Jordi Castañeda

Jordi Castañeda .

07/16/2023
Justicia para la compañera del
07/04/2023

Justicia para la compañera del

07/03/2023
07/03/2023
04/22/2023
04/22/2023

que te ruegue quien te quieraaaaaaaaaaaaaa 🤠🎶🎵

04/22/2023

¡En un hecho histórico para Zacatecas! APRUEBAN DESAFUERO PARA ALCALDE DE GUADALUPE

📢 Sin reservas
📢 Por unanimidad
📢 Con 28 votos a favor

Esta tarde, en la LXIV Legislatura fue aprobado por unanimidad con 28 votos y sin ninguna reserva el desafuero en contra de Julio Cesar “N”, ahora ex presidente municipal del municipio de Guadalupe, por diputados de la LXIV Legislatura –constituidos en jurado de instrucción-, luego de la solicitud de declaratoria para retirar la inmunidad procesal al hoy imputado por la Fiscalía General de Justicia del Estado de Zacatecas (FGJZ), por la presunta comisión de los delitos de homicidio y robo calificado.

Y ahora...

Julio César Chávez no tiene inmunidad para seguir el proceso legal en su contra y enfrentar la justicia por su supuesta responsabilidad en un homicidio.

La bancada de Morena votó a favor el dictamen de la Comisión Jurisdiccional.

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03/11/2023

❄⛄

01/26/2023
12/16/2022

LA DEMOCRACIA LIBERAL ES UNA FORMA HISTÓRICA DEL ESTADO

Por: Aquiles Córdova Morán

Según la ciencia del materialismo histórico, el Estado no ha existido siempre. Nació cuando la producción social fue capaz de generar un excedente económico del que se apropió la capa social que, de tiempo atrás, venía desempeñando funciones organizativas y directivas del trabajo colectivo de la horda y de la tribu. Con ello se disolvió la comunidad originaria y su lugar lo ocupó la sociedad dividida en clases con intereses antagónicos. El Estado surge, precisamente, como la herramienta que la clase dominante requiere para asegurar su dominio y garantizar el funcionamiento fluido de la maquinaria social a su servicio. El Estado ha sufrido cambios de forma para adaptarse a los cambios que, a su vez, ha experimentado la organización de la producción social. El Estado democrático-liberal es la forma de Estado que corresponde al modo de producción capitalista. Pero bajo sus cambios de forma, y gracias a ellos, el Estado ha conservado su carácter de forma organizada del poder y de la fuerza de la clase dominante, incluso en la sociedad capitalista, en la sociedad organizada como una máquina productora de mercancías.

Entendido así el Estado, el presidente López Obrador tiene razón cuando afirmó que el Estado mexicano ha sido hasta hoy una junta de notables al servicio del gran capital; que los apoyos, concesiones, exenciones y privilegios que le ha otorgado, han sido un factor de su enriquecimiento insultante y de los límites intolerables que han alcanzado la desigualdad y la pobreza entre las clases populares; cuando culpa a Gobiernos pasados por el “capitalismo de cuates” que ha florecido entre nosotros. Pero se equivoca rotundamente al pensar que este maridaje es exclusivo y peculiar de México; que solo aquí existe el “capitalismo de cuates”, y que su Gobierno puede acabar con esta relación perversa de una vez y para siempre. Y más aún cuando afirmó que es un problema de voluntad política; que basta con que él lo decida y lo haga público para que el contubernio y el trasiego de recursos y favores entre Gobierno y capital desaparezcan como por milagro.

