12/06/2026
La jugada perfecta. 𝗟𝗔 𝗘𝗫𝗧𝗥𝗔Ñ𝗔 𝗖𝗔𝗟𝗠𝗔 𝗔𝗡𝗧𝗘𝗦 𝗗𝗘 𝗟𝗔 𝗧𝗢𝗥𝗠𝗘𝗡𝗧𝗔: ¿𝗖𝗜𝗩𝗜𝗦𝗠𝗢 𝗜𝗠𝗣𝗥𝗘𝗩𝗜𝗦𝗧𝗢 𝗢 𝗨𝗡 𝗚𝗨𝗜Ó𝗡 𝗕𝗜𝗘𝗡 𝗘𝗡𝗦𝗔𝗬𝗔𝗗𝗢?
La política peruana nos ha enseñado que el silencio y la moderación suelen ser más peligrosos que el grito destemplado. Hoy, la opinión pública asiste con absoluto estupor a un fenómeno inédito: la pasmosa tranquilidad de Keiko Fujimori ante las cámaras de televisión. Quien históricamente hizo del desconocimiento de los resultados su principal bandera, quien arrastró al país a una polarización asfixiante bajo la narrativa del "fraude" en procesos anteriores, y cuya impronta política ha estado marcada por la resistencia violenta a aceptar la derrota, hoy posa de demócrata ejemplar.
¿Desde cuándo la lideresa de Fuerza Popular confía ciegamente en el sistema electoral? La memoria institucional no es frágil. La historia reciente nos recuerda con nitidez el calvario al que sometió al gobierno de Pedro Pablo Kuczynski. En aquel 2016, a pesar de que el vencedor compartía un espectro económico similar, la consigna no fue la gobernabilidad, sino el boicot sistemático, la presión asfixiante y la demolición política que terminó forzando la renuncia de un presidente. El capricho y la revancha personal se antepusieron al destino de toda una nación.
Por eso, su discurso actual, en el que exhorta solemnemente a que ambos candidatos deben "respetar los resultados", no genera confianza; genera una profunda y legítima sospecha. Rompe con su propia naturaleza política.
EL FANTASMA DEL VOTO EXTERIOR Y EL ADVENIMIENTO DE UNA CRISIS INSOSTENIBLE
Esta repentina mutación hacia la corrección política levanta alarmas justificadas sobre lo que se está cocinando tras bambalinas. En los pasillos del análisis político y en el sentir de las calles, la hipótesis es inquietante: esa tranquilidad solo se explica si existe la certeza de tener un as bajo la manga. Las miradas se dirigen con desconfianza hacia el procesamiento del voto en el extranjero, un terreno históricamente opaco y propicio para las suspicacias matemáticas.
Cuando un actor político acostumbrado a patear el tablero decide, de pronto, sentarse a jugar bajo las reglas del juego, es porque sabe —o confía— que los dados ya están cargados a su favor.
El país no resiste una burla más a la voluntad popular. Jugar con el vilo de las urnas en un escenario de extrema polarización es encender una mecha en un polvorín. Si en los próximos días se llega a demostrar de manera fehaciente que existió una manipulación burda de las actas o un fraude orquestado para torcer la decisión ciudadana, el resultado no será una simple queja ante el Jurado Nacional de Elecciones.
La indignación contenida de un pueblo harto de la impunidad y del secuestro de su democracia puede desbordar los cauces institucionales. No estamos hablando de protestas rutinarias; estamos ante el peligro real de una fractura social de proporciones descomunales, un escenario de confrontación civil inevitable donde la violencia puede convertirse en el trágico lenguaje común. Quienes pretenden armar victorias en la sombra deben entender que el precio de su ambición podría ser, esta vez, el incendio definitivo de la república. La tranquilidad de hoy puede ser el preludio del caos de mañana.