02/22/2026
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Seúl nunca duerme, pero a veces parece que contiene el aliento.
Era mayo. El calor empezaba a desplazar la humedad de la primavera y los cerezos ya habían dejado paso a un verde intenso que cubría las orillas del Han. Me detuve en el mismo puesto de pojangmacha donde todo había comenzado meses atrás. La misma mujer del moño apretado me sirvió el café sin preguntar. Ya no me miraba con curiosidad, sino con esa especie de reconocimiento silencioso que se le da a los fantasmas que se niegan a irse.
Saqué el cuaderno que llevaba en el bolsillo interior de mi chaqueta. No era el de Taejun; ese estaba bajo llave en la caja fuerte de la comisaría, etiquetado como evidencia. Este era nuevo. Las páginas estaban en blanco, esperando.
Miré hacia el puente Mapo. Las luces LED parpadeaban con mensajes de prevención del suicidio, reflejándose en el agua como hilos de neón fracturados.
—Detective Kang —la voz de Im Suah sonó a mis espaldas, tranquila pero firme—. El jefe dice que te tomes el resto de la noche. El informe de Itaewon está cerrado.
—Cerrado no significa terminado, Suah —respondí sin mirarla.
—Para ti nada termina nunca, ¿verdad?
Me giré. Ella me observaba con esa inteligencia aguda que a veces me resultaba incómoda. Sabía que ella veía las grietas en mi máscara, las mismas que Taejun había intentado ensanchar hasta romperlas.
—El río sigue fluyendo —dije simplemente—. Solo cambia lo que arrastra.
Suah asintió lentamente, me dio una palmada breve en el hombro y se alejó hacia el coche patrulla. Me quedé solo con el sonido de la ciudad de diez millones de personas moviéndose a mi alrededor.
Abrí el cuaderno en la primera página. Pensé en Taejun, en su caligrafía perfecta y en su invitación al abismo. Pensé en la chica de la bolsa negra y en todas las que vendrían después. La diferencia era que ahora, cuando miraba al río, ya no buscaba solo el reflejo de un asesino.
Buscaba el mío.
Apoyé el bolígrafo sobre el papel y escribí una sola frase, la misma que me repetía cada mañana frente al espejo antes de colocarme la placa:
"El lobo no ha mu**to. Solo ha aprendido a esperar en silencio".
Cerré el cuaderno. Me bebí el resto del café amargo y caminé hacia la oscuridad del paseo, donde las sombras del Han eran más densas.
Ya no les tenía miedo. Después de todo, yo era una de ellas.