08/13/2026
Mi esposa no tenía la culpa de estar casada con un hombre atrapado tras las rejas.
Elena vino a visitarme al penal, como cada semana. Su abrazo era lo único que me mantenía cuerdo en este in****no.
Nos estábamos despidiendo. Un beso rápido, sus manos en mi cara y esa promesa de siempre: "Te voy a esperar, Marcos".
Pero este lugar está lleno de buitres.
Ap***s ella se dio la vuelta para caminar hacia la salida, Ramón se interpuso en su camino. Ramón es el tipo más peligroso del pabellón, el que cree que puede comprarlo todo y a todos.
Se me quedó mirando fijo, sonrió con malicia y soltó la porquería más grande:
—¿Cuándo me prestas a tu mujer, Marcos?
Se me congeló la sangre. El patio entero se quedó en silencio.
No me lo pensai dos veces. Me le fui encima y le quedé a milímetros de la cara.
—A mi esposa la respetas —le dije, masticando la rabia.
Ramón ni se inmutó. Sacó las manos de los bolsillos, me miró de arriba abajo con desprecio y se burló en mi cara enfrente de todos:
—Esa mujer es demasiado para un mu**to de hambre como tú. En cuanto salga de aquí, se va a ir con alguien que sí tenga con qué mantenerla.
Ahí exploté. Le tiré un puñetazo directo al rostro mientras le gritaba: ¡A mi esposa me la respetas!
Pero Ramón no estaba solo. Tres de sus hombres me agarraron por la espalda antes de que pudiera tocarlo otra vez. Me sujetaron con fuerza, y lo que hizo Ramón después me dejó sin aire...
Sacó algo de su bolsillo, me miró a los ojos y me dijo la verdad sobre Elena. Una verdad que me destruyó por dentro.
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