, lo convenció para que fueran juntos en automóvil.
La carretera estaba helada. El coche perdió el control en Villeblevin, salió disparado contra un árbol y quedó destrozado. Camus murió en el acto. Gallimard falleció cinco días después.
En el bolsillo del abrigo de Camus encontraron algo que hizo a muchos temblar:
su billete de tren sin usar.
Años antes, Camus había dicho una frase que hoy suena como un presagio:
«No conozco nada más estúpido que morir en un accidente de coche».
Hay destinos que parecen burlarse del hombre. Y hay muertes que, aunque trágicas, encajan con la filosofía de quien las contempló antes de que ocurrieran: lo absurdo, lo imprevisible, lo que escapa a toda lógica.
Camus escribió que la vida es un desafío constante entre el hombre y el absurdo.
El suyo terminó justo ahí, en una carretera fría, cuando por primera vez confió en lo que más temía.