01/11/2026
Di a mi hija en adopción y he vivido con esa culpa durante más de 30 años.
Conforme pasan los años me siento cada vez más cansada y el miedo a morir sin haberla vuelto a ver me persigue. Tengo 44 años y este secreto ha sido una sombra constante en mi vida.
Hoy estoy casada y tengo dos hijos, ellos no saben nada de esta historia.
Crecí en una familia de clase media alta, con un padre abogado, autoritario y muy dominante. En casa todo era rigidez, reglas y prejuicios. Éramos solo dos hermanas y yo, la mayor, cargaba con muchas expectativas.
A los 13 años conocí a un chico un poco mayor que yo. Me enamoré ingenuamente y creí en el amor. Como resultado quedé embarazada.
Cuando mis padres se enteraron, la reacción fue violenta. Me golpearon y enfrentaron al padre del bebé, pero su familia se negó rotundamente a que él asumiera cualquier responsabilidad.
Mis padres, llenos de miedo al “qué dirán”, hicieron todo lo posible por ocultar el embarazo. Me sacaron de la ciudad y pasé esos meses escondida en Ciudad Juárez, lejos de todo y de todos.
Fue una etapa profundamente dolorosa. Día tras día me repetían que había arruinado mi vida y la de la familia, que era una vergüenza y que nadie me querría jamás.
Mi madre comenzó a advertirme que no me encariñara con el bebé, porque mi padre nunca permitiría que lo criara como madre soltera.
Lloraba constantemente, me sentía sola, confundida y sin ninguna salida.
Después de nueve meses nació una niña hermosa. El parto fue muy duro, pero nada se comparó con lo que vino después. Al regresar a casa, mi padre me esperaba. Me obligó a entregarla, diciendo que ya tenía arreglada su adopción.
Con el corazón destrozado lo hice, porque la alternativa era quedarme en la calle.
Nunca podré describir ese dolor. Sentía que seguía respirando, pero por dentro estaba mu**ta.
Cuarenta días después, cuando pregunté por mi hija, mi padre solo dijo que era un tema prohibido y que era momento de regresar a casa. A todos les hicieron creer que habíamos estado viviendo en otra ciudad.
Desde entonces nunca volví a ser la misma. Me volví obediente, silenciosa y reservada. No tenía amigos, no salía, solo estudiaba. Mi vida se volvió pequeña y controlada.
A los 23 años mi padre me presentó a quien hoy es mi esposo, un hombre mucho mayor que yo. Nos casamos al año siguiente. No lo amaba, pero con el tiempo aprendí a quererlo.
Él no conoce mi pasado. Es un buen hombre, un excelente padre. Desde afuera parecería que tengo una vida perfecta, pero nunca he sido verdaderamente feliz.
Siempre he guardado la esperanza de volver a ver a mi hija.
Cuando mi padre enfermó, lo cuidé con la ilusión de que antes de morir me dijera algo sobre ella. Nunca lo hizo. Solo al final me atreví a preguntarle qué había hecho con la bebé. Me respondió que era un secreto que se llevaría a la tumba, una promesa que no podía romper.
Me dijo que dejara el pasado atrás y que no saber nada de ella era el precio que debía pagar por mis errores.
Sus palabras me destrozaron.
Tras su muerte intenté investigar con mi madre, pero ella asegura no saber nada, y le creo, porque fue mi padre quien se la llevó.
No puedo preguntar a nadie más, porque ante todos, yo nunca estuve embarazada.
Solo me queda la esperanza de que algún día la vida nos vuelva a juntar.
Me duele profundamente no poder compartir esto con nadie. Muchas veces he pensado en contárselo a mi esposo y a mis hijos, pero tengo miedo de que me juzguen, de que me rechacen por haber entregado a mi propia hija.