“Eso se acabó”, declaró enfático el Presidente; ahora hay una completa separación entre poder político y económico y el capital debe someterse a las decisiones del Gobierno si quiere sobrevivir y prosperar “honradamente". La equivocación reside en el carácter unilateral del planteamiento, en que se mira solo una cara del fenómeno pero se olvida “darle la vuelta”. El Presidente solo ve lo que el Gobierno le ha dado al capital, pero no lo que el capital aporta a la vida de la sociedad en su conjunto y, por tanto, también a la vida y actividad del Gobierno. Ignora o calla que ninguna sociedad presente, pasada o futura, puede vivir sin los bienes y servicios que sustentan la vida de sus miembros; y que en una economía capitalista, todos los medios necesarios para producir dichos bienes y servicios están en manos del capital; que toda la riqueza, sin exceptuar los ingresos fiscales del Estado, proceden, en última instancia, de sus inversiones productivas; que en esto residen su fuerza y su poder y que esto no es exclusivo de México ni puede borrarse con una simple declaración. La verdad es que ambos poderes se necesitan, dependen el uno del otro y entre los dos garantizan la existencia de la sociedad. Quien intente separarlos artificialmente, se aventura por un camino asaz peligroso y con un elevadísimo costo para la sociedad en caso de fracasar. Hay más de un ejemplo reciente al respecto. Sin embargo, no es una rareza histórica que un gobierno con fuerte respaldo popular se enfrente al capital.

Los estudiosos del tema afirman que, en este caso, lo que ocurre no es un “divorcio” sino una dualidad de poderes, es decir, una sociedad con dos cabezas. Y, como sucede con todo ser vivo, esa sociedad bicéfala no puede durar mucho tiempo. La dualidad de poderes es temporal por naturaleza y tiene que resolverse necesariamente en favor de uno u otro de los contendientes. Es una situación preñada de oportunidades para los trabajadores y las clases oprimidas, pero también del grave riesgo de un brutal retroceso hacia formas dictatoriales de corte fascista. El pueblo y sus líderes no pueden permitirse jugar a la provocación ni a la insurrección sin estar preparados y decididos a llevar la lucha hasta sus últimas consecuencias. El Estado democrático-liberal, repito, es histórico. En lenguaje técnico se entiende por histórico lo que no ha existido siempre y que, por tanto, tampoco durará eternamente. “Todo lo que nace merece perecer”, dijo Hegel. La democracia liberal tendrá que ceder su lugar a una forma superior para una sociedad mejor organizada. Pero esto no ocurrirá solo porque alguien lo desee; su caducidad debe probarse en los hechos, y también en las entrañas de la nueva realidad debe haber aparecido la nueva forma que se requiere. No se debe destruir lo viejo sin saber con qué se lo va a sustituir.

Creí necesario recordar y precisar todo esto porque, aunque el discurso del presidente López Obrador no es suficientemente claro ni coherente, se puede afirmar que, basado en la supuesta separación de poderes que, según él, es ya un hecho, está tomando medidas muy agresivas en contra de los intereses del capital, en contra de los inversionistas, para combatir la corrupción privada; y está lesionando gravemente los derechos salariales y la seguridad en el empleo de miles de funcionarios de su administración para combatir la corrupción pública. Está introduciendo reformas a las leyes existentes y creando nuevas, que impidan, según piensa él, el retorno de las viejas prácticas de gobierno aún en el caso de que tenga que dejar el poder de la nación. Quiere asegurarse, dice, que todo el dinero que se logre ahorrar con el combate a la corrupción y con un gobierno austero, se canalice íntegro a un sector de las clases pobres previamente seleccionado por él, a través de programas de transferencia de dinero en efectivo directamente a la gente, sin intermediarios ladrones que se quedaban antes con parte del recurso. Así pretende acabar con la desigualdad y pobreza.

Ha creado leyes que conculcan los derechos civiles y políticos de los ciudadanos; ha incrementado el número de delitos que merecen prisión preventiva; ha elevado desproporcionadamente las p***s para los delitos de corrupción, defraudación fiscal y facturación falsa; ha violentado el derecho de propiedad arrogándose la facultad de confiscar los bienes de un acusado antes de que sea declarado culpable, y otras acciones por el estilo. Armado con estas leyes arbitrarias, ha desatado una cacería de brujas en contra de quienes considera enemigos de la 4ªT, acusándolos de corrupción, naturalmente. Ha desencadenado una ola de venganzas contra quienes no le fueron adictos durante su campaña a la Presidencia, sin importar la atmósfera de terror y malestar que está sembrando por todo el país. Muchos medios importantes han dado pelos y señales sobre los verdaderos motivos que se esconden detrás de cada una de estas acciones.

