11/04/2026
El Hermanón de Guillermo Thorndike: Las luces antes de las sombras de Ricardo Belmont
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En medio del reciente cargamontón -para bien o para mal- hecho al unísono por la prensa local, desde las acusaciones de estafa por las acciones de RBC, los cuestionamientos de su paso por la alcaldía de Lima, hasta sus controvertidas alianzas políticas, hay un Ricardo Belmont hasta 1994, antes de ese callejón oscuro mediático, que está biografiado en el libro El Hermanón de Guillermo Thorndike y que nos aproxima a esa figura que parece incólume ante las voces que pretenden disuadir a sus asiduos votantes.
La familia de Ricardo fue la piedra angular en la construcción de su perfil como persona, empresario y político, empezando por su abuelo Alejandro BELMONT MARQUESADO, cuya audacia fue comprar la famosa Botica Francesa en Lima. La chispa empresarial siguió con el papá de Ricardo, don Augusto BELMONT BAR, quien para continuar con el negocio farmacéutico, montó una imprenta que producía envases y etiquetas que luego mutó a la editorial “Ya”, la cual fue perseguida por la dictadura de Manuel Odría y de ahí surgió esta aleccionadora reflexión: “¿Somos empresarios o periodistas? ¡Somos empresarios!”
Augusto contrajo matrimonio con Cristina CASINELLI INURRITEGUI, un año mayor que él y de ascendencia genovés (italiana) y vasca, que heredó los cabellos rojizos a Ricardo Belmont. Los hijos que tuvo la pareja son -de mayor a menor- Cristina, Augusto, Ricardo y Gonzalo. El progenitor de los Belmont Casinelli tuvo presencia e influencia significativa en la vida de Ricardo “El Colorado”.
Pero la figura que construyó su conexión con el mundo popular -en una sociedad insuperable a los prejuicios como la peruana un pelirrojo de apellido “no peruano” y de familia adinerada no encajaría en esas filas- la constituye Cirilo Condori Huamantingo “El Cholo Cirilo”, el mayordomo de la familia. Fue este caballero, quien lo introdujo a la cultura de la calle llevándolo al Estadio Nacional donde empezó con las vivezas que lo harían entender al peruano de a pie.
En la mansión de los Belmont, el jardín fue fundamental en la formación de esa simpática personalidad, aquí los amigos de Ricardo podían pasar el rato: había un ring de boxeo -deporte que construyó su resiliencia ante los golpes no solamente físicos- hacía de cancha improvisada de fútbol o voleibol, había carreras de bicicletas, hasta fue el lugar de ensayo de la agrupación de música tropical “La 20 y su combo” donde Ricardo tocaba los timbales.
El surgimiento de Canal 11, como uno de los más ambiciosos proyectos de don Augusto, fue un salto a la ruina: habían hipotecado la mansión, perdieron las radios Atalaya y 1160 y lo más penoso: perdieron la droguería, los laboratorios y la cadena de boticas. Encima no había artistas para el canal y la señal requería gastos onerosos. Para rematar: llega Velasco y la dictadura militar termina expropiando dicho medio, pero dejándole con todas las deudas encima.
Ese paréntesis a la democracia que lo había puesto en jaque, impulsó a Ricardo a encargarse del resurgimiento la cadena de radios “Emisoras Nacionales” en la cual instalaría su marca “RBC” donde dos personajes serían clave para su salto a la fama: sus viejos amigos “Melcochita” y el Ronco Román Gámez. Haciendo una terna que sería imbatible en sintonía radial al caracterizar sus noticieros con imitaciones burlonas de políticos.
Poco después, Ricardo Belmont apostó por un formato que terminaría por consolidar su conexión con el sector popular: “Habla El Pueblo”. Copió el estilo de una radio de Miami, con conversaciones en vivo y en directo con los radioyentes, a la sazón de sus cápsulas de “pensamiento positivo” -las famosas pastillas para levantar la moral- el éxito llegó como un rayo. Luego de su paso por Panamericana con “El Cielo es el límite” durante inicio de los 80, retornó a Canal 11 donde era el “broadcaster”.
Con ese perfil, más su protagonismo en la Teletón y su supervivencia tras el intento de as*****to en 1985, participar en una elección con un novísimo partido “Obras” iba a ser pan comido, el resto es historia. Thorndike, quizá para hacer justicia a quien fue su amigo, en la parte final hace unas aclaraciones del momento político de Belmont, recordando una desapercibida moción municipal para rechazar el autogolpe de Fujimori de 1992, juicios antiguos contra la municipalidad que conllevaron a la acumulación de basura en las calles y -de lo que más recuerda su público- y las obras que dejó, teniendo muchos elementos en contra.