06/05/2026
HA MU**TO
✍️ Alejandra García
Cuando publicó Persépolis, Marjane hizo algo que parece simple y no lo es: contó la historia de una niña iraní durante la dictadura islámica con trazo en blanco y negro, sin eufemismos ni distancia. Marji aprende que las mujeres deben cubrirse. Marji ve desaparecer a personas que quiere. Marji crece y no entiende por qué el mundo que le enseñaron ya no existe. En esas viñetas directas, casi brutales en su claridad, Satrapi habló también de cualquier persona obligada a vivir bajo el peso de la represión. Acercó al mundo una realidad que durante años había sido simplificada o deformada por discursos políticos. Y lo hizo, en apariencia, desde lo más minúsculo: una niña, su familia, una calle de Teherán.
Después llevó esa historia al cine. La adaptación animada, codirigida por ella, convirtió una experiencia íntima en una conversación universal sobre libertad, exilio, censura e igualdad para las mujeres. Premiada en Cannes, nominada al Oscar. Pero más que los premios, lo que importó es que esa película llegó a personas que jamás habrían abierto un cómic, y les hizo entender algo que los informativos no habían logrado explicar en años.
Nadie te prepara para notar cuándo pierdes a una autora que te marcó. No sabías que el día que ocurriera iba a dolerte tanto. Que habías soñado con conocerla para decirle que sí, que Persépolis cambia vidas. Que te sentiste Marji. Que atravesaste con ella el miedo, la rebeldía, la confusión de crecer bajo reglas impuestas por otros. Que entendiste sus sueños porque también eran, de alguna manera, los tuyos.
Ayer, 4 de junio de 2026, Marjane Satrapi murió en París. Tenía 56 años. Los suyos dijeron que murió de tristeza, más de un año después de perder al amor de su vida. Hay algo terrible y también coherente en eso: una mujer que pasó décadas documentando el dolor ajeno, vencida al final por el suyo propio.
Su muerte deja un vacío extraño. No solo porque desaparece una de las voces más importantes de la novela gráfica contemporánea, sino porque se apaga una artista que convirtió la memoria en resistencia y el arte en herramienta para defender los derechos humanos.
Lo más impresionante es que Persépolis no pertenece al pasado. Cuando las mujeres iraníes tomaron las calles bajo el lema "Mujer, vida, libertad" tras el as*****to de Mahsa Amini en 2022, la obra de Satrapi cobró una vigencia dolorosa. Las preguntas que ella formuló décadas antes seguían abiertas: quién decide sobre el cuerpo de las mujeres, cuánto puede soportar una sociedad antes de rebelarse, qué papel tiene el arte frente a la injusticia. Ella misma acompañó esas luchas hasta el final, coordinando Mujer, Vida, Libertad, un libro colectivo de no ficción gráfica que documentó el movimiento. En abril de 2024, en una entrevista concedida a The New York Times, declaró que “una verdadera revolución es cultural”. Lo dijo como quien cree en un arte que disiente y cuestiona.
Por eso su obra dialoga también con Cuba. Porque artistas como Luis Manuel Otero Alcántara, El Sexto o Tania Bruguera han entendido, como ella, que crear no consiste únicamente en representar la realidad, sino en disputarla. Que una novela gráfica, una canción, una instalación o un poema pueden convertirse en espacios de memoria, denuncia y libertad. Que el arte que incomoda al poder es, casi siempre, el arte que sobrevive. Y que el precio que se paga por levantarlo —el exilio, la cárcel, el silencio forzado— no es tan distinto en Teherán que en La Habana.
Me quedo con sus historietas, con su cine, con esas historias que llegan hasta dentro y jamás salen de uno. Y con la certeza de que mientras exista alguien capaz de reconocerse en Marji —de atravesar con ella el miedo, la rebeldía, la confusión de crecer bajo reglas impuestas por otros— Marjane Satrapi seguirá encontrando la manera de hablarle al mundo.
📷 Fotograma del filme Persépolis (2007) | Instagram | La Cinestación