Crónicas de Avenidas

Crónicas de Avenidas Manuel Albarracin CASI...un programa de radio.-

30/12/2025

Escribir al menos diez textos que no me den vergüenza, reírme todo lo que pueda, reinventarme todos los días para sentirme vivo y evitar beber en días hábiles; Son algunos de mis modestos objetivos para el 2026. Diciembre, odioso diciembre, es el mes auditor y también el que nos obliga a replantearnos objetivos. La mayoría de nosotros, hacemos, más o menos, el mismo decálogo mental cada fin de año. 1) Empezar la dieta (un clásico, nunca funciona) 2) dejar de preocuparse por cosas que quizás jamás ocurran. 3) separarme (todos lo piensan aunque sea por un segundo) 4) reparar esa humedad del techo 5) separarme (y que de la humedad se haga cargo otro) 6) disfrutar más de las pequeñas cosas cotidianas, y entender que tienen un significado mucho más profundo del que les damos habitualmente; porque la vida es eso que pasa mientras hacemos otros planes, decía un tal Lennon 7) aprender inglés (of corse) 8 ) dejar de comprar cosas que de verdad no necesito 9) irme a vivir a la playa 10) y separarme (no necesariamente en ese orden). Después llega Diciembre otra vez y nos encuentra amichados y a los besos con la misma "media naranja", con seis kilos de más, mirando la playa por la tele y con el techo cayéndose por la humedad. Cada diciembre cierra un círculo vicioso de metas incumplidas y promesas sobre el bidet; que este año no nos pase. Brindo por eso; feliz año y hasta luego.- M.A-

27/12/2025

Soy de una generación que prestaba la campera. Si usted no se ha sacado el s**o en el baile para abrigar a la que decía amar, entonces, sépalo, usted no la ha amado nunca. Las jóvenes, entonces, como ahora, disfrutaban de ir desabrigadas a las fiestas (hacían de gusto, antes y ahora) y en pleno invierno, cuando afuera, en la calle, se forman escarchas en los vidrios de los autos, cuando hasta el ingenio azucarero exhala humo por las chimeneas del frio que le hace. Entonces, uno resignaba hidalgamente su campera sin importar los tres grados bajo cero de “térmica”. Entregar la campera no era poca cosa, era un acto solemne lleno de simbolismo, una declaración. El tema era que le acepten la campera. Yo me había conseguido una especial para aquella ocasión, toda perfumada y forrada por dentro con piel de cordero virgen (eso decía la etiqueta, cuando en verdad, lo que menos importaba era la vida sexual del pobre animalito, sino que los mataban para forrar camperas y por entonces a nadie le parecía mal). Llegó la noche y la escarcha. Miré el termómetro digital (gran invento) colgado en la pared, y marcaba cero grados, con una sensación térmica de menos tres. Ella ya se refregaba de frio. Yo me demoré pensando en la idea de la: “sensación térmica” esa suerte de temperatura objetiva, la “térmica” es el frio que a mí se me ocurre que hace, aunque el termómetro diga que no hace tanto, en fin. Para entonces ella ya tiritaba al borde de las convulsiones y la hipotermia, estaba azul mi Reina, y yo, claro, acudí en su rescate. Con toda la inseguridad del mundo, le ofrecí tímidamente mi abrigo perfumado y casto, ella lo aceptó con una gran sonrisa dibujada en sus labios morados del frio. Nunca, hasta entonces, me había sentido tan feliz, ni tan helado. De aquella noche, no me olvidé jamás; Ojalá que ella también se acuerde, porque nunca me devolvió la campera.-
M.A

