19/12/2025
Poco eventos han capturado el ojo público de Puerto Rico como la residencia de Bad Bunny, “No Me Quiero Ir de Aquí”. Sirvió como una reafirmación del imaginario nacional puertorriqueño, adoptando símbolos referentes a las tradiciones que algunos temen estar en el proceso de perderse, productos de un contexto sociopolítico particular.
Esto, combinado con el ritmo contemporáneo del reguetón, ofreció una oportunidad para reflexionar sobre dónde esta reafirmación debe llevar al país. Es en esta reflexión dónde comencé a divergir de la discusión alrededor de la residencia, sin menospreciar su valor artístico.
Ver a Maripily en la “casita” me hizo entender que el mensaje—plasmado en blanco y negro—sería interpretado de diversas maneras, dependiendo de quién lo viera. Para algunos fue alentador ver a la puertorriqueñidad representada a este nivel, en este escenario. Para otros, una oportunidad más para la creación de contenido.
Esto es a lo que se enfrenta el arte político masivo (aún cuando el mismo intente distanciarse de la “política”), ante todo necesita ser mercadeable. Tira la piedra con una mano, pero asegurate de tener un Bad Johnnie en la otra.
Aún con esto, reconozco a la residencia como un cumplido del talento boricua, del arte de Bad Bunny, una reiteración de la capacidad de la Isla para participar en el escenario internacional. Esto espero que sea su legado, que el puertorriqueño se vea a sí mismo como capaz de trascender sus barreras insulares.