01/10/2025
"REPASO DEL PROBLEMA DEL PECADO" — Parte V.
“Somos justificados por fe. El alma que entiende el significado de estas palabras nunca tendrá suficiencia propia. No somos competentes por nosotros mismos para pensar algo bueno de nosotros mismos. El Espíritu Santo es nuestra eficiencia en la obra de la edificación del carácter, en la formación del carácter a la semejanza divina. Cuando creemos que nosotros mismos somos capaces de dar forma a nuestra propia vida espiritual, cometemos un gran error. Por nosotros mismos nunca podemos conquistar la victoria sobre la tentación. Pero los que tienen fe genuina en Cristo serán impulsados por el Espíritu Santo. El alma en cuyo corazón mora la fe, crecerá hasta ser un bello templo para el Señor. Esa alma es dirigida por la gracia de Cristo. Crecerá sólo en la proporción en que dependa de la enseñanza del Espíritu Santo (MS 8, 1900)”. 6CBA:1109.
Para ser justificado, el hombre tiene que confesar y renunciar a todo pecado. El verdadero arrepentimiento proviene de un profundo dolor por el pecado y un desarrollo de un odio por todo pecado, el cual crea la decisión de parar de pecar a través del poder que Dios provee.
Cuando el pecador penitente, contrito ante Dios, discierne la expiación de Cristo a su favor, y acepta esta expiación como su única esperanza en esta vida y en la vida futura, sus pecados son perdonados. Esto es justificación por la fe. Toda alma creyente tiene que conformar su voluntad totalmente con la voluntad de Dios, y tiene que permanecer en un estado de arrepentimiento y contrición, ejerciendo fe en los méritos expiatorios del Redentor y avanzando de fuerza en fuerza, de gloria en gloria.
El perdón y la justificación son una y la misma cosa. A través de la fe, el creyente pasa de la posición de rebelde, un hijo del pecado y de Satanás, a la posición de un súbdito leal de Jesucristo, no debido a algún bien inherente, sino que debido a que Cristo lo recibe como Su hijo por adopción. El pecador recibe el perdón de sus pecados, porque estos pecados son llevados por su Substituto y Garante. El Señor le habla a Su Padre celestial, diciéndole: “Este es Mi hijo. Yo le perdono la pena de condenación a muerte, le doy Mi póliza de seguro de vida – vida eterna – porque Yo he tomado su lugar y he sufrido por sus pecados. Él es mi hijo amado”. Así el hombre, perdonado, y vestido con los bellos vestidos de la justicia de Cristo, permanece sin falta delante de Dios.
El pecador puede errar, pero no es arrojado fuera sin misericordia. Su única esperanza, sin embargo, es arrepentirse para con Dios y tener fe en el Señor Jesucristo. Es prerrogativa del Padre perdonar nuestras transgresiones y pecados, porque Cristo ha tomado sobre Sí mismo nuestra culpa y nos ha conmutado la pena, y nos ha imputado Su propia justicia. Su sacrificio satisface totalmente las exigencias de la justicia.
“La justificación es lo opuesto a la condenación. La ilimitada misericordia de Dios se ejerce sobre los que son totalmente indignos. Él perdona transgresiones y pecados por amor a Jesús, quien se ha convertido en la propiciación por nuestros pecados. Mediante la fe en Cristo, el transgresor culpable entra en el favor de Dios y en la firme esperanza de la vida eterna”. FO:108.
“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús; [los que no andan según la carne, sino según el Espíritu;] porque mediante Cristo Jesús, la ley del Espíritu que da vida, me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Porque lo que era imposible a la Ley, por cuanto era débil por la carne; Dios, al enviar a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado, y como sacrificio por el pecado, condenó al pecado en la carne… Pero vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él… Porque si vivís conforme a la carne, moriréis. Pero si por el Espíritu dais muerte a las obras de la carne, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios”. Rom. 8:1-3, 9, 13-14.
“Así, habiendo sido justificados por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo”. Rom. 5:1.
“‘Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo’ (Rom. 5:1). Ser justificados significa ser perdonados. A quienes Dios justifica imputa la justicia de Cristo, porque el Salvador ha eliminado nuestros pecados. Comparecemos delante del trono de Dios justificados y santificados. Se nos vacía del yo y, por medio de la santificación de la verdad, Cristo mora en nuestros corazones”. CDCD:358.
Recordemos siempre que: “Solo la obediencia perfecta puede satisfacer el ideal que Dios requiere”. MC:135.
E. J. Waggoner escribió:
“‘Siendo por lo tanto justificados por la fe’, esto es, habiendo sido conformados a la ley por la fe, ‘tenemos paz con Dios a través de nuestro Señor Jesucristo’. La única manera que el hombre puede ser conformado a la ley, y que pueda vivir libre de condenación, es teniendo fe en las promesas de Dios. En Cristo no hay injusticia, por lo tanto no hay nada más que justicia. Creyendo en Cristo, el cristiano posee la justicia de Cristo.
¿Pero no dice Santiago que tienen que existir obras, o sino la fe no es válida? Es verdad que la fe se perfecciona en las obras. Santiago 2:22. Pero es por la fe, y solamente por la fe, que los hombres son justificados. El próximo texto habla de Abraham siendo justificado por la fe, y a través de esta obra las Escrituras se cumplieron, ya que dicen: ‘Abraham creyó en Dios, y esto le fue imputado como justicia’. Las obras son el resultado de la fe. ‘Porque Dios es el que obra en vosotros, tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad’. Nosotros nos entregamos a nosotros mismos en las manos de Cristo. Él viene y hace Su morada con nosotros. Nosotros somos como barro en las manos del alfarero; pero es Cristo el que hace todas las buenas obras, y a Él le pertenece toda la gloria”. Comentarios de Romanos:1:7. [Paginación en Inglés]
Verdades Bíblicas