04/12/2025
¡Cuando en vez de amar a Dios… le tienes temor!
Hoy quiero hablar de un tema que quizá no le gustará a muchos, pero que es necesario decirlo porque es real, porque pasa más de lo que aceptamos, y porque puede estar sucediéndote justo ahora sin que tengas las palabras para expresarlo.
Hay momentos en la vida cristiana en los que, en vez de acercarnos a Dios por amor, lo hacemos por miedo. No miedo reverente, no respeto, sino temor de verdad: miedo a fallar, miedo a ser castigado, miedo a que si preguntas algo o si no estás de acuerdo con lo que te enseñaron, entonces Dios te dará la espalda.
Y llega ese punto donde te das por vencido. Donde dices: “Señor, yo traté…”. Trataste de ser buen cristiano, trataste de ser ejemplo aunque doliera, trataste de llevar una vida recta según lo que te enseñaron, trataste de hacer las cosas bien aunque nadie lo viera. Pero aun así, todo te sale mal. Vives en carencia, en lucha, en desgaste. Tu vida no se parece en nada a lo que “debería ser” según lo que otros dicen que Dios hace con los que le son fieles.
Y empiezas a sentir que tu esfuerzo está siendo ignorado por el cielo. Ves cómo otros prosperan sin esforzarse demasiado, ves cómo a ti todo te cuesta el triple… y llega ese pensamiento silencioso que nadie quiere admitir: “Dios tiene sus favoritos, y yo no soy uno de ellos.”
Ahí es donde el corazón empieza a creer que seguirás con Dios, sí… pero ya no por amor, sino por miedo. Por temor a alejarte y que todo empeore. Por temor a cuestionar y que venga un castigo. Por temor a sentir que sin Él no sobrevives, pero con Él tampoco entiendes nada.
Y ahí, en ese punto tan complejo, tan honesto, tan humano… es fácil pensar que algo en ti está roto. Pero escucha esto:
Puede que no sea tu fe la que está rota… sino tu corazón cansado.
Porque incluso en esa confusión, en ese agotamiento y en ese punto donde ya no sabes si sigues creyendo por amor o por miedo, hay algo que solemos pasar por alto: tu voz interior. Esa voz que un día fue limpia, sensible, llena de fe, pero que poco a poco se fue apagando entre el ruido, las expectativas y las cargas que otros te pusieron encima.
Muchas veces, sin darte cuenta, has cuidado huertos ajenos y has descuidado el tuyo. Has sostenido a otros, has sido fuerte para todos, has obedecido, has cumplido, has dado… y tu alma quedó para después. Y así, con el tiempo, lo de adentro comienza a secarse. No porque Dios se haya ido, sino porque dejaste de escucharlo entre todo lo demás.
Y cuando uno está seco por dentro, el temor toma el lugar del amor. No porque así tenga que ser, sino porque la voz que debería guiarte —la tuya, conectada a Él— quedó abandonada, sin agua, sin cuidado, sin espacio para ser escuchada.
Por eso, quizás este no sea un momento para sentir vergüenza ni para condenarte. Tal vez es un momento para reconocer que necesitas volver a escucharte, volver a respirar, volver a sanar lo que nadie ve. Volver a Dios, sí… pero desde un corazón que quiere amar, no sobrevivir. Desde un corazón que quiere confiar otra vez, no esconderse.
Y créeme: Dios no quiere hijos que lo teman… quiere hijos que lo amen. Y ese amor puede volver a nacer, aun desde las cenizas del cansancio y del silencio interno. Solo necesitas detenerte, regresar a tu interior y permitir que esa voz apagada vuelva a levantarse. Allí, en ese espacio, el amor puede volver a vencer al miedo.
✍️Desde el escritorio de 𝙇𝙖 𝘽𝙖𝙨𝙚