30/06/2016
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Esta mañana desperté y la habitación estaba llena de agua, la cual desprendía olores nauseabundos; aunque creo que mi nariz ya ni los nota. El plato de comida estaba ya tirado entre el lodazal; creo que esta vez cambiaron el menú, aunque igual se veía terrible, parecía una porción de excremento de caballo, y creo que tal vez un poco de excremento se vería mejor. Ya son trece, junto a este, los platos de comida que llevo tirando por aquel hoyo, que tengo por baño. No he tenido hambre en todo este tiempo y tampoco he probado nada de lo que han tirado por esa asquerosa rendija.
Mi rutina este día siguió como cualquier otro. Una hora después de la comida, se abrió la puerta y apareció aquel hombre con la manguera en la mano. Odio que abran la puerta, cada vez que lo hacen entra el sol y me golpea los ojos. Como aquí es oscuro todo el tiempo ya no me agrada la luz. El sujeto hizo un ademán para indicarme que me levante y me quite la ropa, yo obedecí. Desde el primer día entendí que era mejor así; pues cuando te niegas ingresa otro sujeto con una varilla y te da unas cuantas descargas eléctricas, son muy dolorosas. Una vez de pie el hombre mira hacia atrás, al parecer para indicarle a alguien que habrá la llave del grifo y empieza a rociarme con agua por todo el cuerpo; siempre esta fría, a veces ya no la soporto, pero no puedo hacer nada. Al término de cada sesión siempre termino temblando, me duelen las manos y tengo mucho frio. Por último el sujeto me pide que le arroje mi ropa y tira sobre mí una nueva. Aun me pregunto por qué todos los días me dan ropa de color blanco; no pueden darse cuenta que este lugar es un mugrerío, la ropa blanca se vuelve negra en unas horas. Extraño mi traje oscuro. No recuerdo habérmelo quitado, solo desperté aquí y ya tenía puesto ese horrible uniforme.