Y ahora va contra la división de poderes, piedra angular de la democracia liberal. El Presidente ha busca obtener la facultad legal de modificar el presupuesto de gastos de la Federación aunque haya sido ya discutido y aprobado por el poder legislativo. Se pretende que un poder soberano abdique voluntariamente sus funciones sustantivas en beneficio del Ejecutivo. Es un torpedo en contra del modelo de República democrática y federal fundado por don Benito Juárez y la generación de la reforma. Pareciera que el Presidente quiere construir un Estado semejante a la “Comuna de París”, que logró convertirse en un aparato de poder mucho más justiciero y eficiente que la democracia burguesa de Francia, concentrando en sus manos los tres poderes: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial.

Ya dije que la democracia liberal-burguesa ni es perfecta ni es eterna. Ahora añado que, en realidad, jamás ha funcionado de acuerdo con su modelo teórico; siempre ha sido y sigue siendo una fictio juris que sirve para legitimar el poder de la burguesía que domina al mundo. No nos asusta que alguien la quiera derribar para poner en su lugar al Estado y al gobierno del pueblo trabajador. Pero hay un pequeño detalle: No vemos por ningún lado a ese pueblo en acción; tampoco vemos por ninguna parte al proletariado y su partido guiando al pueblo entero en busca de un cambio radical de la sociedad y del Estado. Lo que vemos es a un solo hombre con pretensiones de iluminado que pretende ocupar, él solo, el lugar del pueblo organizado y en acción. Los antorchistas no defendemos a rajatabla la imperfecta democracia mexicana, pero sí nos oponemos radicalmente a que sea suprimida para colocar en su lugar a un político cuya capacidad de estadista y cuyo equilibrio emocional no acaban de convencer a la gran mayoría de los mexicanos. Eso es todo.

12/07/2022

HAY QUE ABRIR LOS OJOS AL MUNDO

Aquiles Córdova Morán

Nuestra situación interna es, ciertamente, bastante conflictiva y con claros síntomas de empeoramiento en el futuro cercano. Esto explica nuestro ensimismamiento en la problemática nacional y nuestro olvido del mundo. Sin embargo, aunque a primera vista no lo parezca, la situación mundial nos afecta más de lo que creemos. Esta realidad, normalmente, no se percibe, pero hay momentos en que esto cambia radicalmente y se torna peligroso ignorarlo, dejarse llevar por la inercia de la indiferencia.

Creo que nos estamos acercando a una de estas coyunturas, y pienso que es necesario que nos preparemos lo mejor que podamos para hacerle frente. Hace ya un buen tiempo (en términos prácticos, lo que va del siglo XXI) que las tensiones entre Estados Unidos y sus países súbditos (o “aliados”, como les gusta considerarse), agrupados en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), por un lado; y las potencias euroasiáticas (Rusia y China, destacadamente) por el otro, vienen creciendo peligrosamente y poniendo cada vez en mayor riesgo la paz mundial. Y no olvidemos que un choque directo de ambos bloques, rápida e inevitablemente evolucionaría a una guerra nuclear total, que pondría en peligro la supervivencia misma de la especie humana.

¿Cuál es el fondo de la disputa? Antes de responder diré que, en encrucijadas como esta, la razón y la lógica quedan siempre supeditadas a los grandes intereses en juego, y pierden por eso su capacidad para revelar la verdad. En tales ocasiones, la fuerza de la verdad no basta para convencer a la opinión pública. Dicho esto, respondo que el fondo de la creciente tensión mundial es la pretensión norteamericana, sobradamente documentada y demostrada por los hechos, de hacerse con el dominio total del mundo para “reordenarlo” de acuerdo con su ideología y sus intereses y, desde luego, en provecho exclusivo de la pequeña élite propietaria de los inmensos monopolios trasnacionales que realmente mandan en los EE. UU. La conservación y expansión continua de esos monopolios exigen el dominio firme y seguro de todos los recursos y de toda la riqueza del planeta. Así lo ha reiterado varias veces, con su peculiar estilo, el actual presidente, Joseph Robinette Biden.