23/12/2025
21/12/2025

Mi padre era bancario y trabajaba en la sucursal local del Banco de la Nación Argentina. Uno de los beneficios, eran las colonias de vacaciones para los hijos. Yo fui a una sola, a principios de los 90. Un colectivo pasaba levantando hijos de afiliados, por cada pequeño pueblo del interior donde hubiera una filial del Nación. De madrugada, atravesando Santiago del Estero, llegamos a Quimili, donde subió ella. Yo le decía “la santigueña” pus porque era de Santiago, un lúcido. Se llamaba (supongo que todavía) Carolina Molina, y a la fecha estará felizmente casada, y tendrá hijos que bailan zambas y cantan chacareras; igual, ojalá este texto si le llegue. El Campamento fue en Tanti, un pueblito de Córdoba, en un predio lleno de carpas, con pileta y todo. Nos buscábamos con la mirada y no hacíamos más que eso, mirarnos y sonreírnos todo el tiempo; yo por ahí le cruzaba los ojos o me tocaba la nariz con lengua (habilidad que he perdido con los años) y ella reía a carcajadas. Los coordinadores, que no querían ser padrinos de nadie, se esmeraban en mantenernos alejados, pero no podían evitar que nos miráramos, y mirarnos era lo nuestro. La última noche hubo baile de salón, y ante el primer descuido de los celadores, nos escapamos al jardín. Me dio un beso de esos que hacen que uno se olvide que hay que morirse, y después bailamos toda la noche. De regreso, compartimos asiento y soñamos todo el viaje. Ya en “Pampa del Infierno” todavía en Chaco, me dictó una dirección que yo anoté con la zurda y en la oscuridad del colectivo. Unos 300 kilómetros después, se bajó. Nunca la olvidé. Le escribí varias cartas a lo largo de los años sin obtener respuesta, hasta que un buen día me respondieron. El remitente, un tal “Cuti” Carabajal, me pedía encarecidamente que dejara de mandar cartas porque estaba volviendo loco a Roberto, y que en esa dirección no vivía ninguna Carolina. Yo igual todavía le sigo escribiendo.
Manuel Albarracin

Lucífugos (3)En su corcel, cuando sale la luna, aparece don Pedro Aguilar  con el sombrero de lado y las medias puestas,...
20/12/2025

Lucífugos (3)

En su corcel, cuando sale la luna, aparece don Pedro Aguilar con el sombrero de lado y las medias puestas, y nada más. Pero en la oscuridad, los cuerpos se confunden fácilmente. Él se dice nudista, pero la comisión barrial ha determinado que un nudista con medias no es un nudista, y le exigen vestir al menos dos prendas más como mínimo, para cumplir con las normas de decoro y convivencia o bien que lo haga descalzo y en alguna playa. “La delgada línea entre el mero exhibicionismo y la libertad, se traza con soquetes en este pueblo” dice el desnudo. “Que alguien piense en el caballo y su dignidad” reclama la recién fundada sociedad protectora de matungos. La oscuridad disimula la desnudez, pero su sombra lo delata y escandaliza a las señoras de la cuadra que se desmayan del susto (o la excitación) a su paso. Y es que por la noche, las emociones se confunden fácilmente. El caballo bayo sabe volver solo a la estancia, pero en las penumbras, uno también se confunde de caballo fácilmente. Así fue que a don Pedro, tras una noche de borrachera, dicen que lo vieron pasar al galope con su humanidad al aire y sin espuelas, sobre un alazán ajeno cruzando el país. Tiempo después, volvió en silencio y desnudo una noche. Desde entonces, cada vez que cabalga en cueros, lo hace cuando sale la luna, llevando un antifaz y una capa negra, cumpliendo así con las normas de decoro y convivencia del pueblo.M.A

19/12/2025

Parte de mi vida escolar, estuvo signada por ser mi madre maestra en el mismo establecimiento. Y no era nada fácil ser “el hijo de la maestra”. Así que me pasaba los recreos escapando de los malosos e intentando enamorarles las hermanas en venganza (no me iba muy bien ni en una cosa ni en la otra, no va a creer) sobre todo a la hermana del “manco” López; el tipo era un gigante de 11 años con barba y manos de pianista chino cursando sexto grado en una escuela pública, y se dedicaba a amenazar mi integridad física, nunca entendí por qué. Así fue que aprendí a tirar caños y a recitar poemas de Neruda (los poemas se los recitaba en voz alta a los malosos, que tiritaban azules de odio a lo lejos, cuando mi madre andaba cerca). Un día, la maestra, la que no era mi madre, propuso de tarea: “Que quiero ser de grande” y todos querían ser futbolistas, como Maradona; algunos decían ser hijos del Diego, vaya uno a saber. Yo, de grande, quería ser “El Zorro” pero no me pareció buena idea revelar frente a todo el grado mi identidad secreta; así que a mí turno, dije con voz firme, que, de grande, yo quería ser cuñado del “manco” López. Ese día, ni salí al recreo. Manuel Albarracin

