18/02/2026
Mi viaje a Puno: entre danzas, fe y paisajes que sanan🌼
Viajar a Puno fue una de esas experiencias que se quedan en el cuerpo y en el corazón. No solo por la belleza de sus paisajes, sino por la energía que se siente al caminar por sus calles en tiempos de festividad. Todo vibra: la música, los colores, las sonrisas de la gente y el movimiento constante de quienes celebran con orgullo sus tradiciones.
Llegué en medio de una festividad increíble. Ver cómo el pueblo se transforma para celebrar fue algo que me llenó de alegría y calma al mismo tiempo. Disfruté la fiesta, pero también me di el espacio para conocer el lugar de una manera tranquila, sin prisas: caminar, observar, respirar hondo y simplemente estar. Recorrer diferentes rincones de la ciudad me regaló una sensación profunda de paz, como si el viaje también fuera hacia adentro.
La danza es una de las expresiones que más me gustan; para mí no es solo un gusto, es una terapia personal. Ver a los bailarines moverse con tanta entrega me recordó por qué el arte sana. Cada paso, cada giro y cada traje colorido cuentan una historia de identidad, resistencia y celebración de la vida. Dentro de las múltiples experiencias que ofrece Puno, me quedo con lo colorido de sus paisajes y de sus danzas, con esa explosión de colores que parece reflejar la alegría del lugar.
Pero más allá de lo visual, hubo algo que me tocó profundamente: la fe. La devoción por la Virgen de la Candelaria se siente en cada mirada, en cada ofrenda, en cada paso de los danzantes. Estar ahí fue un momento de agradecimiento personal, una pausa para reconocer lo vivido y valorar la oportunidad de presenciar una tradición tan viva.
Me fui de Puno con el corazón ligero y la sensación de haber encontrado un espacio de calma en medio de la celebración. A veces viajar no es solo conocer un lugar, sino encontrarse a uno mismo en el camino. Y en Puno, entre danzas, fe y paisajes, sentí que algo dentro de mí también encontró su propio ritmo.