Para ello, pretenden borrar las fronteras, los gobiernos, los ejércitos, las economías y las culturas nacionales, es decir, pretenden acabar con los Estados nacionales, a los que ven como un obstáculo, como el muro a derribar para adueñarse de la riqueza mundial. Se trata de consumar la dictadura mundial de los monopolios, tal como Lenin predijo desde 1916. Obviamente que, para materializar tan ambicioso plan, resulta indispensable ocultarlo bajo el mejor maquillaje posible, al mismo tiempo que hace falta presentar los objetivos del “enemigo” con los ropajes más negros, repulsivos y aterrorizadores para el gran público. Si se logra que la gente se trague este burdo maniqueísmo, la victoria está asegurada.
Eso fue la “guerra fría” que culminó con la “derrota” del socialismo: una intensísima guerra mediática que mentía por partida doble: atribuía a la URSS y sus aliados las intenciones más diabólicas en contra de la libertad y el bienestar de la humanidad y, en abierto y efectista contraste, atribuía al capitalismo y a la “democracia occidental” las más grandes virtudes y los más generosos propósitos de igualdad, libertad, bienestar, empleo, salud, educación y vivienda. Hoy podemos ver con claridad que todo fue una grotesca mentira para manipular al pueblo ingenuo. Con toda razón, el historiador catalán Josep Fontana dice que la “guerra fría” debió llamarse, en realidad, “guerra sucia”. Pero el imperialismo logró su objetivo; consiguió que la gente odiara y temiera al socialismo más que a la peste y que estuviera dispuesta a creerle y a perdonarle a los heraldos de la explotación, la desigualdad y la pobreza, sus peores crímenes y trapacerías. El imperialismo derrotó al bloque socialista ayudado por la traición de Gorbachov y su camarilla bujarinista.

A raíz de este triunfo, más su pretendida victoria en la Segunda Guerra Mundial, el imperialismo se sintió con el derecho a decidir el futuro de la humanidad; creyó que tenía al mundo en el bolsillo y comenzó a poner en ejecución su plan de dominio absoluto: llevó la OTAN hasta las fronteras de Rusia; impuso al mundo el neoliberalismo y la teoría de la globalización económica y comenzó a invadir y a masacrar a las naciones débiles del norte de África y el Medio Oriente para acabar con los Estados nacionales. Pretendía, además, impedir el surgimiento de un nuevo competidor capaz de disputarles la hegemonía mundial, pero la ley del desarrollo universal le ha vuelto a burlar: ante sus propios ojos, y en cierta medida con su ayuda interesada, se alzaron dos gigantes capaces de desafiarlo: Rusia, cuyo control creía asegurado, y China, a la que creía genéticamente incapacitada para la ciencia y la técnica occidentales. Ahora, para consumar su proyecto, debe pasar sobre esos dos formidables enemigos. De aquí la tensión mundial.

Es por esto que trabaja en una nueva “guerra fría” aprovechando la experiencia exitosa del pasado. Quiere volver a hacer de la sociedad un cómplice ingenuo e involuntario de su nueva guerra de satanización del enemigo para aislarlo y destruirlo o someterlo a sus intereses. Nuevamente se presenta como defensor inquebrantable de la democracia, la libertad, los derechos humanos y el “desarrollo compartido” de todos los pueblos, en abierto contraste con los gobernantes “autoritarios” y los “dictadores declarados” que oprimen a sus pueblos. Como no puede presumir de pacifista porque su militarismo está a la vista y esa política le ataría las manos para usar su arsenal nuclear, engaña al mundo diciendo que esas armas son para “defender al mundo libre”.

Pero la nueva “guerra fría” no puede funcionar igual porque el mundo ya no es el mismo. Solo permanece, incrementado notablemente, el poder manipulador de los medios, la “artillería del pensamiento” como dijo Hugo Chávez. Esta “artillería” “…busca derribar los mecanismos de defensa de la población agredida; confundirla, hacerla dudar de la integridad o patriotismo de sus gobernantes presentados (…) como figuras monstruosas, y sus gobiernos como infames «regímenes», feroces estados policiales que violan los más fundamentales derechos humanos y las libertades públicas. Bajo este torrente de manipulación informativa (…) mucha gente se verá inducida a pensar que quizá sus agresores tengan razón y realmente quieran librar al país del dominio de sus horribles opresores (…). Una vez que se «ablandan» las defensas culturales de una sociedad (…) y el ariete mediático ha perforado el muro de la conciencia social; una vez que lo ha envenenado con cientos de «fake news» y «posverdades» desmoralizado o al menos confundido a la población y a las fuerzas sociales antiimperialistas, el terreno queda listo para el asalto final” (Atilio A. Boron, 5 de julio 2021).

