31/07/2026
Mi primer ataque de pánico no llegó en uno de mis peores días. No estaba llorando, no acababa de recibir una mala noticia ni me sentía particularmente estresada. Era una noche tranquila, una más. O al menos, eso creía yo.
De un momento a otro sentí que me faltaba el aire. Mi corazón latía con fuerza, mi cuerpo estaba en alerta y el miedo era tan real que pensé que algo grave me estaba pasando. No entendía qué ocurría. No podía convencerme de que “todo estaba bien”, porque mi cuerpo me estaba diciendo exactamente lo contrario.
Hasta ese momento, yo también creía que la ansiedad era simplemente preocuparse demasiado o estar nerviosa. No sabía que podía sentirse tan física, tan intensa y tan aterradora. Cuando el aire parece no alcanzar, el pecho se aprieta y el miedo aparece sin pedir permiso, lo que sientes es absolutamente real.
Con el tiempo entendí que ese ataque de pánico no apareció por una sola cosa. Fue la respuesta de mi cuerpo a muchas cosas acumuladas que había venido cargando por mucho tiempo. A veces creemos que estamos bien porque seguimos funcionando, pero el cuerpo también habla y, tarde o temprano, encuentra la forma de hacerlo.
Algunas cosas me han ayudado y quiero compartirlas, no como una receta, sino como parte de mi experiencia:
* Respirar despacio y recordar que, aunque sienta que me falta el aire, mis pulmones siguen haciendo su trabajo. Mi cuerpo sabe respirar, aunque en ese momento mi mente me haga sentir lo contrario.
* Volver al presente cuando mi mente se va al miedo: mirar a mi alrededor y reconocer lo que veo, escuchar los sonidos que me rodean, sentir mis pies en el suelo y recordar que estoy aquí, en este momento.
* El yoga, el taping y hacer pequeñas pausas durante el día me han ayudado a conectar con mi cuerpo, bajar el ritmo y escuchar lo que necesito.
* Aceptar que no todo está bajo mi control y recordar que no todos mis pensamientos son una verdad absoluta ni todo es tan urgente como mi mente me quiere hacer creer.
* Buscar ayuda. A veces la vergüenza nos hace guardar silencio o nos convence de que deberíamos poder con todo solos. Pedir ayuda no es un signo de debilidad, también es una forma de cuidarnos.
Si algo me hubiera gustado saber aquella noche, es que iba a volver a respirar con normalidad, que no me estaba muriendo y que no tenía que atravesarlo sola.
Si hoy estás pasando por algo parecido, no tengas miedo de hablar de ello, de pedir ayuda y de darte la oportunidad de estar mejor. La calma sí es posible. 🌿🤎