02/02/2022
Demuéstrenlo, pues, imbéciles
Por: Emma Cadenas
Hace unos días, antes incluso de la entrevista con Fernando del Rincón, tuiteé esta cita apócrifa que atribuí a Vladimir Cerrón y que, sin duda, podría haberla escrito el líder de Perú Libre: “Ahí les dejo a Pedro Castillo como señal de mi desprecio”.
Desde luego, parafraseé las palabras de Alan García en la carta que dejó a la posteridad, y el propósito era resaltar el profundo encono que debe sentir contra el Perú el exgobernador de Junín para haber elegido al sindicalista chotano como candidato a dirigir los destinos del país. Eso no se le desea ni al peor enemigo…
Pero, igual que la mayoría de peruanos –incluido el progresismo que hoy estrena su “licencia caviar” para criticar al mandatario sin ser acusados de racistas o discriminadores–, me equivoqué de cabo a rabo.
Me explico. No me equivoqué porque Pedro Castillo no sea todo lo ignorante, mediocre, corrupto, mentiroso, irresponsable y fanático que es, como se comprobó en su vergonzosa aparición por CNN. Me equivoqué porque es todo eso y mucho más, pero nos engañamos al concentrarnos únicamente en sus flaquezas sin tomar en consideración sus fortalezas.
Pedro Castillo es un ignorante, es cierto; pero no es un id**ta. Es un mediocre, sí; mas no un pelele. Pedro Castillo es un corrupto, indudablemente; pero no es un ingenuo. Mentiroso, comprobadamente; pero no inocente. Es un irresponsable, qué duda cabe, pero no un cobarde. Y es un fanático, desde luego; pero está muy lejos de ser un pusilánime.
Y algo más: es lo suficientemente cínico como para dejarnos seguir distraídos en todas sus debilidades, mientras él consigue implacablemente todo lo que se propuso al lanzarse como candidato a la Presidencia.
¿Cómo lo sé? Muy simple: con la elección de sus nuevos ministros.
La pseudo oposición de derecha, a la que conoce milimétricamente, mucho más de lo que ella imagina, celebró la entrevista de Rincón como si Perú hubiese clasificado al Mundial, y elogió al periodista mexicano como si se tratase de Bolívar o San Martín. Y fue justo: este entrevistador extranjero había sido capaz de preguntarle al Sombrero Luminoso todo lo que sus dos timoratos colegas locales no habían podido ni querido de lo puro mentecatos que son.
Para la pseudo oposición, tras las entrevistas, la vacancia era inminente, y solicitaba la renuncia del mandatario segura de que el papelón internacional había hecho mella en él. Y ciertamente, no creo que no le haya dolido la masacre televisiva. Pero la presentación del nuevo gabinete, a solo una semana de esa debacle, ha demostrado que Castillo tiene mucho más agallas y recursos de lo que se quiere aceptar.
Que la imagen del humilde maestro rural ignorante y mal hablado es solo la pantalla tras la cual se agazapa un aprendiz de tirano resuelto a llevar a cabo los planes trazados por la agrupación política extremista con la que llegó al poder.
¿A quiénes ha llevado al gabinete Valer?
Empezando por el nuevo primer ministro, resulta una evidente burla, un guiño de sorna dirigido hacia la derecha más recalcitrante encumbrar precisamente a uno de sus traidores, a un personaje melifluo que se aupó al Parlamento con arengas contra el marxismo que sedujeron al entorno de López Aliaga, y que no bien recibió las credenciales como congresista, sin el menor pudor dio un viraje político de ciento ochenta grados para integrar hoy una bancada junto con Guillermo Bermejo.
Entre los nuevos ministros, Castillo no ha tenido el menor empacho en convocar a personajes siniestros, como el sentenciado policía Chávarri para ministro del Interior o la contumaz y recalcitrante congresista Katy Ugarte para la cartera de la Mujer. Exactamente lo que Rincón le cuestionó en su primera pregunta.
La ratificación de otros como Silva en Transportes o Torres en Justicia no hacen sino refrendar la taimada perfidia del mandatario.
Por supuesto, tampoco se salva la izquierda progresista, mendicante de las migajas ministeriales que el mandatario le arroja bajo la mesa, perfectamente consciente de la ventralidad que la caracteriza y de lo barato y útil que le resulta para mantener distraída a la opinión pública y, de paso, tranquilas las calles con tan furiosos mastines de las redes sociales.
Pedro Castillo ha dejado ver, por primera vez, sus afiladas uñas. Ha ganado suficiente tiempo, y lo seguirá ganando, porque conoce a sus enemigos, porque sabe lo rastreros, codiciosos y miserables que son, porque jamás ha hecho concesión alguna a los objetivos del Ideario cerronista, allá los cojudos que han creído y siguen creyendo lo contrario.
Conoce muy bien las pelotudeces democráticas en que se enredarán sus adversarios congresales, entre quienes también sabe distribuir caramelos como la contrarreforma universitaria, entre otras golosinas de pulpería china que lo ayudarán a mantenerse a salvo de cualquier proceso de vacancia.
Pedro Castillo será un pobre diablo, pero diablo al fin. Y por eso, mientras el país entero desfallece en el chismorreo tuitero y suspira por las esquinas mediáticas, él sigue a paso firme con la mejor de las estrategias: dejando creer que es un id**ta prescindible. Y también como el finado García, salvando las distancias, nos dirá a la cara, sin palabras, cuando le reprochemos la reincidencia de su gabinete y la opacidad de su gestión: “Demuéstrenlo, pues, imbéciles”.