26/01/2026
Ante la polémica desatada tras los dichos del Presidente de la ANEAES, Dr. José Fernando Duarte Penayo, estoy de acuerdo con la postura de que el citado no hizo una reivindicación del stronismo y me sumo a los que creen en la libertad de expresión genuina. Creo que su análisis defiende el concepto de que la Historia no es militancia.
Uno de los problemas más profundos que noté estos días con las diversas opiniones y comunicados de repudio, etc., es la forma en que algunos tratan la Historia. No como una disciplina que busca comprender el pasado, sino como un campo de batalla moral donde se decide quién merece condena eterna y quién absolución automática.
Desde la sociología y la psicología social, este fenómeno tiene nombre: memoria selectiva. Y sus efectos sobre la convivencia social son devastadores. Las sociedades que fragmentan su pasado fragmentan también su presente. Cuando ciertos períodos históricos son demonizados sin matices y otros son relativizados o directamente omitidos, no estamos frente a un ejercicio de memoria, sino de militancia retrospectiva. La Historia deja de ser una herramienta de comprensión y se transforma en un instrumento de confrontación.
La historiografía es clara: los procesos políticos no se explican por actos aislados ni por figuras individuales descontextualizadas. Se explican por acumulaciones de crisis, inestabilidad institucional, violencia política y desgaste social.
En el Paraguay del siglo XX, temprano esos elementos estuvieron presentes durante décadas: gobiernos efímeros, revoluciones, guerras civiles, proscripciones, represión estatal y una ciudadanía atrapada entre facciones.
Desde la psicología de masas, no resulta extraño que sociedades sometidas a largos períodos de caos acepten o toleren formas autoritarias de poder. No como ideal, sino como respuesta al agotamiento colectivo. Reconocer este patrón histórico no implica justificar ninguna dictadura. Implica, simplemente, entender cómo se llega a ellas. Negarse a hacerlo es renunciar al aprendizaje histórico.
El problema aparece cuando se aplican dobles estándares. Algunos autoritarismos son condenados con razón, mientras otros son celebrados o excusados según su orientación ideológica. Esa incoherencia no es ética ni democrática. Es tribal. Y desde el punto de vista social, erosiona la credibilidad del discurso moral y profundiza la polarización.
La reacción airada frente a comparaciones históricas revela más miedo que convicción.
Duarte Penayo hizo una comparación, no una justificación. Comparar no es justificar. Analizar no es reivindicar. La comparación es una herramienta básica del pensamiento histórico y social. Cancelarla empobrece el debate y reduce la Historia a consigna.
Una sociedad madura no necesita relatos purificados. Necesita verdad completa, incluso cuando incomoda. Porque el silencio selectivo no repara heridas; las enquista. Y el resentimiento acumulado termina reapareciendo, una y otra vez, bajo nuevas banderas.
La Historia no es un menú a la carta. No se puede elegir solo aquello que confirma nuestras creencias y descartar lo demás. O asumimos el pasado en su totalidad, con luces y sombras, o seguimos condenados a discutirlo con odio, no con razón.
Defender la coherencia, el pensamiento lógico y el respeto por la historiografía no es una postura ideológica. Es una responsabilidad cívica. Sin ella, el debate histórico seguirá siendo un factor de división entre paraguayos, cuando debería ser una oportunidad para comprendernos mejor y, finalmente, dejar de repetir los mismos errores.
JSMV