Yo no estaba mu**to, eso para empezar. No cabe la menor duda al respecto. Fue en vísperas de una navidad, la estufa a le...
18/12/2025

Yo no estaba mu**to, eso para empezar. No cabe la menor duda al respecto. Fue en vísperas de una navidad, la estufa a leña del comedor, toda decorada con motivos alusivos, estaba apagada, claro. Y es qué con 37 grados en diciembre, en esta parte del mundo, la navidad inventada del norte aquí no funciona, papá Noel moriría sofocado. Por eso, por aquí, los regalos los trae un niño dios, nacido en un desierto, acostumbrado al calor. Se había cortado la luz y en la penumbra, busqué a tientas y sin éxito, una vela; Cuando mis ojos al fin se acostumbraron a la oscuridad, recién ahí lo pude ver con claridad, levitando justo frente a mí, estaba el fantasma de las navidades pasadas (que no se entere Dickens). El espectro me llevó de paseo a una de esas navidades en casa de mi abuela, cuando faltaban sillas (hoy sobran asientos vacíos que nadie puede llenar) con todos los primos bebiendo a escondidas, los tíos discutiendo de política, y con mi padre, contando alguna historia, seguro con remate impecable. El espectro me hizo ver lo poco que uno valora esos momentos cuando joven, y cuanto los añora ya de grande. A su turno, el fantasma de la navidad presente se apareció con una motosierra en una mano y una botella de Whisky en la otra. Me dijo que me relaje, que afloje y que disfrute, que aproveche que estoy vivo. Que brinde con amor por los que están, con emoción a la memoria de los que se fueron, y con humor por los que eligen no estar “lo que se fue, se vaya” me dijo. Me dejó la botella y partió apurado a reprimir una marcha de jubilados que justo pasaba por la calle. Al espíritu de las navidades futuras le invité de la botella que me dejó el presente, le pedí que evitara detalles, que el porvenir y la muerte lleguen por sorpresa, tal y como llega la vida, no tiene caso preocuparse por cosas que no podemos controlar. Así que hablamos de ella, de fútbol, y de lenguaje inclusivo hasta que se hizo de día. Feliz Noche buena para "todes". Manuel Albarracin

16/12/2025

Me había propuesto escribir un texto por día durante el año. Redacté 396 historias que nadie me pidió. Ya sé, tengo un problema. De esos 396, escribí a cerca de ella en 120; 90 fueron para enamorarla, me dieron vergüenza 100 y 70 fueron mensajes encubiertos disfrazados de relatos con humor. 6 se escribieron solos, 8 se negaron a ser publicados. Un escrito y una carta se enamoraron y tuvieron un “micro relato” hermoso que no me dejan contar, pero me pusieron de padrino. Pero hay uno en particular que me tiene de rehén hace casi un mes, me apunta a la cabeza con una L mayúscula, y denuncia que a este texto no le cierran los números, exige que le cambie el final y que firme como “Roberto”. Pero yo sé que en el fondo, él es un buen argumento. R.A

