01/10/2026
"El Capo más temido de México iba a correr a la sirvienta por golpear a su hija ciega, pero lo que descubrió en el sótano le heló la sangre...
Fausto Beltrán escuchó el sonido antes de abrir la pesada puerta de caoba del sótano. Crack. Crack. Crack.
No era un ruido normal en su mansiĂłn del Pedregal. No era el tintineo del cristal de sus botellas de tequila Reserva, ni el estruendo de un cuerno de chivo, ni nada que Ă©l reconociera en su mundo de poder y violencia. Era madera contra madera. Seco. RĂtmico. Un latido extraño que subĂa desde las entrañas de la casa.
BajĂł los escalones de mármol con el sigilo de un jaguar. TodavĂa traĂa el s**o puesto y el n**o de la corbata aflojado. HabĂa regresado temprano de """"La Oficina"""" con esa opresiĂłn en el pecho que, en el norte, llaman """"el aviso de la muerte"""". Su instinto le gritaba que algo andaba mal.
Se detuvo en la puerta entreabierta y mirĂł por la rendija. Lo que vio le detuvo el corazĂłn.
Valentina, su Ăşnica hija, estaba en el centro del cuarto. TenĂa doce años, el cabello negro pegado a la frente por el sudor y los pies descalzos sobre el piso frĂo. Sus ojos, nublados y blancos de nacimiento, miraban a la nada. Pero su cuerpo... su cuerpo estaba en tensiĂłn total.
Frente a ella, girando como un lobo acechando a una presa, estaba Isolda, la empleada domĂ©stica que habĂa contratado hacĂa ocho meses para la limpieza.
—Otra vez —ordenĂł la mujer, con una voz que no tenĂa nada de sumisa—. ¡Ataca, Valentina!
El palo de escoba recortado en la mano de Isolda cortó el aire con un silbido. Valentina no se hizo bolita. No gritó llamando a su papá. Dio un paso hacia el sonido. Alzó su propio palo y bloqueó el golpe con una precisión matemática que hizo temblar a Fausto.
¡Crack!
—Bien —dijo Isolda, frĂa—. Pero dudaste, mija. En la calle, la duda es un cajĂłn de pino. Escucha el aire. El golpe te avisa antes de llegar. —Ya no puedo... —jadeĂł la niña. —No lo intentes. Hazlo. ¡Arriba!
Tres golpes rápidos. Alto, bajo, a la rodilla. Valentina paró los dos primeros, pero el tercero le dio seco en la cadera. Se dobló del dolor, pero no soltó el arma.
Fausto no aguantó más. Pateó la puerta.
El estruendo retumbó en las paredes de piedra volcánica. —¡¿Qué chingados está pasando aqu�! —su voz salió grave, con ese tono que usaba antes de dar una orden de ejecución.
Valentina sonriĂł al oĂrlo, ignorando el dolor. —¡Papá! Llegaste antes... La sonrisa se le muriĂł en la boca cuando sintiĂł la vibraciĂłn de la furia de su padre en el aire.
Isolda dio un paso al frente. Un paso pequeño, casi imperceptible, pero se puso entre el Capo y la niña. Fausto lo notó. Y eso le encendió la sangre. —Te hice una pregunta —gruñó Fausto, acercándose a la sirvienta—. ¿Qué le estás haciendo a mi hija? —Enseñándole a sobrevivir, patrón —respondió ella, sin bajar la mirada. —¿A qué? ¿A que la maten a golpes? ¡Es ciega, por el amor de Dios! Apenas puede caminar por la casa sin tropezarse. —Eso es mentira —la voz de Valentina salió rota, pero firme—. Puedo hacer más de lo que crees, papá. No soy inútil.
—¡Vete a tu cuarto, Valentina! —gritó él. —¡No! Escúchame... —¡He dicho que subas! ¡Ahora!
La niña soltó el palo, apretó los puños y caminó hacia la escalera. Fausto la vio subir, esperando que tropezara, que necesitara su ayuda... pero ella subió rozando la pared con los nudillos, rápida, segura. Sin un solo error.
Cuando se quedaron solos, el aire en el sótano se volvió pesado. —Estás despedida —dijo Fausto—. Lárgate de mi casa antes de que se me olvide que eres una mujer.
—No me voy a ir. La insolencia lo dejó mudo un segundo. —¿Cómo dijiste? —No me va a correr —repitió ella, tranquila—. Porque usted sabe que tengo razón, Don Fausto. Ha rodeado a la niña de guaruras, bardas y cámaras, pero no la ha protegido. La ha hecho débil. Y en su negocio... los débiles no duran.
Fausto acortó la distancia. Era un hombre grande, curtido en la sierra, acostumbrado a que la gente temblara ante él. —Tú no sabes nada de mi negocio —susurró. —Sé lo suficiente —los ojos de Isolda brillaron—. Sé que usted tiene un punto débil. Y todo México lo sabe. Saben que su hija no ve venir el peligro. ¿Cuánto cree que tardarán los contras en decidir que ella es la forma más fácil de quebrarlo a usted?
—Tengo al mejor equipo de seguridad del paĂs. —La seguridad se compra, patrĂłn. Y lo que se compra, se puede sobornar. Pero una hija que sabe defenderse... eso no tiene precio.
Fausto quiso sacar la pi***la. Quiso echarla a la calle. Pero la verdad se le habĂa clavado en el pecho como una espina. —Lárgate de mi vista —dijo al final—. Mañana ajustamos cuentas.
Esa noche, el tequila no le quemĂł la garganta. La imagen de su hija ciega bloqueando un golpe seguĂa repitiĂ©ndose en su cabeza.
Al amanecer, Fausto tomĂł una decisiĂłn. Antes de correr a la sirvienta, iba a averiguar quiĂ©n demonios era esa mujer en realidad. Y lo que estaba a punto de descubrir en un gimnasio de mala muerte en el barrio de Tepito, cambiarĂa el destino de su familia para siempre..."