08/01/2026
: 🇵🇪PERÚ 2026: AÑO ELECTORAL DE UNA SOCIEDAD ENREDADA
Candidatos, obligados a cumplir sus promesas y enfrentar desafíos que exige la población
📌En el presente año, afrontamos uno de los procesos electorales más complejos y decisivos de todos los tiempos. A la vez que nos preparamos para la doble elección y sufragar el próximo 12 de abril —donde elegiremos al presidente, vicepresidentes, senadores y diputados en un Congreso bicameral—, y también apuntamos hacia las elecciones regionales y municipales del 4 de octubre del presente año. Este 2026 será vendido como el “año de la gran participación democrática”; sin embargo, para muchos peruanos, esta “fiesta electoral” no genera entusiasmo sino una pregunta amarga: ¿vamos a elegir nuevas autoridades… o nuevos administradores de la corrupción?
En teoría, los gobiernos regionales y municipales son el nivel más cercano al ciudadano y en la práctica, se han convertido en el nivel más cercano al sobrecosto, al diezmo, a la obra fantasma y a la licitación dirigida. Los casos se repiten con una regularidad que ya deja de escandalizar: porque ya no es un tema local, ahora es un ´sistema´ nacional. Gobernadores presos o prófugos, alcaldes detenidos en pleno despacho, redes de familiares, testaferros y “empresas amigas”, obras millonarias abandonadas que se inauguran en maqueta y otras modalidades o formas para robarle al pueblo. Y se puede hacer una lista de actos informales y mezquinos como: obras por impuestos mal controladas, universidades improvisadas que producen operadores, partidos que son solo vehículos electorales, ofrecimiento de puestos laborales para los que más chambean en campaña, arbitrajes paralizados, etc., etc., etc.
Las elecciones municipales mostrarán un fenómeno creciente cuando se perciben clanes y familias completas en acción que convierten a las instituciones en, casi, propiedad privada: Apellidos que se repiten: el padre fue alcalde, ahora postula el hijo; el hermano va al gobierno regional, el primo al municipio. Allí no compiten ideologías: compiten feudos. La indignación existe, pero convive con la práctica angurrienta del día a día: “roba, pero hace obras”, “al menos pavimentó”, “este alcalde si vacuna a mi perrito”, “todos roban, pero este ayuda”. Esa normalización es el triunfo más peligroso de la corrupción: roba expectativas.
Este año nos pone ante una elección doble que puede terminar en un resultado doblemente irónico: cambiar autoridades sin cambiar prácticas: premiemos el regalo de campaña, normalicemos los favores, votemos por costumbre o por apellido; creamos que así es la política.
Y mientras municipios y gobiernos regionales sigan siendo cajas chicas de grupos políticos, el desafío no es solo elegir presidentes y congresistas, es romper el circuito local donde empieza —y se reproduce— gran parte de la corrupción peruana. Si no lo hacemos, no habrá doble elección, solo habrá doble oportunidad perdida.
El país se prepara para votar dos veces en un mismo año, mientras carga con los mismos problemas de hace décadas. Candidatos abundan, liderazgo falta. Nunca hemos tenido tantos partidos, movimientos y listas. Las cédulas serán enormes, pero las ideas no. Los outsiders que prometen “barrer con todo”, partidos que cambian de discurso como de logo, salvadores de última hora fabricados por encuestas y marketing. La doble cita electoral no solo será un ejercicio democrático; será también un doble desgaste ciudadano. Campañas interminables, polarización artificial y un debate público reducido a frases hechas.
Mientras tanto, los temas urgentes —seguridad, corrupción, salud, educación, informalidad— se mencionan, pero no se enfrentan. Las elecciones generales dirán una cosa y las regionales/municipales probablemente dirán otra. El resultado no será pluralismo saludable, sino un Estado fracturado, un gobierno central sin legitimidad suficiente. Gobernadores regionales con agendas propias, alcaldes que responden a intereses locales y coyunturales. Ya conocemos el guion: cada nivel le echará la culpa al otro. Nadie asumirá responsabilidad plena y el ciudadano seguirá atrapado entre trámites, inseguridad y obras inconclusas. El discurso oficial hablará de participación, pero muchos votarán por obligación, por descarte o por cansancio. La desconfianza se ha convertido en el verdadero partido mayoritario del país. Paradójicamente, en el año de más elecciones, la gente es la gran ausente porque su voz pesa menos.
Porque lo verdaderamente peligroso no es que el Perú vote mal. Lo peligroso es que deje de creer que votar sirve para algo
HASTA PRONTO