Justamente eso es lo que vimos en Cuba: una parte pequeña (pero útil a los fines del imperialismo) de la población sale a protestar contra el gobierno que más ha hecho por su pueblo en todo el continente latinoamericano, llamándolo “dictadura” y exigiendo “libertad”, sin una sola palabra de condena contra el verdadero tirano y culpable de su desgracia, que es el imperialismo yanqui y sus 60 años de bloqueo criminal de su patria. Y peor aún resultó verlos aceptar el “apoyo” del presidente Joe Biden, que sale a hacer llamados al gobierno cubano para que “escuche a su pueblo”, cuando él no escucha a todos los países del mundo que le exigen levantar el bloqueo asesino contra la isla. De este tamaño es el peligro de no saber leer la situación mundial y no entender nada de la geopolítica actual.

Pero el imperialismo ha entrado en una visible e irreversible decadencia. La inversión norteamericana ya no crece como antes porque la renta es cada vez menor a causa de la automatización creciente y el consiguiente despido de trabajadores. El mal es incurable porque es inherente al capitalismo; el dinero sobrante se refugia en la actividad especulativa que, a su vez, sin inversión productiva, tampoco puede sobrevivir y crecer y acaba asfixiando al sistema. Los líderes han intentado hallar el remedio en el neoliberalismo y la globalización y han fracasado. Ahora buscan la salida en la venta de armas y en las guerras (complemento del tráfico de armas) para adueñarse de los mercados y los recursos naturales de los países invadidos. En este marco se inscriben las crecientes tensiones con Rusia y China, la nueva “guerra fría” y las provocaciones de la OTAN contra ambas potencias.

EE. UU. viene actuando como un gobierno mundial de facto: juzga, sentencia y castiga a empresas y países que no se alinean a sus intereses, pasando por encima de la legislación internacional. Rusia y China claman inútilmente por el respeto al orden mundial establecido. Las provocaciones militares a China tampoco escasean: barcos de guerra en el mar del Sur e intervención yanqui en Taiwán, una isla que China reclama como suya, entre lo más visible.

EE. UU. busca la guerra, una guerra que nos afectaría a todos llegado el caso y contra la que debemos pronunciarnos y protestar desde ahora. Son los coletazos del dragón herido (y más peligroso por eso) y ya tocaron a nuestra puerta, como lo prueban los ataques a Cuba, Venezuela, Nicaragua y el as*****to del presidente de Haití,. EE. UU. quiere asegurar su “patio trasero” y comienza a eliminar a los “enemigos” que pudieran oponerse a ese control. Mario Firmenich, reconocido luchador argentino, dice: “Vivimos una guerra que es simultáneamente una típica disputa geopolítica entre potencias (por ahora sin disparos de misiles estratégicos) y también una guerra civil mundial genocida, declarada por el establishment económico de la globalización contra los pobres del mundo; el objetivo es despojar a los pueblos pobres de su soberanía sobre los recursos naturales cada vez más escasos y reducir la población mundial” (Voltairenet.org, del 11 de julio de 2021). Ahí vamos nosotros, los mexicanos, y es mejor que lo entendamos, que despertemos a tiempo, antes de que las circunstancias nos rebasen definitivamente.

11/25/2022

LA REVOLUCIÓN MEXICANA Y LA RENOVACIÓN DE LOS PARTIDOS

Por: Aquiles Córdova Morán

Este 20 de noviembre, la Revolución Mexicana cumple 112 años, contados a partir de su inicio formal en 1910. Durante casi todo el siglo XX, hasta su entierro definitivo en 1982, los estudiosos del tema no pudieron ponerse de acuerdo sobre cómo definir a la llamada “primera revolución social” del siglo XX. ¿Fue una revolución política, como sostienen los epígonos del maderismo? ¿O una revolución campesina, como dijeron y dicen los seguidores de Zapata? ¿Campesino-popular, según los admiradores de la conjunción Villa-Zapata? ¿O, finalmente, fue una revolución democrático-burguesa, según quienes la ven a la luz de la interpretación materialista de la historia?