14/12/2025

El día que la vi por última vez, fue esa mañana cruzando la avenida. Ya era domingo. Ella iba a misa, yo volvía de algún tugurio infame. No recuerdo bien la fecha, pero estoy seguro de que fue en invierno, porque tengo grabado el silbato del ingenio en mi memoria, cantando la hora. El invierno no es invierno para mí, sin el rugir de la molienda de fondo. Si usted no creció en una ciudad con un ingenio clavado en el pecho, no lo entendería. Todos los inviernos que viví, tienen en mis recuerdos, inevitablemente ese “ronroneo”; que sin importar el lugar del mundo en que me encuentren los fríos invernales, yo lo escucho igual y me provoca cierta melancolía, como de ingenio azucarero, sin perro familiar. “¡¿Cómo es que No tenemos perro familiar?! ¡Hay que reclamar! ¡Cortar una ruta! No debería estar permitido tener ingenio y no tener perro. Si lo piensa, es una injusticia histórica a todas luces. ¡Cómo se puede tener un ingenio, sin un perro familiar¡” Venía hablando solo, renegando sobre el tema, cuando la vi. A pesar de mi desvelo, me decidí a mirarla fijamente para ver si me miraba, pero en el momento justo de cruzar miradas, en ese preciso instante en el que quizás hubieran cambiado nuestros destinos para siempre, se me clavó una ceniza del ingenio sin perro, como una estaca en el lagrimal izquierdo, así que pasé cerrando los ojos; si es que me miró, que nùnca lo sabré, supongo que pensó que era ciego. Después, ya no la vi más. Manuel Albarracin

12/12/2025

Ya me han dicho de todo: pirómano, relator de historias, escribidor de “cosos”, autor de "textos incendiarios", recopilador de historias, y el clásico: piromanìaco, en tono amistoso (…creo). Comparto textos porque tengo amigos (buenos) que me insisten con que les gustan, y después ni los leen ni me invitan a sus casas. Igual, yo solo escribo para que me lea ella, aunque vivimos en universos diferentes, y es probable que mis historias nunca le lleguen. Ella habita la galaxia de Instagram; yo, un pequeño asteroide apenas más grande que una habitación, el cual comparto con una rosa, un zorro y un borracho. Y aunque a veces donde yo veo un sombrero, ella ve una serpiente Boa que se comió un elefante, le escribo porque me gusta que sea ella, aunque yo vea un sombrero. Entonces, aunque no me escuche, le hablo de Boas, de ingenios azucareros, del perro familiar, de estrellas y de incendios. Le escribo porque no puedo evitarlo, y porque es el único momento en que se calla esa voz en mi cabeza, que me repite insistentemente: “Manuel, prendamos fuego todo y huyamos de aquí” mientras yo, con el borrador de este cuento en una mano, busco y no encuentro el encendedor con la otra… M.A

Manuel Albarracín.

10/12/2025

Una vez tuve un triangulo amoroso. Tan cariñoso era mi escaleno, que cada vez que yo llegaba a casa, él salía corriendo a recibirme, sacudiendo feliz todos sus lados desiguales y con los ángulos llenos de barro. Los equiláteros del vecino, todos con sus lados igualitos, lo miraban con desdén. Yo, que soy medio cuadrado, le dije qué, a pesar de lo que diga el tal Pitágoras ese en su famoso teorema, a un buen triangulo, no solo lo define la suma de sus lados. Después, un buen día, mi escaleno se enamoró de una isósceles retacona de ojos azules, y juntos se fueron de mochileros a recorrer el mundo. M.A.-

05/12/2025

Una sola vez acompañé a “la virgen”. Fue en una de esas maratónicas procesiones de los 8 de diciembre, en las que aquel que no camina nunca, de pronto se levanta y anda 15 kilómetros de un tirón y sin morir en el trayecto; lo cual, ya de por sí, es un milagro. Una noche soñada para hablarle a ella de amor, esquivando autos sobre una ruta nacional, rodeados de borrachos que ruegan y recién confirmadas que se hacen rogar. Pero todas mis súplicas fueron inútiles. No me prestó atención en toda la noche. Solo rezaba en latín, creo, y me murmuraba frases a las que no sabía cómo responder; igual yo arriesgaba, y a todo respondía “…y con tu espíritu”. Ella me odiaba con la mirada. Mi cuerpo, mi culpa y mi fe, resistieron algunos kilómetros y caí rendido. La virgen, al final se fue con otro, que le respondía a cada intención “ayúdanos señor” (alcancé a escuchar que le contestaba el muy apostólico) y ella sonreía. A la procesión de los 8 de diciembre, fui después varias veces más, pero ya con amigos incrédulos que iban de infiltrados. A la “virgen” (así le decían las malas amigas por beata) no la volví a acompañar. Igual, era evidente, que yo no era santo de su devoción.-M.A

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