09/25/2026
MI CUÑADA ME ENTREGÓ UNA LISTA CON SALÓN, FOTÓGRAFO, MESA DE DULCES Y HASTA UN CABALLO PARA EL BAUTIZO DE SU HIJA, Y ESPERABA QUE LOS PADRINOS PAGÁRAMOS TODO. CUANDO LLAMÉ AL PADRINO PARA PREGUNTAR SI ÉL HABÍA ACEPTADO ESE TRATO, SE EMPEZÓ A REÍR Y ME DIJO: “QUÉ BUENO QUE ME MARCASTE, PORQUE A MÍ ME DIJO QUE TÚ YA HABÍAS ACEPTADO”.
AHÍ ENTENDÍ QUE EL PROBLEMA NO ERA UNA TRADICIÓN FAMILIAR.
Cuando mi hermano Iván me pidió que fuera madrina de bautizo de su hija Valentina, acepté sin pensarlo.
Es mi sobrina.
La quiero muchísimo.
Para mí ser su madrina significaba acompañarla, estar presente en algo importante para la familia, comprarle su ropón, ayudar con lo de la iglesia y darle un bonito recuerdo.
Eso era lo que yo tenía en mente.
Mi cuñada Karla, aparentemente, tenía otra definición.
Todo empezó una tarde en casa de mi mamá.
Estábamos tomando café cuando Karla sacó su celular.
—Ya estuve viendo lo del bautizo.
—Qué bueno —le dije—. ¿Ya tienen fecha?
—Sí, pero tenemos que apartar rápido porque se llenan los lugares.
Hasta ahí, normal.
Entonces empezó a enumerar.
Salón para bastantes invitados.
Decoración completa.
Arreglo especial para la mesa principal.
Fotógrafo.
Video.
Mesa de dulces.
Recuerditos personalizados.
Comida.
Bebidas.
Pastel.
Y al final agregó, como si fuera lo más normal del mundo:
—Ah, y quiero rentar un caballo.
Pensé que había escuchado mal.
—¿Un caballo?
—Sí. Para hacerle una sesión de fotos a Vale. Vi unas fotos preciosas en Facebook.
Me reí.
—Está bien… ustedes sí van con todo.
Karla dejó de sonreír.
—Pues por eso quería hablar contigo.
Sentí ese pequeño cambio en el ambiente.
—¿Conmigo para qué?
—Para organizarnos con los gastos.
—Claro. Dime qué le toca comprar a la madrina.
Tomó aire.
Y ahí empezó el verdadero bautizo.
El bautizo de mi paciencia.
—Mira, pensamos que tú podrías encargarte del salón y la decoración.
La miré esperando que se riera.
No se rio.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Completo?
—Pues sí.
—¿Y cuánto cuesta?
Me enseñó unas cotizaciones.
Cuando vi las cantidades casi dejo el café sobre la mesa.
—Karla, esto es muchísimo dinero.
Su cara cambió inmediatamente.
—Pues tampoco vamos a hacer cualquier cosa para la niña.
—Yo no dije eso.
—Entonces, ¿qué estás diciendo?
—Que no sabía que ser madrina significaba pagar un salón entero.
Se cruzó de brazos.
—Es la tradición.
Esa palabra apareció por primera vez.
“Tradición.”
Después la escucharía tantas veces que terminé odiándola.
Le pregunté:
—¿Y tú e Iván cuánto van a poner?
Karla me miró como si yo hubiera hecho una pregunta ofensiva.
—Nosotros ya estamos pagando otras cosas.
—¿Cuáles?
—Pues varias.
—Sí, pero ¿cuáles?
Mi hermano, que llevaba varios minutos viendo su teléfono, finalmente levantó la mirada.
—No empiecen.
—No estoy empezando nada —le dije—. Solo quiero entender cómo se van a repartir los gastos.
Karla respondió por él.
—Nosotros pagamos cosas de la casa, cosas de la niña, lo de la iglesia…
—Pero eso no fue lo que pregunté.
Silencio.
Mi mamá intervino.
—A ver, tranquilos. Todo se puede hablar.
Karla aprovechó.
—Exactamente. Por eso se lo estoy diciendo desde ahorita.
Y entonces soltó la frase que terminó de molestarme.
—Si no sabías cuáles eran tus responsabilidades como madrina, debiste preguntar antes de aceptar.
La miré.
—¿Responsabilidades?
—Sí.
—Karla, me pediste ser madrina. No me dijiste: “¿Quieres financiar la fiesta que yo quiero organizar?”
Mi hermano murmuró:
—Ya vas a exagerar.
Volteé hacia él.
—¿Exagerar? Hay fotógrafo, decoración completa y hasta un caballo, Iván.
