01/05/2026
El día en que la casa habló
En una casa cualquiera —de esas donde siempre falta un calcetín y sobra una taza sucia— vivían Marta y Luis.
No eran malos el uno con el otro… solo estaban cansados.
Cansados de discutir por cosas pequeñas, cansados de no escucharse, cansados de tener razón.
Últimamente, la casa estaba rara.
No porque estuviera embrujada (aunque a veces parecía), sino porque todo crujía más de lo normal.
La puerta suspiraba cada vez que alguien la cerraba de golpe.
El sofá se quejaba cuando uno se sentaba en una esquina y el otro en la opuesta.
Y el refrigerador… bueno, el refrigerador ya no sabía si enfriar comida o enfriar el ambiente.
—“Aquí antes se reía más”, murmuró una noche la lámpara del comedor, cansada de iluminar silencios incómodos.
Marta y Luis casi no hablaban.
Cuando lo hacían, era para discutir por quién dejó el cepillo en el lavabo, quién olvidó comprar pan o quién estaba más cansado (competencia que nadie ganaba).
Pero había algo que seguía funcionando perfectamente:
las risas de Sofía y Mateo, sus hijos.
Ellos no entendían del todo las discusiones, pero sí entendían las miradas tensas, los silencios largos y los “después hablamos” que nunca llegaban.
Una noche, mientras Marta y Luis discutían en voz baja creyendo que nadie los oía, Sofía le susurró a su hermano:
—¿Tú crees que mamá y papá ya no se quieren?
—No sé —respondió Mateo—, pero antes se reían más… como cuando se les quemó el arroz y pidieron pizza.
Ese recuerdo se quedó flotando en la casa…
y la casa decidió hacer algo.
Al día siguiente, todo empezó a salir mal, pero de una manera sospechosamente graciosa.
La cafetera hizo café salado.
El despertador sonó con una canción ridícula que ninguno recordaba haber puesto.
El auto no arrancó… pero solo cuando iban juntos.
—Esto es el colmo —dijo Luis.
—O una señal —respondió Marta, rodando los ojos.
Caminaron juntos hasta la escuela de los niños, en silencio… hasta que Mateo dijo:
—¿Se acuerdan cuando se perdieron y terminaron bailando en la calle porque ya daba igual?
Marta soltó una risa.
Luis también.
Y fue incómodo… pero bonito.
Esa noche, la casa volvió a sentirse un poco más ligera.
No se reconciliaron de golpe.
No hubo música romántica ni discursos perfectos.
Solo hubo una conversación honesta, torpe, real.
—Estoy cansada —dijo Marta.
—Yo también —dijo Luis.
—No quiero pelear más.
—Yo tampoco quiero rendirme.
La casa escuchó en silencio, orgullosa.
El sofá volvió a unirlos en el centro.
La puerta dejó de suspirar.
Y el refrigerador, feliz, volvió a enfriar solo comida.
Porque a veces el amor no se acaba…
solo se cansa.
Y cuando hay niños mirando, esperando, creyendo…
vale la pena recordar por qué empezó todo.
No para ser perfectos.
Sino para volver a intentar.