Por mi parte, me limitaré a decir lo que creo y pienso sobre ella. La Revolución Mexicana no puede entenderse si la pensamos aislada del contexto internacional y de la marcha del planeta en aquel momento. La influencia del capital mundial sobre México y los mexicanos fue poderosa y evidente desde los últimos años de la dominación española, cuando el monopolio del comercio de España con sus colonias americanas comenzó a ser un obstáculo serio para la expansión del mercado mundial que reclamaban las potencias europeas, en particular Inglaterra, pero también los Estados Unidos.

Es algo bien sabido que la simpatía de esta última nación por la independencia de todos los países americanos se debió a que ya entonces veía en ellos grandes oportunidades para su propio fortalecimiento. “América para los americanos”, sintetizó la llamada “doctrina Monroe”. En el caso particular de México, el apoyo a la causa insurgente fue algo muy calculado, pues tenían planes específicos para expandir su territorio a costa del nuestro, comenzando por Texas, como lo vieron e informaron al rey los propios representantes del gobierno colonial en nuestro país. La culminación natural de este “abrazo del oso” norteamericano, fue la invasión de 1847 y los leoninos tratados de Guadalupe Hidalgo, por los cuales perdimos más de la mitad de nuestro territorio.

Con la firma de los tratados de Córdoba entre Iturbide y O´Donojú, en septiembre de 1821, que rubrican el inicio de nuestra vida independiente, México comenzó a dejar de ser un país agrario y minero exclusivamente. Comenzó a construirse como nación con actividad comercial e industrial significativa, arrastrado por la ola mundial. Pero dadas las condiciones específicas de nuestra separación de España (una conciliación entre criollos y españoles de aquí con los de allende el mar) y la casi inmediata intromisión de los capitales europeos y norteamericanos en el naciente país, nuestro capitalismo fue, desde el principio, una criatura débil, tímida, lenta y dependiente de fuerzas exteriores. Por eso no sintió nunca la necesidad de una agricultura moderna y productiva como base y plataforma de lanzamiento hacia el mercado mundial.

Durante todo el resto del siglo XIX, nuestra agricultura constó de grandes latifundios improductivos o con una productividad insignificante, por el trabajo semi servil de los campesinos indios y mestizos heredado de la colonia, aunque comenzaron a surgir unas pocas haciendas que se dedicaron a los cultivos de exportación: algodón, tabaco, café y azúcar. La concentración de la tierra y la sobre explotación de los campesinos aumentó con las leyes de desamortización de los bienes de la Iglesia, y se agudizó bajo el gobierno de Porfirio Díaz gracias a la colonización del campo con extranjeros, a la actividad conexa de las compañías deslindadoras y a los peones “acasillados”. El despojo que las compañías deslindadoras cometieron contra las tierras comunales de los pueblos, se sumó al que ya venían efectuando los hacendados, y fue una de las causas desencadenantes de la revolución.

La minería y la industria (sobre todo la industria textil en Puebla y Orizaba) también se desarrollaron sobre la base de una mano de obra semi esclava, como lo pusieron de relieve las huelgas obreras de Cananea y Río Blanco. La escasa agricultura moderna, la minería, la industria y los ferrocarriles, dieron origen a una anémica pero real burguesía; y esta, a su vez, necesitada de técnicos especialistas, administradores competentes y abogados igualmente capaces de defender sus intereses, dio origen a una capa intelectual ligada a ella y formada por sus hijos y herederos educados en Europa y Estados Unidos. Se integró así una fuerza social con empresarios del campo, de las minas y de la industria, y por los intelectuales educados en el extranjero. Este grupo poco a poco se fue sintiendo asfixiado por el dominio político de don Porfirio y sus científicos y por los capitales extranjeros protegidos por ellos.

En el otro extremo de la sociedad mexicana estaban las grandes masas de semi siervos acasillados del campo y los esclavos modernos de las minas y las industrias. En ellos residía la única y verdadera fuerza social capaz de derribar al viejo régimen caduco de don Porfirio y los suyos, pero carecían de la capacidad organizativa y de la educación política necesarias para elaborar su propio proyecto de país, acorde con sus necesidades e intereses, y con el cual reemplazar al de los “científicos”. Esta tarea, en la medida en que pudo ser y fue cumplida, le correspondió a la intelectualidad burguesa formada por los hijos y herederos educados en el extranjero, a los que se sumaron mexicanos progresistas que también querían un cambio y estaban dispuestos a luchar por él.

