04/06/2026
La Leyenda del Lagarto de Oro del Río Chira.
Hace mucho tiempo, cuando el sol pintaba de cobre las aguas del río Turicarami, los Tallanes vivían en paz en el valle. Ellos eran dueños de la tierra fértil, de los algarrobos y del viento que bajaba desde los cerros.
Los Tallanes tenían un dios con escamas y cola larga: el Lagarto. Abundaba en el río Turicarami, que hoy llamamos Chira. Lo respetaban porque cuidaba el agua y porque sus ojos brillaban como si guardaran secretos antiguos. En honor a él, los sabios del pueblo fundieron el oro de sus minas y forjaron un idolillo: un lagarto pequeño, de oro puro, con la cola enroscada y los ojos de chispas.
Años después llegaron hombres de barba y armadura. Olían a mar y traían sed de oro. Los Tallanes vieron cómo esos extraños arrancaban los adornos de sus templos y se llevaban todo lo que brillaba.
“El Lagarto de Oro no caerá en sus manos”, dijo el curaca.
Esa noche, tres guerreros jóvenes tomaron el ídolo sagrado. Lo envolvieron en telas y huyeron río arriba, hacia el cerro Marcahuilca, el lugar donde sus ancestros dormían bajo la tierra. Ese cerro, con forma de nariz torcida, era sagrado y lo conocían como la “Nariz del Diablo”.
Los españoles los vieron y montaron a caballo. El galope retumbaba como trueno. Los Tallanes corrían, resbalaban en la greda del cerro, trepaban entre piedras. Ya sentían el aliento de los caballos cuando llegaron a una cueva escondida.
Justo cuando los soldados doblaban la última curva, la tierra se movió. Un estruendo. Un derrumbe cayó entre ambos grupos, levantando una nube de polvo que cegó a los perseguidores. Los Tallanes aprovecharon y escondieron el Lagarto de Oro en lo más hondo de la cueva, tapándolo con piedras y rezos.
Nunca salieron de ahí. Algunos dicen que el cerro se los tragó para protegerlos. Otros, que se volvieron parte de la tierra.
Desde entonces, en noches de luna llena, la gente que pasa cerca del cerro Marcavelica jura haber visto un lagarto enorme, de piel brillante como el oro fundido, arrastrándose entre las rocas. No hace daño. Solo vigila. Cuida el tesoro que sus antepasados escondieron.
Y si vas a Sullana, en la entrada de la ciudad verás un gran monumento: el Lagarto de Sullana, esculpido en metal por Víctor Delfín. No es el de oro, pero recuerda a todos que bajo el cerro Nariz del Diablo, el verdadero Lagarto de Oro sigue esperando.
Dicen que solo aparecerá el día en que un Tallán de corazón puro vaya a buscarlo.
Andrés Chero Medina
Andrés Chero Medina - Locutor -
Mincetur Perú