06/08/2026
Durante décadas, he visto los distintos intentos del Perú por avanzar en la descentralización administrativa. Sin embargo, el enfoque debería estar más en construir verdaderos polos de desarrollo regional. En mi columna de hoy, reflexiono sobre la necesidad de retomar el debate sobre las macrorregiones y la importancia de elegir líderes éticos, con visión de corto, mediano y largo plazo.
Lee la columna completa en Diario Expreso.
Regionalización: Descentralización real.
Durante los años en que integré el Senado de la República tuve el privilegio de departir con Ramiro Prialé. Fue entonces cuando comprendí la dimensión del proceso de regionalización que impulsaba como Constituyente y como Senador de la República, y que estaba inspirado en los planteamientos de macrorregiones transversales del geógrafo Javier Pulgar Vidal, a quién se estudia hasta la fecha.
Esta macroregionalización no consistía únicamente en crear nuevas instancias administrativas, sino en construir un país menos centralista, donde las regiones pudieran convertirse en polos de desarrollo. Han pasado casi cuarenta años y esa tarea nunca inició. Por eso, en las próximas elecciones regionales y municipales, este debe ser uno de los temas centrales a debatir, así como también evaluar las gestiones anteriores para asegurar candidatos éticos y profesionales.
En estas elecciones también habrá una cantidad significativa de candidatos que podrían fragmentar el voto como lo ocurrido en las elecciones generales; por ejemplo, Lima tendrá 26 candidatos, mientras que, a los gobiernos regionales, Piura tendrá 19, Arequipa 15, La Libertad 10 y así por el estilo, replicándose en las candidaturas locales.
Una visión que trasciende el periodo de gobierno
La diferencia entre un gerente y un estadista no radica únicamente en su capacidad de gestión, sino en su visión del desarrollo. El primero administra el presente; el segundo construye las condiciones para el futuro.
Luis Bedoya Reyes fue un ejemplo de estadista. Durante su gestión como alcalde de Lima (1964-1969) impulsó la Vía Expresa del Paseo de la República y promovió el desarrollo de la Costa Verde. Más de medio siglo después, ambas siguen siendo ejes fundamentales para la ciudad.
Esto demuestra que un estadista mide su éxito por la capacidad de transformar el territorio que administra.
Desarrollo no significa solamente invertir
Con frecuencia se confunden inversión y desarrollo. Invertir consiste en gastar recursos; desarrollar significa que esas inversiones eleven la productividad, generen empleo, mejoren la competitividad y creen nuevas oportunidades laborales para la población.
Algunas regiones reciben importantes ingresos provenientes del canon, regalías u otras transferencias del Estado. Sin embargo, ello no se traduce en mejores servicios públicos, infraestructura moderna o mayor bienestar. Todo depende de la capacidad para planificar y ejecutar proyectos transparentes que transformen la economía regional y local.
Precisamente ahí aparece el papel del estadista. Su responsabilidad no termina con ejecutar el presupuesto anual, sino con identificar qué carreteras, puertos, irrigaciones, corredores logísticos, parques industriales o proyectos energéticos permitirán que su región se desarrolle en el corto, mediano y largo plazo.
La regionalización quedó a medio camino
En la década de 1980, Perú inició un proceso de regionalización que buscaba integrar espacios económicos más amplios y complementarios. El objetivo era que los territorios de costa, sierra y selva funcionaran como unidades de desarrollo capaces de fomentar mercados internos más sólidos, con salida tanto al Atlántico como al Pacífico, generando distintos polos de desarrollo.
Sin embargo, ese proyecto quedó inconcluso. Con el tiempo se optó por mantener, casi sin modificaciones, la antigua división departamental. La descentralización avanzó en lo administrativo, pero no en desarrollo económico social. Hoy muchas regiones continúan dependiendo de decisiones tomadas desde Lima, especialmente en materia presupuestal y de infraestructura.
Buena parte de las grandes inversiones nacionales continúa siendo definida desde el Ministerio de Economía y Finanzas y el Ministerio de Transportes y Comunicaciones. Ambos cumplen funciones indispensables para preservar el equilibrio fiscal y planificar la infraestructura nacional, pero el resultado también ha sido una fuerte concentración de las decisiones estratégicas y económicas. Mientras los gobiernos regionales y municipales no dispongan de sus presupuestos desde el primer mes en que inician su mandato, no podrán generar licitaciones el primer año de gestión.
Las macrorregiones como proyecto nacional
Por ello resulta oportuno volver a discutir la macrorregionalización.
La fragmentación territorial limita la gestión. Reducir la cantidad de distritos y avanzar hacia macrorregiones que agrupen territorios permitiría ganar escala, eficiencia y capacidad de planificación para integrar cadenas productivas, desarrollar corredores logísticos y atraer inversiones de mayor impacto para convertirlos en centros económicos.
Además, las macrorregiones permitirían articular mejor los esfuerzos de la Policía Nacional, el Ministerio Público y las autoridades regionales, desarrollando políticas de seguridad y lucha contra la criminalidad adaptadas a las características de cada territorio y no únicamente desde una visión centralista.
Naturalmente, esta reforma exige mejores carreteras de integración, burocracias profesionales, estabilidad institucional, descentralización efectiva de servicios y una adecuada coordinación con el gobierno nacional. Pero también requiere autoridades transparentes, capaces de pensar más allá de los límites de su provincia o departamento y comprender que el desarrollo regional depende de la integración macrorregional.
Las próximas elecciones regionales y municipales deberían servir para debatir precisamente ese tipo de liderazgo. No basta con preguntar quién administrará mejor los recursos públicos. Es importante preguntarnos sobre la calidad ética de los candidatos para asegurar que no haya corrupción, y definir quién tiene la capacidad de conducir una visión de desarrollo para las próximas décadas.
Recuerdo las conversaciones que sostuve con Ramiro Prialé sobre la necesidad de construir un Perú menos centralista y más integrado. Muchas de aquellas ideas mantienen plena vigencia.
La regionalización no depende únicamente de nuevas leyes ni de reformas administrativas. Depende, sobre todo, de elegir gobernadores y alcaldes comprometidos éticamente, capaces de planificar el futuro, construir consensos y convertir los recursos de sus regiones en verdadero desarrollo. En otras palabras, la regionalización necesita estadistas