21/05/2026
«Hace algún tiempo mi vida era una próspera quietud, llena de descansos parecidos a la eternidad; mi madre llamaba a la puerta de mi habitación pasado el mediodía y mis ojos, bajo las sábanas, empezaban a acostumbrarse nuevamente a la tenue luz solar de este lado del mundo. Mis gustos no son exquisitos; me conformo con un vaso de jugo de tomate o una infusión de hojas de menta, la ausencia de la nieve o una simple ventisca, Chandler o Balzac. Por lo demás, siempre he creído en mí, en ese pesimismo que me hace superior a los entusiastas (o, por lo menos, más interesante), en la breve liturgia de los deseos cumplidos, en mi fuerza para soportarlo todo. […] Hace algunas semanas me habría bastado con pensar en Ebba para neutralizar cualquier tristeza; si ella estuviera ahora en casa se acercaría a mí, por detrás, y pondría sus manos sobre mis hombros, masajeándolos hábilmente y preguntándome, con susurros al oído, si quiero hacerle el amor».