—El caballo tampoco cuesta tanto —dijo Karla.
Eso fue peor.
—No se trata de cuánto cuesta el caballo.
—Entonces ¿de qué se trata?
—De que ustedes están decidiendo qué quieren y después nos están pasando la cuenta.
Karla se puso roja.
—Los padrinos siempre ayudan.
—Ayudar no es lo mismo que pagar lo que otra persona decide gastar.
—Pues si te pesa tanto hacer algo por tu sobrina…
Ahí me dolió.
Porque sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Convertir un límite económico en una prueba de amor.
Mi mamá volvió a intervenir.
—Karla, tampoco digas eso.
Pero ella ya estaba molesta.
—Yo solamente digo que si alguien acepta ser madrina tiene que saber a lo que va.
Me levanté.
—Yo estoy dispuesta a comprarle cosas a Valentina. Puedo ayudar con la iglesia. Puedo cooperar para una comida familiar. Lo que no voy a hacer es pagar un evento enorme que yo no organicé.
Karla guardó el celular de golpe.
—Perfecto.
Pero aquel “perfecto” no tenía nada de perfecto.
Esa noche me fui sintiéndome culpable.
Y eso fue lo que más coraje me dio.
Porque una parte de mí sabía que mi postura tenía sentido.
Pero otra escuchaba esa vocecita:
“Van a decir que eres una tacaña.”
“Es tu sobrina.”
“¿Qué va a pensar la familia?”
“Vas a quedar mal.”
Al día siguiente Karla mandó al grupo familiar unas fotografías de la decoración.
Nubes blancas.
Flores.
Un letrero enorme con el nombre de Valentina.
Y luego escribió:
“Algo sencillo pero bonito para nuestra princesa.”
Casi escupo el café.
Aquello no tenía nada de sencillo.
Mi tía contestó:
“Qué precioso.”
Mi prima:
“Vale se merece eso y más.”
Y Karla respondió con un corazón.
Después agregó:
“Gracias a Dios la niña tiene padrinos que la quieren mucho.”
No escribió mi nombre.
No hacía falta.
Entendí perfectamente.
No respondí.
Horas después me llegó otro mensaje directamente de ella.
Era una hoja con gastos.
Salón.
Decoración.
Fotografía.
Mesa de dulces.
Recuerdos.
Caballo.
Comida.
Había cantidades junto a cada cosa.
Abajo decía:
“PARA DIVIDIR ENTRE PADRINOS.”
Me quedé mirando la pantalla.
Entonces pensé en Sergio.
El padrino.
Es primo de Karla y yo apenas lo había tratado unas cuantas veces.
Hasta ese momento había supuesto que quizá él sí conocía aquella costumbre y ya había aceptado.
Me dio pena llamarlo.
No quería parecer problemática.
Finalmente marqué.
—Hola, Sergio. Soy Laura.
—Hola, madrina. ¿Qué pasó?
—Te quiero hacer una pregunta medio incómoda.
—Dime.
—¿Tú sabías que nosotros íbamos a pagar la fiesta?
Hubo silencio.
Y de repente empezó a reírse.
No una risita incómoda.
Se rio de verdad.
—¡Qué bueno que me llamaste!
—¿Por qué?
—Porque yo estaba esperando que tú dijeras algo.
Sentí un hueco en el estómago.
—¿A ti también te mandaron la lista?
—Claro.
—¿Y aceptaste?
—Ni de chiste.
Respiré por primera vez tranquila.
—Pensé que yo estaba siendo una miserable.
—Pues entonces somos dos miserables.
Los dos nos reímos.
Pero la risa duró poco.
Sergio me explicó que él también estaba dispuesto a ayudar.
Podía pagar parte de lo de la iglesia.
Comprar algo para Valentina.
Cooperar para la comida.
Incluso estaba dispuesto a poner una cantidad razonable para la celebración.
—Pero una cosa es cooperar —me dijo— y otra que Karla arme la fiesta de sus sueños y después diga “ahí están los padrinos”.
Exactamente.
Eso era lo que yo pensaba.
Entonces le pregunté:
—¿Qué te dijo cuando le dijiste que era demasiado?
Sergio guardó silencio.
—¿Sergio?
—A ver… espérame.
Escuché que movía algo.
—Aquí está el mensaje.
—¿Qué mensaje?
—El que me mandó cuando le pregunté por los gastos.
—¿Qué dice?
No respondió inmediatamente.
Luego empezó a leer.
—“No te preocupes tanto. Laura ya sabe cómo se va a manejar y ella está de acuerdo. Entre los dos se reparten las cosas.”
Me quedé fría.
—¿Qué?
—Eso me puso.
