06/04/2026
Cuando Pablo clamó al Señor para que quitara de él aquel “aguijón en la carne”, la respuesta de Dios no fue quitar la prueba, sino darle algo mayor:
“Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9).
La gracia es el favor inmerecido de Dios. Es todo lo que Dios nos da por amor, no porque lo merezcamos, sino porque Él es bueno y misericordioso.
La gracia de Dios es:
Su ayuda cuando no tenemos fuerzas. Su poder cuando nos sentimos débiles. Su provisión cuando nuestros recursos se terminan. Su paz cuando no encontramos respuestas. Su presencia cuando nos sentimos solas.
Pablo aprendió que la gracia de Dios no siempre elimina la dificultad, pero sí nos sostiene en medio de ella.
La gracia de Dios abre el camino que a nosotros se nos ha cerrado”, Hay puertas que nuestra capacidad no puede abrir, pero la gracia de Dios puede hacer posible lo imposible. Lo que nuestras fuerzas no alcanzan, la gracia de Dios lo alcanza.
La gracia:
Abre puertas cerradas.
. Fortalece corazones cansados. Levanta al caído. Sostiene al débil. Nos capacita para seguir adelante.
Por eso Pablo pudo decir que se gloriaba en sus debilidades, porque entendió que cuando él era débil, entonces el poder de Cristo se manifestaba con mayor claridad.
Quizás hoy tienes una situación que no puedes cambiar, una oración que aún no recibe la respuesta que esperabas, una carga que parece demasiado pesada. Dios te recuerda lo mismo que le dijo a Pablo:
“Mi hija, mi gracia es suficiente para ti. Lo que te falta a ti, lo supliré Yo. Donde termina tu fuerza, comienza mi poder.”