La Revolución Mexicana, pues, igual que la inglesa del siglo XVII y la francesa de fines del XVIII, tuvo una base innegablemente popular sin cuya participación el triunfo hubiera sido sencillamente imposible, pero no por ello fue una revolución proletaria. Esta fuerza telúrica, que clamaba justicia, equidad y libertades civiles y políticas, carecía, como sus antecesoras, de programa propio y de un partido de vanguardia que la guiara. Tuvo que someterse, por eso, a los designios de la clase que sí tenía programa y líderes, a la anémica y endeble burguesía mexicana.

Los momentos más altos y las conquistas populares más significativas de la Revolución Mexicana, tuvieron lugar mientras las masas populares participaban todavía activamente; se materializaron cuando los “plebeyos” aún tenían las armas en la mano o, al menos, la firme decisión de volver a empuñarlas en caso de sentirse burlados. Fueron los años de la auténtica reforma agraria, del nacimiento y consolidación del movimiento obrero moderno, de la escuela socialista y de la expropiación petrolera. Sin embargo, desde el primer momento, desde la derrota de Villa y Zapata, la suerte de la revolución estaba echada: el poder cayó en manos de la facción burguesa, y bajo su conducción nació y se desarrolló la segunda fase, más pura y definida, del capitalismo mexicano.

Todas las reivindicaciones populares que no se materializaron con el auge de la Revolución, pasaron a formar parte del discurso oficial. Cada 20 de noviembre se repetía la frase ritual de la “deuda del país” con los obreros y campesinos, mientras el país iba en sentido contrario. Poco a poco, las conquistas obreras y campesinas empezaron a ser vistas como un lastre, como un peso mu**to (o algo peor) para el “progreso del país”, y se generalizó la idea de que había que anularlas. Este enfoque no era nuestro; era la opinión que se venía imponiendo en el mundo entero: dejarlo todo en manos de la libre empresa y del mercado, eliminar cualquier resabio “socializante” y obligar al Estado a sacar las manos de la economía para constreñirse al papel de simple guardián del orden y la paz social.

El recuerdo y el temor del pueblo en armas demoró el cambio en México, pero al fin llegó. Se impuso el neoliberalismo y la Revolución fue enterrada definitivamente junto con el discurso de la “deuda” eterna con el pueblo trabajador. Pero la “deuda” misma no pudo ni puede ser enterrada; sigue ahí. El pueblo sigue esperando justicia, paz y bienestar. Y aunque el neoliberalismo no lo reconozca expresamente, al ser el heredero de la Revolución es también heredero de sus deudas. Y debe asumirlas y pagarlas. No proponemos la locura reaccionaria de echar para atrás la rueda de la historia; no soñamos con el regreso a los años dorados de la Revolución, del cardenismo, de la expropiación petrolera y del refugio generoso a la República española. Pero sí pensamos que el neoliberalismo y sus defensores están ante una disyuntiva de hierro: o le hacen cirugía mayor a su sistema expoliador para que pueda saldar la deuda de la Revolución con el pueblo, o se enfrentarán, tarde o temprano, a una segunda edición de la rebelión popular.

Ante esta realidad, sorprende y admira que partidos políticos como el PRD, el PAN y el mismo PRI, pregonen a los cuatro vientos que quieren renovarse o refundarse para salir del hoyo en que cayeron, pero que antes tienen que buscar y encontrar las causas de su fracaso. Se dicen sorprendidos, además, por el “fenómeno” López Obrador, y no se explican su arrolladora popularidad. Como el tonto que buscaba su jumento sin reparar en que iba montado en él, esos partidos buscan lo que tienen ante sus propios ojos: la pobreza, la corrupción, la inseguridad y la marginación de las mayorías, todo ello agudizado por su abandono de las causas populares y su adhesión ciega al neoliberalismo rapaz e inhumano. No quieren entender que solo retomando esas causas podrán recuperar la confianza del pueblo. Su refundación, pues, si no corrigen, será un nuevo fracaso, tal vez definitivo.

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