—Yo nunca dije que estaba de acuerdo.
—Por eso me saqué de onda cuando me llamaste.
Le pedí que me mandara la captura.
Llegó segundos después.
Ahí estaba.
El nombre de Karla.
Su foto.
Su mensaje.
Y algo todavía peor.
La fecha.
Ese mensaje se lo había enviado a Sergio CUATRO DÍAS ANTES de que Karla se sentara conmigo a explicarme lo que supuestamente “me correspondía”.
Ella ya le había dicho que yo había aceptado cuando ni siquiera me había mostrado la lista.
—Laura —dijo Sergio—, hay otra cosa.
—¿Qué?
—A mí me mandó una lista diferente.
Pensé que no había entendido.
—¿Diferente cómo?
—Espérame, te la mando.
Llegó otra imagen.
Abrí ambas listas lado a lado.
En la mía aparecía que yo debía cubrir el salón y buena parte de la decoración.
En la de Sergio aparecían fotografía, dulces, recuerdos y parte de la comida.
Pero había gastos repetidos.
La decoración aparecía en las dos.
Los recuerdos también.
Y el anticipo del salón…
también.
—Esto no cuadra —dije.
—Exactamente.
Sumé las cantidades.
Luego las volví a sumar.
Si Sergio y yo pagábamos lo que aparecía en nuestras respectivas listas, entre los dos entregaríamos bastante más dinero de lo que indicaban las cotizaciones que Karla me había enseñado.
—¿Ya viste? —preguntó Sergio.
—Sí.
—Por eso no quería decir nada hasta hablar contigo.
De pronto ya no se trataba solamente de una fiesta exagerada.
Había números que no tenían sentido.
Le escribí a Karla:
“¿Podemos hablar mañana tú, Iván, Sergio y yo para dejar claros los gastos?”
Me respondió casi inmediatamente.
“¿Por qué metiste a Sergio?”
“Porque también es padrino.”
Pasaron unos segundos.
“Yo estaba hablando contigo. No tenías por qué andar comparando lo que te mando.”
Esa frase me pareció rarísima.
“¿Por qué no podría compararlo?”
No respondió.
Pero diez minutos después me llamó mi hermano.
—¿Qué hiciste?
—¿Yo qué hice?
—Karla está llorando.
—Solo hablé con Sergio.
—Pues dice que ustedes dos se pusieron de acuerdo para arruinar el bautizo.
No lo podía creer.
—Iván, nadie quiere arruinar nada.
—Entonces cooperen y ya.
—¿Tú viste las listas que nos mandó?
Silencio.
—¿Iván?
—Karla se está encargando de eso.
Ahí entendí que mi hermano probablemente ni siquiera sabía cuánto nos estaban pidiendo.
Le dije:
—Pregúntale cuánto cuesta realmente la fiesta.
—Laura…
—Pregúntale.
Me colgó.
Después empezó el drama familiar.
Mi mamá me llamó.
Luego una tía.
Después una prima.
Alguien había contado que Sergio y yo “ya no queríamos apoyar a Valentina”.
Yo repetía lo mismo:
—Sí vamos a apoyar. Lo que no vamos a hacer es pagar una fiesta que no decidimos organizar.
Esa noche Sergio me escribió:
“Creo que ya sé por qué está tan enojada.”
“¿Por qué?”
Me mandó otra captura.
Esta vez era una conversación más vieja con Karla.
Ella le había escrito:
“Necesito que confirmes pronto porque ya apartamos varias cosas contando con lo de ustedes.”
Sentí el estómago apretarse.
Le respondí:
“¿Cómo que ya apartaron?”
Sergio escribió:
“Eso mismo le pregunté.”
Antes de que pudiera contestarle algo más, entró una llamada de un número desconocido.
Pensé en no responder.
Contesté.
—¿Bueno?
—Buenas noches, ¿la señora Laura?
—Sí.
—Le hablamos del salón Jardín Magnolia por la reservación del bautizo de Valentina.
Me quedé completamente quieta.
—Creo que se equivocaron. Yo no hice ninguna reservación.
La mujer guardó silencio.
—Ah… su cuñada nos dio este número.
—¿Para qué?
Escuché unas hojas moverse al otro lado de la línea.
—Porque nos indicó que usted y el señor Sergio cubrirían el saldo.
Miré otra vez las dos listas en mi celular.
—¿Qué saldo?
La mujer me dijo la cantidad.
No coincidía con ninguna de las que Karla nos había enviado.
Y antes de que pudiera preguntarle nada más, agregó:
—De hecho, señora Laura, hay algo que necesitamos aclarar con usted porque el contrato que dejó su cuñada tiene una anotación muy específica sobre quién autorizó esos gastos.